El otro día un familiar me dejó un comentario en las redes preguntándome que quién se comía todas las cosas que preparo, y respondí que en broma que luego hay que quemarlo todo y ya está; pero no es del todo cierto. En primer lugar, no hago tantos dulces como podría parecer -y además son mucho menos, digamos, dulces, a como los hacía hace años- ni los comemos a diario en casa. Pero si salgo a correr no es por quemar calorías o por compensar unas galletas o un bizcocho: corro sencillamente porque me encanta, me da vitalidad, me hace sentir bien.
Hace tiempo que no reflexiono un poco en voz alta -escrita- sobre mis salidas de running, quizá porque ya es tan parte de mi rutina que ni me parece algo reseñable. Sin embargo, cuando se comentó en la presentación del II Estudio de Vitalidad Zespri que practicar ejercicio es un motor clave de vitalidad, me di cuenta de lo importante que es para mí, para no volverme loca. Los comienzos pueden ser duros, pero en cuanto coges cierto hábito el ejercicio te engancha, y de buena manera.
Es curioso cómo, aunque esté cansada o lleve días durmiendo poco, salir a correr me despeja, me despierta y me estimula. La fatiga después de practicar ejercicio es diferente al agotamiento por llevar horas sentada delante del ordenador, o de pasarme la mañana cocinando y limpiando; es un cansancio positivo, revitalizante, por así decirlo.
No hace falta machacarse ni mucho menos, y de hecho no recomiendo llevarse hasta el límite ni obsesionarse con tiempos, marcas o pautas, salvo que nos dediquemos a competir. Yo corro ya sin metas, me dejo llevar, escucho música o podcasts y disfruto de mi barrio, del paisaje, de las calles, del campo o del espacio que sea donde me pille. Me llevo las zapatillas en la maleta por si saco tiempo cuando estoy de viaje para correr un poco -el amanecer de Viena el pasado mes de septiembre fue especialmente mágico-, y siempre merece la pena madrugar más para correr a primera hora si luego no voy a tener tiempo.
El ejercicio moderado es muy sano y básico para mantenerse bien, puede prevenir enfermedades y es una manera de llegar a la vejez en mejor forma. Pero también relaja, quita estrés, hace ver las cosas con otra perspectiva y te permite desconectar.
Yo recomiendo hacer deporte o salir a caminar al aire libre, porque es más barato que un gimnasio y porque necesito el contacto con el exterior. El aire, la luz, ver cómo cambia la naturaleza con el paso de las estaciones, encontrarme con los mismos vecinos, descubrir nuevas tiendas o caminos... Si trabajáis desde casa o encerrados en un cubículo, estirar los músculos en el exterior siempre es muy recomendable. ¡Mejor si hay un buen parque o entorno natural cerca, claro! Y, siempre que sea posible, aprovechando la vitamina D que nos da el sol.
No siempre se disfruta igual pero tampoco pasa nada, unas veces se rinde mejor que otras. Lo importante es saber escuchar al propio cuerpo, y mimarlo, que para eso es nuestro y el único que tenemos. Como señalan en el estudio, la vitalidad es una suma de muchos factores, alimentación, salud física, bienestar familiar, ocio, trabajo, relaciones de pareja... Para mí, salir a correr es ya algo básico para sentirme bien, y además me gusta hacerlo sola, es mi momento.
Si hacéis el test de vitalidad y os sale un índice bajito, quizá os falta encontrar ese deporte o actividad física que os enganche y os haga sentir bien. En la web tenemos ideas para empezar a practicar poco a poco nuevos hábitos, que sé que mucha gente necesita inspiración o un empujoncito para animarse. Y no hay que esperar a los "buenos propósitos" de año nuevo para arrancar, cualquier día es bueno para empezar a entrenar ;).
¿Vosotros sois deportistas? ¿Vais al gimnasio para "compensar" excesos o porque os gusta? ¿Sois constantes practicando ejercicio o más bien os movéis por rachas? Tengo curiosidad :).
Imágenes | Unsplash
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04 diciembre, 2018
27 septiembre, 2018
Un retorno y una despedida: gatos que te roban el corazón
Ya era hora de volver. No era mi intención dejar tantas semanas en blanco, pero me temo que lo necesitaba. El típico paréntesis veraniego, sí, pero con otro motivo más que me echaba para atrás a la hora de teclear. No he desaparecido porque se me puede seguir la pista por las redes sociales; sin embargo, no podía volver al blog con una receta más. Hoy vengo a despedirme de mi gato.
Si me ha costado tanto escribir este post es porque se me formaba un nudo en la garganta solo con pensarlo, pero ya no quería -no podía- postergarlo más. Estoy llorando ahora mismo y era inevitable, porque mi viejo gato me robó el corazón, y lo hizo sin que me diera cuenta.
Estaba malito. Tenía ya su edad, unos 16-17 años, pero fue un maldito virus el que se lo llevó al final. El año anterior ya me di cuenta de que estaba muy delgado, y habiendo sido siempre un gato corpulento se notaba mucho. Al irme a vivir fuera yo me fijé mucho más que mi familia, que al fin y al cabo seguían viviendo con él, así que sugerí llevarlo al veterinario. Al principio solo parecía un problema del hígado, que no asimilaba bien los alimentos y por eso adelgazó tanto, pero luego me contaron que tenía un virus terrible incurable, de cuyo nombre ni me acuerdo, ni quiero.
