Hemos cruzado el ecuador de noviembre y los regalos del Amigo Invisible ya van llegando a sus destinos, y por el momento con mucho éxito. A mi al menos se me contagia un poco la ilusión de los que vais recibiendo y publicando vuestros paquetes, no sé si será el espíritu navideño que ya me está picando... En todo caso será mejor que yo me ponga las pilas porque no tengo mi envío terminado, espero que mi amigo invisible tenga paciencia ^_^u.
La navidad ya no nos acecha, sino que directamente nos asalta en cualquier esquina. Las luces de la ciudad están prácticamente colocadas y las tiendas son una explosión de colores rojos, blancos y lucecitas. Yo, que decidí hace tiempo no luchar contra ello sino canalizar toda esa saturación consumista hacia mis propias ilusiones, encantada. Me paso el día con cien mil recetas e ideas en la cabeza, pero me temo que no podré materializar ni la mitad. Vuelvo a tener poco tiempo para todo lo que me gustaría hacer y encima el clima no inspira para meterse en la cocina...
Hoy toca un dulce que realmente debe concebirse junto a una taza de café/té, una copa de vino o un vasito de vino dulce. Estos pequeños roscos, crujientes, aromáticos, piden ser mojados en algún líquido de su categoría y son un auténtico vicio. Pensé que al anís les iría que ni pintado, y en mi opinión así ha sido, aunque seguro que admiten otras variaciones.
Receta ligeramente adaptada de esta.
- 1 taza de vino tinto de calidad aceptable (250 ml)
- 200 ml de aceite suave
- 225 gr de azúcar
- 1 cucharadita de levadura de repostería
- 1 y 1/2 cucharadas de anís en grano
- 1 pizca de sal
- 600-750 gr de harina (más o menos)
Batir a mano el azúcar con el vino y el aceite en un recipiente amplio. Tamizar encima una parte de la harina con la levadura y la sal; mezclar y añadir entonces el anís repartiéndolo bien. Seguir tamizando la harina en varias tandas, mezclando con una espátula. Yo empecé usando unos 600 gr (4 tazas) pero me hizo falta bastante más, así que fui añadiendo 1/2 tazas poco a poco hasta tener una masa trabajable. Es mejor terminar volcándola sobre una superficie limpia para amasar al final a mano, así se sabrá la consistencia necesaria. Debe quedar blanda y algo húmeda, pero que no se pegue a los dedos. Formar una bola y envolver en papel film. Dejar reposar 30 minutos en la nevera (o a temperatura ambiente si no hace calor).
Precalentar el horno a 180ºC y preparar unas bandejas (yo necesité tres).
Coger una porción de masa no muy grande; amasar ligeramente para darle consistencia homogénea. Formar un rollo largo de 1 cm de ancho, e ir cortándolo en rollitos de unos 15. Formar lazos uniendo los extremos y rebozar en azúcar. Continuar el proceso con el resto de la masa, colocándolos sobre las bandejas dejando un espacio de 1-2 cms entre ellos. Hornear unos 20-25 minutos, hasta que se hayan dorado un poco. Como siempre, el tiempo dependerá el tamaño de los rollitos, del tipo de horno y de la temperatura ambiente, además de si se prefieren más o menos tostaditos, así que vigilarlos bien que no se quemen. Dejar enfriar sobre su bandeja (por lo que seguirán cociéndose ligeramente al sacarlos del horno) antes de guardarlos en un recipiente hermético.
Recomiendo ir horneando las bandejas de una en una; mientras una esté en el horno se puede ir preparando la siguiente hornada, así se cocinan mejor.



