16 octubre, 2026

Pan rústico de masa madre con especias para el Día Mundial del Pan - WBD2026

 


 Nada como el evento panarra por excelencia para obligarme animarme a retomar el blog. Además, tenía una espinita clavada porque falté a la cita el año pasado, y eso que sí que había horneado algo. Pero ah, la vida...

 [Pausa para dar de merendar al gato] 

 No quiero explayarme demasiado ni ponerme a comentar cómo está la actualidad, porque lo sabemos muy bien todas y bastante tenemos ya con soportar el día a día. Solo diré que por fin conseguí empadronarme en Madrid a principios de septiembre, algo que tendría que haber hecho antes, y que por menos de dos meses no llego a mis primeras votaciones aquí. Así que nada, a votar por última vez -espero- por correo. Porque por supuestísimo que voy a votar. Eso siempre, y ahora más que nunca.



 

 Una borrasca hace unas semanas nos trajo un atisbo de otoño real -que duró poco-, y me animé a darle caña al horno. Reanimé a mi masa madre y me puse a ordenar la despensa gastando harinas que tenía abiertas. Y de pasó aproveché para hacer galletas con masa madre sobrante y crackers de semillas, que no falten. Las galletas quedaron muy ricas y, si puedo, las repetiré cuando se acerque más la Navidad, a ver si las publico por aquí. A este pan le falta práctica y atinar los tiempos de fermentación, pero salió muy rico, con una miga jugosa y tierna que aguantó muy bien casi una semana. Así que es mi aportación al World Bread Day que organiza zorra de nuevo y que cumple nada menos que 21 ediciones. Mil gracias por seguir con tantas ganas todos estos años y mantenernos el gusanillo panarra vivo.

 Y esta vez, milagro, fui apuntando los ingredientes y las cantidades que echaba en un bloc de notas. Me gusta mucho escribir a mano, que no se me olvide jamás. Y apuntar en papel las recetas. Por mucho que me empeñe, siempre se me olvidan las recetas que no anoto, o tengo lagunas y luego no hay manera de recrear ese pan tan estupendo o esas galletas tan ricas, o esa sopa improvisada que salió tan buena. Por cierto, si seguís recetas de internet, procedan de donde procedan, no os fiéis: apuntadlas en un medio físico. Lo que está en las redes hoy podría desaparecer mañana. Lo digo por malas experiencias.

   
Receta de pan rústico de masa madre con especias
Inspiración: el Día Mundial del Pan
Ingredientes para 1 pan hermoso

- 200 g de harina panadera
- 200 g de harina Ruchmehl (farina bigia, tipo 1050)
- 100 g de harina de centeno integral
- 380-400 g de agua
- 1 cucharada de malta
- 2 cucharaditas de mezcla de especias para pan (anís, coriandro, alcaravea e hinojo)
- 200 mm de masa madre activa
- tomillo
- 10 g de sal

Según el tiempo que haya pasado desde la última vez que hice pan, refresco la masa madre un par de días antes. Procuro calcular tener los 200 g que necesito con el último refresco antes de hacer la masa, dejando siempre extra para guardar. Mi método descuidado para hacer pan es sencillo y lleno de defectos, pero es el que me vale para mi rutina caótica.

Mezclar las harinas, la malta y las especias, añadir el agua e incorporar bien. Tapar y dejar reposar unos 30 minutos. Añadir la masa madre y trabajar un poco. Tapar y hacer autólisis 30 minutos. Añadir finalmente la sal y amasar un poco. 

Continuar amasando de corrido o aplicar amasados y reposos cortos. Se irá haciendo más manejable. Fermentar en bloque unas 4 horas, haciendo un par de pliegues en ese tiempo.

Hacer un último plegado tipo francés antes de llevar a fermentar en frío toda la noche, o preparar para el baneton. Preformar y reposar unos minutos, enharinar un baneton adecuado y dar la forma final a la masa. Llevar al baneton, tapar y refrigerar toda la noche.

Precalentar el horno 250ºC. Volcar el pan con cuidado en una bandeja, hacer cortes para greñar -a mí me salen fatal- y llevar al horno. Con aire y vapor 20 minutos; quitar el vapor y bajar la temperatura a 240-220ºC. Continuar el horneado hasta los 50-55 minutos en total, o según nos guste el nivel de tostado. Enfriar por completo en una rejilla.