Por esa maldita enfermedad cada vez estaba más débil, cojeaba, vomitaba con mucha frecuencia y estaba perdiendo el oído y el olfato. Lo peor al principio no se veía mucho, porque le estaba destrozando la boca, impidiéndole comer bien, causándole mucho dolor. Los últimos meses fueron los peores, cuando todo se aceleró, y yo me los perdí. Pero se me partía el alma con todo lo que me contaban mis padres...
A principios de verano volvió al campo, a su campo, donde un día apareció en nuestras vidas. Tan chiquitajo, en los huesecillos, con unas orejas enormes y una cara de pillo que nos conquistó con su desparpajo. Se comía hasta las lentejas que le dábamos, y le cogió mucho gusto al tomate, una afición que conservó hasta sus últimos días. Mis padres no querían animales después de la perrita que tuvimos hace mucho tiempo, y mi padre ni si quiera pensaba que los gatos podían ser buenos animales de compañía. Pero él estaba dispuesto a demostrar lo contrario.
Nos marchamos a Suiza aquel verano y, tres semanas después, al volver allí estaba, esperándonos en la puerta de casa, cariñoso y juguetón como siempre. Al final no tuvimos más remedio que acogerle, al menos en la casa del campo. Pero tuvo la "suerte" de que algún malnacido le pegó un tiro con una escopeta de perdigones, porque al volver un fin de semana de otoño, lo encontramos cojeando.
"O se cura solo, o se muerte", dijo el veterinario aquella vez. Nos dio tanta penica que mis padres accedieron a llevarle al piso de Murcia; tras unos primeros días de susto y confusión, se hizo el señor de la casa. La primera noche salió de debajo del sofá para colarse en mi cuarto, cojeando, asustado; lo subí a mi cama y ya no me soltó más.
Es curioso cómo los animales se convierten en parte de la familia sin darte cuenta. A mi gato no le pusimos nunca nombre porque no queríamos encariñarnos, solo era "el gato". Al final, cuando quisimos bautizarlo, ya no le pegaba ningún otro nombre. Era Gato, con mayúsculas, a veces Gordo, Misi, Guapo, Tigre o Pequeño cabroncete, pero Gato. Nuestro gato. Mi gato.
Se me emborrona la vista con las lágrimas al recordar tantas cosas, pero por suerte tengo a mi Lito al lado que me consuela. Si no fuera por él lo estaría pasando mucho peor, y ahora, que solo lleva poco más de un año con nosotros, sé lo mucho que sufriré también cuando tengamos que despedirnos. ¿Que los gatos no son cariñosos, que no se les coge cariño, que no te quieren? Eso solo lo dice alguien que no ha convivido con uno.
Tenía la esperanza de poder acariciarlo una última vez, pero cuando llegué a Murcia en agosto, mi padre me dijo que el día anterior lo habían tenido que sacrificar. Estaba sufriendo mucho, se le veía en los ojos, una mirada triste y cansada. Yo no sé si lamentar no haber podido despedirme o agradecer no haberlo visto así. Siempre lo recordaré tan lleno de vida, tan pillo, tan feliz corriendo por el campo persiguiendo a otros gatos, subiéndose por los tejados buscando presas y jugando con sus ratones de trapo. Siempre pidiendo su desayuno puntual sin conocer el concepto de "madrugar", exigiendo su sitio en el sofá, eligiendo la cama más cómoda y encontrando los rayos de sol en cada rincón de la casa en invierno.
No se puede describir el cariño que te da un animal abandonado cuando lo acoges en tu hogar. Y sí, te hacen sufrir un poco, pero por muy amargo que sea decir adiós, los recuerdos te hacen sonreír. Aunque sea con un maldito nudo en la garganta que parece que nunca se quiere ir.
Hasta siempre Gato. Gracias por tanto.
25 enero, 2018
Pasando página: ahora sí, adiós 2017
Me ha costado un poco desprenderme de la morriña de las fiestas. No tanto por la Navidad en sí misma, más bien por lo que de verdad hace que me encanten las navidades. Porque no tendrían esa magia y encanto si no fuera por la gente con la que las compartimos. Estoy segura de que los que volvemos a casa por Navidad -¿os he metido en la cabeza ya la musiquilla de aquel anuncio?- la disfrutamos mucho más, salvo que realmente nos llevemos a matar con la familia. No es mi caso, aunque eso no quita que haya discusiones y algún enfado tonto; pero desde que vivo lejos de Murcia veo con otros ojos la oportunidad de pasar días especiales en casa con mi gente.
El problema de pasar tantos días allí durante las fiestas es que rápidamente vuelvo a crear mi rutina allí, y supone otro choque al volver a la que he construido en Madrid. Quizá el hecho de que todavía estamos convirtiendo la casa nueva en un verdadero hogar ha hecho más complejo el regreso, y me costaba un poco repasar los recuerdos finales del 2017 que ya se nos queda tan atrás.
Ahora que ha pasado San Antón, que se acercan San Blas y Santa Eulalia, y sobre todo, que llegan los carnavales, me siento preparada para pasar página definitivamente. No quería hacer un post de imágenes de mis navidades como obligación, la idea es disfrutarlo y rememorar esos instantes con cariño :). No traigo nada nuevo o especialmente relevante, al fin y al cabo es un post que hago para mí misma, y para el que le apetezca curiosear ;P.
Este año volvieron a ser navidades algo cálidas, nada de olas polares asolando la Región. Sí refrescaba por las noches, pero alcanzando los 20 grados durante el día, o más, no podemos decir que fueran unas fiestas heladas. Lo cierto es que pasamos más frío dentro de casa que fuera, ya que no encendíamos mucho la calefacción -y estaba en parte estropeada, pero ese es otro tema-.
Además de reencontrarme con la familia y el gato me encanta volver a pasear por las calles de Murcia, a esos rincones de siempre y también para descubrir todo lo que está cambiando. Esencialmente, locales y tiendas nuevas que se traspasan y cambian y recambian, mientras otras sobreviven generación tras generación. Es reconfortante ver que el típico bar o pastelería que recuerdo de niña sigue ahí, exactamente igual que hace 20 años.
El paso del tiempo implica perder a familiares y amigos por el camino, pero llegan personitas nuevas y todos vamos cambiando. Es algo de lo que también eres más consciente cuando vives fuera, y hace que disfrutes y aprecies más cada instante. Al menos en mi caso.
Tampoco hace falta buscar experiencias increíbles o súper originales, a mí me basta con volver a mi casa, a mi barrio, a mis calles, y pasear sin prisa o tomar un café con mi padre antes de terminar las últimas compras para la cena. Es salir a correr sin pensar en el tiempo por la mota del río, ver una serie en familia, subir a la Cresta del Gallo, callejear sin rumbo o ir a ver el mismo belén de cada año, que parece igual pero no lo es. Y no complicarnos la vida con tonterías, que ya se encarga ella sola de hacerlo.
Maldita sea. Dije que ya había superado la morriña pero me he autoengañado. Al final me ha salido un nudo en la garganta... Si es que en el fondo no cambiamos tanto, por muchos años que pasen.
Y ya. Pronto, nueva receta :).
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| En Nochebuena por fin sacamos el arsenal de dulces, salvo el mazapán, ¡todo casero! |
Ahora que ha pasado San Antón, que se acercan San Blas y Santa Eulalia, y sobre todo, que llegan los carnavales, me siento preparada para pasar página definitivamente. No quería hacer un post de imágenes de mis navidades como obligación, la idea es disfrutarlo y rememorar esos instantes con cariño :). No traigo nada nuevo o especialmente relevante, al fin y al cabo es un post que hago para mí misma, y para el que le apetezca curiosear ;P.
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| Al otro lado del valle donde está la ciudad, sierra y monte; más allá el campo de Cartagena y "mi" campo |
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| Algo sí ha cambiado, ahora cada vez más gente acude a la Cresta del Gallo a practicar escalada |
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| Mi querida Murcia desde lo alto la sierra |
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| El tradicional belén de los montañeros que cada año montan en la Cresta del Gallo |
Este año volvieron a ser navidades algo cálidas, nada de olas polares asolando la Región. Sí refrescaba por las noches, pero alcanzando los 20 grados durante el día, o más, no podemos decir que fueran unas fiestas heladas. Lo cierto es que pasamos más frío dentro de casa que fuera, ya que no encendíamos mucho la calefacción -y estaba en parte estropeada, pero ese es otro tema-.
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| Hay que reconocer que hay vistas preciosas de Murcia cuando cae la noche. |
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| Clásica imagen de las luces de la Gran Vía. Me gusta recordar la de años pasados y discutir en casa cuáles han sido las mejores. |
Además de reencontrarme con la familia y el gato me encanta volver a pasear por las calles de Murcia, a esos rincones de siempre y también para descubrir todo lo que está cambiando. Esencialmente, locales y tiendas nuevas que se traspasan y cambian y recambian, mientras otras sobreviven generación tras generación. Es reconfortante ver que el típico bar o pastelería que recuerdo de niña sigue ahí, exactamente igual que hace 20 años.
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| Me enamoran los detalles cotidianos de los belenes huertanos de Murcia. ¡Están llenos de detalles! |
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| Mi madre recuerda a un panadero igualito cuando era pequeña. El olorcico de los dulces avisaban de la llegada a los niños antes de que se pudiera escuchar el ruido de su bicicleta. |
El paso del tiempo implica perder a familiares y amigos por el camino, pero llegan personitas nuevas y todos vamos cambiando. Es algo de lo que también eres más consciente cuando vives fuera, y hace que disfrutes y aprecies más cada instante. Al menos en mi caso.
Tampoco hace falta buscar experiencias increíbles o súper originales, a mí me basta con volver a mi casa, a mi barrio, a mis calles, y pasear sin prisa o tomar un café con mi padre antes de terminar las últimas compras para la cena. Es salir a correr sin pensar en el tiempo por la mota del río, ver una serie en familia, subir a la Cresta del Gallo, callejear sin rumbo o ir a ver el mismo belén de cada año, que parece igual pero no lo es. Y no complicarnos la vida con tonterías, que ya se encarga ella sola de hacerlo.
Maldita sea. Dije que ya había superado la morriña pero me he autoengañado. Al final me ha salido un nudo en la garganta... Si es que en el fondo no cambiamos tanto, por muchos años que pasen.
Y ya. Pronto, nueva receta :).
17 enero, 2017
Vuelta a la realidad recordando mi Navidad
Voy a fingir que el calendario del ordenador no marca un vergonzante 17 y no quiero pensar en que estaréis todos más que hartos de la Navidad. En realidad solo hace una semana justita que volví a Madrid, así que entra dentro de mis límites personales para sacar este post hoy. Es que no podía volver a la vida bloguera personal sin repasar un poquito mi Navidad de este año. Porque nunca se sabe cómo serán las siguientes, y me gusta guardar un pequeño recuerdo.