20 abril, 2026

Tarta de limón y frutos del bosque para el cumpleaños en el que dejé de ser treinteañera

20 de abril. Pero no del 90. Lo único que puedo agradecer a la canción de Celtas Cortos es que me hiciera mucha ilusión la primera vez que la descubrí a la tierna de edad de, no sé, ocho o nueve años. Luego pasó a ser un sortilegio, porque cada vez que la escuchaba rompía a llorar —o, si no era en fechas cercanas a mi cumple, al menos me ponía muy triste—; ahora solo sonrío cuando alguien hace algún chistecito al respecto y, al menos, doy las gracias porque sirve para que mucha gente se acuerde de cuándo es mi cumple.

 Pues sí, amigas: he dejado oficialmente la treintena. Y teniendo en cuenta lo mal que he llevado siempre los cumpleaños, llorando prácticamente en todos, lo llevo sorprendentemente bien. Quizá tenga que ver que hace tiempo me empeñé en dejar de contar años, y centrarme solo en cumplirlos, y que estaba convencida que cumplía los 40 en 2025. Lo prometo, me sacó del error mi madre el mismo día que me felicitaba —y de paso me insultó un poco cariñosamente por ser así de pava—.

 Supongo que esto será lo que dicen madurar, aunque yo me siento igual que siempre. Por dentro, al menos. Me siguen gustando prácticamente las mismas cosas y me he reconciliado con mis pasatiempos y las cosas que me hacen feliz, que dejé durante años aparcadas por la vida adulta, el capitalismo y ese mundo oscuro de los autónomos. Ahora me puedo pasar cinco horas jugando a un juego de llevar una granjita o una taberna medieval, o rejugando a una aventura gráfica que me encantaba con 12 años, y no me siento culpable. 

 Y también he recordado lo mucho que me gusta cocinar y preparar dulces y postres. Dulces a mi gusto, experimentando un poco sin miedo a que salga un desastre, sin pensar en calorías ni en cómo convertir algo en saludable —saludable es una manzana, no un bizcocho fit sin hidratos—. Este cumpleaños extraño ha caído en lunes, así que me he dado el lujo de tomármelo como vacaciones, levantarme a mi ritmo —o sea, muy temprano— y meterme a ensuciar la cocina. Porque, si no me hago yo una tarta a mi gusto, ¿quién me la va a hacer?

 Dándole vueltas a qué podía preparar me daba mucha pereza complicarme con las típicas tartas o pasteles de cumpleaños, y el calor anormal de estos días me quitaban las ganas de pensar en masas de miga esponjosa, glaseados y rellenos. Quería algo fresco, cremoso y crujiente. Quería limón. Mucho limón.

 La inspiración la encontré en la receta de lemon tarts de Nicola Lamb, que tiene una newsletter fantabulosa llamada Kitchen Projects. En serio, si te gusta la repostería o la cocina en general, necesitas seguirla con urgencia. De sus tartaletas de limón cogí la idea de hacer una tarta cremosa, a tope de sabor y aroma alimonado, no muy dulce, con una masa bien crujiente. Pero he usado mi fórmula para este tipo de tartas —llamadas tipo tart o incluso pie en inglés—, mezclando harinas de distintos cereales y usando muy poco azúcar, y un relleno menos dulce y algo más cuajado, que le he cogido tirria a las tartas viscosas por la moda de las tartas de queso y de chocolate medio crudas. 

Aspectos clave: enfriar la masa y hornearla a horno muy moderado dándole un baño de huevo batido tres veces entre horno y horno  —así queda crujiente de verdad—; infusionar la nata con piel de limón y la mitad del azúcar; cocinar la mezcla líquida al baño maría un poco para que no se separe en capas en el horno; controlar bien la cocción si se prefiere más melosa. Ah, y repito, a mí no me gustan los dulces muy dulces. Quería sabor a LIMÓN. Limón murciano.

Receta de tarta de limón-limón y frutos del bosque
Inspiración: mi 40 cumpleaños y Nicola Lamb
Ingredientes para 1 molde de unos 20-22 cm de diámetro

- 100 g de harina de trigo de todo uso
- 50 g de harina de avena
- 50 g de harina de centeno integral (o más avena, o almendra)
- 1 cucharada de azúcar moreno o panela
- 1 pizca de sal 
- ralladura de limón y un poco de cardamomo molido (opcional)
- 100 g de mantequilla muy fría cortada en cubitos
- 1 huevo L
- leche o agua muy fría necesaria
- 1 huevo extra para el horneado

Mezclar las harinas con el azúcar, la sal y los aromas. Añadir la mantequilla y triturar con un robot o procesador de alimentos fuerte, o a mano estrujando rápidamente para o calentar mucho la masa. Cuando se haya incorporado la mantequilla, echar el huevo y triturar un poco más. Añadir leche o agua fría a chorrito ligero hasta tener una masa que se pueda amalgamar con las manos y no sea pegajosa. Envolver en plástico film y reposar en la nevera mínimo 30 minutos, o toda la noche.