En mi defensa diré que las fechas de las fiestas este año han caído bastante mal. Con la Nochebuena y Nochevieja en sábdo, y Reyes en viernes, se ha alargado mucho la cosa, porque yo me niego a viajar en fin de semana. Y ya que me iba a perder el lunes de clase, pues me reservé al martes para pasar la tarde tranquilamente en casa con mi elfo. Lo mejor es que en un ataque de orden y organización deshice toda la maleta -maletón- y recogimos todas las cosas navideñas de casa.

Teníamos regalos de Reyes que intercambiar -nos hemos portado requetebien- y luego nos vimos una peli divertida compartiendo el roscón que me traje desde Murcia con un buen chocolate espesito. Así la vuelta fue menos dura ^_^. Lo malo es que el domingo, cuando yo pensaba publicar esto, pillé un virus de esos fulminantes y me quedé hecha un rastrojo hasta que he podido dormir hoy del tirón. Menuda nochecita, tendría que haber acampado en el baño directamente.


Bueno bueno, resumiendo la Navidad... Nada especialmente destacable, y eso es bueno! Me gustan las rutinas familiares, ya lo sabéis, aunque cada año tengan algo más de nostálgico y algún matiz triste. Las primeras fiestas sin mi abuelo y un susto que nos dio mi tía abuela empañaron todo con algo de melancolía, pero me quedo con lo positivo. Si repasáis mistostones crónicas navideñas de otros años, comprobaréis que soy animal de costumbres, aunque este año tenía mucho trabajo y ha sido todo un poco más estresante que de costumbre. Casi no llego a comprar todos los regalos y pude cocinar poco, pero las Tortas de Pascua, las Mailänderli y las Zimtsterne no faltaron.

Como siempre, en Nochebuena cenamos a base de mucho picoteo, apostando por productos muy nuestros -quesos murcianos y suizos, por supuesto-, un par de platos de marisco sin pasarnos de presupuesto -ni falta que hace-, y postre a base de dulces navideños. Cocina, la mínima, complicaciones, las justas. Y nada de empachos innecesarios.
En Nochevieja corrí la San Silvestre -qué divertida es si te la tomas como lo que es, me encanta que se apunte tanta gente y haya tan buen rollo-, y luego a cenar con algún entrante y una sabrosísima sopa-guiso de pescado y marisco que mi madre siempre borda. Madre mía el caldo, estaba para hacerle un monumento. En Año Nuevo mi padre y yo salimos a dar un buen paseo por el monte cuando todavía era bastante temprano, daba gusto recorrer esos parajes a esas horas después de toda la lluvia que azotó la Región una semana antes. El agua había dejado imágenes curiosas en el terreno, pero sobre todo la naturaleza estaba gloriosa, agradecida por tanta lluvia. ¡Había setas por todas partes!


La ciudad estaba bastante bonita, la verdad. Muchísima gente a todas horas, eso sí, como siempre. El centro se nos queda pequeño y las cafeterías, bares, plazas y demás se aturullan de gente en las fiestas. Pero había que tomarse las salidas con filosofía y no estresarse si era imposible encontrar hueco en el café de moda, hay muchos sitios donde poder compartir un Belmonte con mi padre en la ciudad. Y cayeron unos cuantos :P.

Mi gato sigue tan pillín como siempre, diría que un poco más pesado y mimado que cuando era joven. Nos preocupó un poco porque sigue delgadito y pasó unos días de vomitar demasiadas veces, pero la veterinaria comprobó que su salud no había empeorado, y de hecho ha ganado un kilo desde verano -hasta los gatos engordan en Navidad-. Me dejó dormir poco, pero al final no podía enfadarme mucho con él, aunque nos robara mojama y se repente haya desarrollado afición por los filetes de pollo empanados y las anchoas de las caras.


Los roscones salieron estupendos este año, quedé muy contenta. Eso sí, tuve que darle mucha caña a la masa la víspera y me tocó madrugón el día de Reyes para tenerlos horneados a tiempo para que mi hermano se llevara un trozo al campo ese día. Lo mejor fue congelar el pequeño, sacarlo antes de coger el tren -esta vez no se me olvidó-, y tenerlo como recién hecho al llegar a Madrid. Me mantengo fiel a mi receta un año más :).

Y sin más, vuelta a la rutina, poquito a poco. El virus este me ha trastocado ese retorno a la realidad pero podría ser peor, así que tened cuidado con la gripe y otros males que nos rondan estos días. Ah sí, y cuidado que parece que hace frío ;P. ¿Veré nieve en Madrid de una maldita vez? Caerá en Murcia y aquí no, ya veréis...

¡A ver si vengo con receta nueva pronto!

En mi defensa diré que las fechas de las fiestas este año han caído bastante mal. Con la Nochebuena y Nochevieja en sábdo, y Reyes en viernes, se ha alargado mucho la cosa, porque yo me niego a viajar en fin de semana. Y ya que me iba a perder el lunes de clase, pues me reservé al martes para pasar la tarde tranquilamente en casa con mi elfo. Lo mejor es que en un ataque de orden y organización deshice toda la maleta -maletón- y recogimos todas las cosas navideñas de casa.

Teníamos regalos de Reyes que intercambiar -nos hemos portado requetebien- y luego nos vimos una peli divertida compartiendo el roscón que me traje desde Murcia con un buen chocolate espesito. Así la vuelta fue menos dura ^_^. Lo malo es que el domingo, cuando yo pensaba publicar esto, pillé un virus de esos fulminantes y me quedé hecha un rastrojo hasta que he podido dormir hoy del tirón. Menuda nochecita, tendría que haber acampado en el baño directamente.


Bueno bueno, resumiendo la Navidad... Nada especialmente destacable, y eso es bueno! Me gustan las rutinas familiares, ya lo sabéis, aunque cada año tengan algo más de nostálgico y algún matiz triste. Las primeras fiestas sin mi abuelo y un susto que nos dio mi tía abuela empañaron todo con algo de melancolía, pero me quedo con lo positivo. Si repasáis mis

Como siempre, en Nochebuena cenamos a base de mucho picoteo, apostando por productos muy nuestros -quesos murcianos y suizos, por supuesto-, un par de platos de marisco sin pasarnos de presupuesto -ni falta que hace-, y postre a base de dulces navideños. Cocina, la mínima, complicaciones, las justas. Y nada de empachos innecesarios.
En Nochevieja corrí la San Silvestre -qué divertida es si te la tomas como lo que es, me encanta que se apunte tanta gente y haya tan buen rollo-, y luego a cenar con algún entrante y una sabrosísima sopa-guiso de pescado y marisco que mi madre siempre borda. Madre mía el caldo, estaba para hacerle un monumento. En Año Nuevo mi padre y yo salimos a dar un buen paseo por el monte cuando todavía era bastante temprano, daba gusto recorrer esos parajes a esas horas después de toda la lluvia que azotó la Región una semana antes. El agua había dejado imágenes curiosas en el terreno, pero sobre todo la naturaleza estaba gloriosa, agradecida por tanta lluvia. ¡Había setas por todas partes!


La ciudad estaba bastante bonita, la verdad. Muchísima gente a todas horas, eso sí, como siempre. El centro se nos queda pequeño y las cafeterías, bares, plazas y demás se aturullan de gente en las fiestas. Pero había que tomarse las salidas con filosofía y no estresarse si era imposible encontrar hueco en el café de moda, hay muchos sitios donde poder compartir un Belmonte con mi padre en la ciudad. Y cayeron unos cuantos :P.

Mi gato sigue tan pillín como siempre, diría que un poco más pesado y mimado que cuando era joven. Nos preocupó un poco porque sigue delgadito y pasó unos días de vomitar demasiadas veces, pero la veterinaria comprobó que su salud no había empeorado, y de hecho ha ganado un kilo desde verano -hasta los gatos engordan en Navidad-. Me dejó dormir poco, pero al final no podía enfadarme mucho con él, aunque nos robara mojama y se repente haya desarrollado afición por los filetes de pollo empanados y las anchoas de las caras.


Los roscones salieron estupendos este año, quedé muy contenta. Eso sí, tuve que darle mucha caña a la masa la víspera y me tocó madrugón el día de Reyes para tenerlos horneados a tiempo para que mi hermano se llevara un trozo al campo ese día. Lo mejor fue congelar el pequeño, sacarlo antes de coger el tren -esta vez no se me olvidó-, y tenerlo como recién hecho al llegar a Madrid. Me mantengo fiel a mi receta un año más :).

Y sin más, vuelta a la rutina, poquito a poco. El virus este me ha trastocado ese retorno a la realidad pero podría ser peor, así que tened cuidado con la gripe y otros males que nos rondan estos días. Ah sí, y cuidado que parece que hace frío ;P. ¿Veré nieve en Madrid de una maldita vez? Caerá en Murcia y aquí no, ya veréis...

¡A ver si vengo con receta nueva pronto!
28 abril, 2016
Celebrando en familia la felicidad de mi prima - Boda en El Estudio de Ana
Muchas, muchísimas gracias a todos los que me habéis hecho llegar vuestro cariño de una forma u otra estos días. Gracias tanto por las felicitaciones como por los ánimos por llegar a la treintena y, sobre todo, por el apoyo ante la pérdida de mi abuelo. Me hubiera gustado tener tiempo estos días para daros las gracias como os merecéis uno a uno, pero ya sabéis, la vida es eso que sucede mientras tú haces otros planes.
Había empezado a escribir el texto de este post en el tren de regreso desde Murcia, pero ironías del destino, al mismo tiempo mi abuelo nos dejaba. Así que tuve que descartarlo y retrasar la publicación, porque además coincidió con mi cumple. Me di unos días de margen para tomar distancia, celebré con el elfo lo que no tuve ánimos de hacer el día 20 ese sábado, y pensé dedicarme a bloguear el domingo. Pero, ¡ja! Mi cuerpo dijo basta. Empecé a sentirme peor a medida que avanzaba la jornada y al final, de madrugada, un dolor horrible me arrancó de la cama. En fin, para resumir y no aburriros con mis dramas: un cuadro general digestivo - os podéis imaginar todos los síntomas y consecuencias - derivados de un más que probable cólico agudo de origen nervioso/mental. Mi suegra lo tiene bastante claro.
Solo lo sabe la gente que me conoce muy, muy de cerca, y es que soy una persona extremadamente nerviosa. Intento no exteriorizarlo, pero por dentro me agobio mucho yo sola, le doy mil vueltas a las cosas, me monto mis películas, me autoexijo muchísimo y casi nunca estoy a la altura que me marco. Me he forzado demasiado en las últimas semanas, lo que unido a preocupaciones, problemas varios y golpes emocionales han terminado por estallar físicamente. Pero bueno, ha sido una llamada de atención - muy dolorosa, eso sí - y más me vale tomármelo en serio. Ahora estoy casi recuperada y algo nerviosa, pero por un buen motivo: nos escapamos unos días a Viena y tengo unas ganas que no me aguanto :).
No podía irme sin dejar por fin una pequeña crónica de la boda de mi prima, lo que me llevó a Murcia hace dos semanas dejándome, casualmente, despedirme de mi abuelo. Y a pesar de que fue un follón
organizarme essos días, meencantó reencontrarme con muchos
familiares y vivir con mi prima un día tan especial, porque le tengo
muchísimo cariño y ha sido fantástico verla así de deslumbrante,
y por encima de todo, tan feliz. Aunque un poco agridulce, fue
una boda preciosa.
Reconozco que me desespera un poco toda
la parafernalia de los bodorrios que hacen que se alarguen y se
alarguen, aunque es algo totalmente normal, claro. Es un día
especial y hay que celebrarlo bien. Pero los menús eternos en los
que estás comiendo durante horas... menos mal que esta vez la boda
era mañanera y al menos no tuve que aguantar hasta la madrugada,
porque a lo tonto casi volvimos a casa al anochecer. Y eso que me
largué en cuanto empezaron los bailes :P.
El banquete y celebración tras la
ceremonia ha sido fue en El Estudio de Ana, un lugar de eventos de lo
más agradable situado a pocos minutos del centro de Murcia. También
tienen restaurante para ir a comer o cenar más allá de ocasiones
especiales, aunque no tengo referencias al respecto. Tienen un jardín
muy bonito, una zona cubierta y luego salones interiores. Mi madre
estuvo hace poco en otra boda que sí fue vespertina, y cenaron
dentro, pero nosotros disfrutamos de un espléndido sábado ya
caluroso con comida al aire libre.
Me gustó que el menú en sí constara
solo de dos platos más los postres, así uno podía entregarse bien
al cocktail de aperitivos y tapeo que no dejó desfilar durante un
par de horas antes de sentarnos. Para los curiosos, os dejo una breve
reseña del menú completo, y mi pequeña crítica desde la
perspectiva de una intolerante a la lactosa que no come casi carne.
Una toca narices, vaya ;P.
Mi padre, mi hermano y yo llegamos los primeros al lugar, algo que agradecí porque así pude dar vueltas a trastear mi nueva cámara de fotos y sacar recuerdos de pequeños detalles. Porque el lugar estaba deorado de forma sencilla pero preciosa, con un ambiente muy primaveral, muy romántico pero ese aire vintage-campestre que no sé si estoy definiendo bien, pero me da igual. Muebles antiguos de granja y muchos tulipanes de colores llenaban todos los rincones.
Barra libre de bebidas, cóctel de mojito estilo granizado de autor cubos de cervezas varias y barra de vermut refrescaban las gargantas, mientras una estación de quesos artesanos y un cortador de jamón muy atareado empezaban a abrir los apetitos. Además, picos y regañás, bandejitas de almendricas fritas - típicas en Murcia e imprescindibles - y chips de verduras, a las que mi hermano y yo hicimos la ola. Pronto empezaron a circular las bandejas con los aperitivos del cocktail, que se alargó casi dos horas.
- salmón gravlax con cítrico y caviar
- cubalibre de foie y ron
- crema de calabaza y crujiente de parmesano
- pollo con miel y salsa curry
- cereza de foie
- delicia de pato thai
- croquetas de manzana con cabrales
Estupendo el salmón, muy rica la crema de calabaza aunque mejor sin el parmesano, que mataba todo el sabor, estupendas las croquetas pero la pobre manzana se perdía bajo el queso. ¿Pegas? Poca opción vegana, ninguna totalmente libre de lactosa, DOS platos con foie - me sobra totalmente - y, por molestar un poco, este no es el orden en el que salieron los platos. Soy tiquismiquis, pero ese detalle me pone nerviosa.
El menú una vez sentados:
- merluza, caldo de espinas y cremoso de patata lima
- arroz con pluma ibérica
- sorbete de frutos rojos
- chocolate blanco y frutos rojos
- mignardises
La merluza, bien, sin ser espectacular, mi porción con espinas inesperadas. El puré de patata más que de lima era naranja, pero estaba rico y suave. El arroz era meloso pero no lo probé. Tenían opción vegana con setas - champiñones - pero lo siento mucho, a esas horas, más de las cinco de la tarde, tras tanta comida, no me entra un señor arroz. El sorbete estaba buenísisisimo y el postre también, nada empalagoso, ni pesado, y el emplatado a lo Jackson Pollock me encantó. El café era muy bueno, los mignardises apenas los caté porque iba a explotar, y poco más que contar. Ah, el pan, como por desgracia suele pasar en estas cosas, muy, muy malo, los típicos panecillos preconelados de cátering. Si algún día me caso, exigiré tener #pandeverdad.
Pero, en definitiva, lo importante fue compartir ese día de felicidad agridulce con toda la familia, poder reencontrarme con gente que hacía mucho que no veía y crear nuevos recuerdos que serán siempre agradables en el futuro cuando vuelva a releer estas líneas. Mi prima y su recién estrenado marido ya llevaban mucho tiempo juntos así que no les hace falta que les desee suerte, pero lo haré igualmente, porque en esta vida no viene mal tener un poco de buenos augurios de tu parte. Ojalá sigan tan felices y tan guapos durante muchísimos años, y con nosotros para vivirlos con ellos, aunque solo nos veamos en ocasiones señaladas. Ah, y tienen un gusto musical bueno de verdad ;).
---------------------------------
Creo que ya pondré una nueva receta cuando vuelva del viaje así que... ¿alguien ha estado en Viena recientemente? ¿Algún consejito o recomendación de última hora? Vamos un poco a la aventura la verdad, sin agobios ni líos de ningún tipo. A disfrutar, y a comer muchos dulces :P. Al Hotel Sacher no creo que entremos, hay otros muchos sitios que catar, y ya tuve una Sacher auténtica a domicilio hace unos meses... Pero me va a faltar tiempo para un Apfelstrudel.
Adviento
Arroz y verduras
Bebidas
Bizcochos y tartas
Brownies y otros
Carne
Cereales
Chocolate
Cocina internacional
Cocina murciana
Cocina suiza
Ensaladas
Entrantes
Especias
Fruta
Galletas
Guisos
Halloween
Helados
Legumbres
Madrid
Mermeladas y conservas
Muffins y cupcakes
Navidad
Ocasiones especiales
Otros
Otros dulces
Panadería
Pascua
Pasta
Personal
Pescado y marisco
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