Engrasar un molde rizado de tartas con mantequilla y precalentar el horno a 160ºC con aire. Estirar la masa para forrar el molde, primero con rodillo y luego apretando con las manos para ajustarla bien. Cortar la masa que pueda sobrar y hornearla luego como si fueran galletas (o tirar, a mí me gusta comérmela tal cual con queso o frutas). Refrigerar 15-30 minutos y hornear 15 minutos. Pintar nada más salir del horno con una capa ligera de huevo batido. Volver a hornear 5-10 minutos y volver a pintar. Repetir el proceso una vez más y reservar.

- 200 ml de nata para montar sin lactosa (o normal)
- 100 g de azúcar
- pieles sin parte blanca de 3 limones
- 125 g de zumo de limón recién exprimido y sin pulpa
- 4 huevos M
- 2 cucharadas de leche (opcional)
- frambuesas y arándanos o grosellas para decorar

Poner a infusionar, sin hervir, a temperatura muy suave, la nata con la mitad del azúcar y las pieles de limón. Yo echo la leche extra porque siempre se evapora algo de líquido. Escurrir bien las pieles y templar un poco. Batir con varillas a mano los huevos con el resto del azúcar; añadir la nata y el zumo de limón. Calentar al baño maría hasta llegar a los 55ºC, removiendo con suavidad. Colar con un colador fino, remover de nuevo con las varillas y verter en la masa prehorneada. Si hay burbujitas o espuma, retirar para que quede más mona. 

Hornear durante unos 20-40 minutos. Ojo, puede tardar menos o más, según el molde, la temperatura, si se ha hecho bien el precocido al baño maría y según el gusto de cada cual. Si quieres una tarta muy cremosita en el centro, sácala antes; compruébalo con un palillo, debe salir algo manchado si lo pinchas en el centro. Al enfriar se solidificará más. 

Esperar a que se enfríe antes de llevar al horno y decorar al gusto con las frutas. 



Muchas gracias por aguantarme todos estos años, a pesar de mi inconsistencia. Y por seguir ahí, detrás de la pantalla; ya quedamos pocos de los de siempre, pero me encanta leeros a los que seguís infatigables publicando recetas y comentando y participando en retos. Ya sabéis quiénes sois :).

08 febrero, 2026

Receta de palets bretons, una de las mejores galletas del mundo (y de las más simples)

 

Primera publicación de 2026. No tengo vergüenza ninguna. En 2025 solo publiqué una receta, y aún tendré que dar gracias a que saqué ganas de hacerlo. Y eso que saqué fotos de otras elaboraciones que tenía pensado y requetepensado publicar, pero ahí se han quedado, en el limbo digital. Espero recuperarlas, pero ya no me engaño a mí misma y menos a quien aún me lea por aquí. 

No tengo muchas ganas ni ánimos de reflexionar sobre cómo está el mundo ahora mismo, porque menudo añito hemos tenido, y menuda manera de empezar 2026. Me quedo con que he pasado unas navidades estupendas con la familia en Murcia, que también tenía ganas de volver a Madrid con el elfo, mi gato y mi gente de aquí, y que, a grandes rasgos, no nos podemos quejar. 


Vuelvo a tener ganas de cocinar cosas nuevas y probar recetas, y de hacer dulces en casa sin pensar en si no son sanos ni en hacerlos por obligación o para publicarlos en algún sitio. Solo porque me apetece y ya está. Y he recordado 
 y la repostería y por qué empecé en este mundillo hace ya demasiados años. Compartir los resultados es una parte importante de por qué me gusta tanto —hacer feliz a la gente que quieres con algo que has cocinado es maravilloso—, y ahora también he recuperado la ilusión por compartirlo en redes. No tanto en Instagram, que cada vez está peor, y mucho menos en ese pozo infecto de X, sino con la gente maja que hay en Bluesky; también hay palurdos por allí, faltaría más, pero a esos no les dedico más de dos segundos de mi atención. Y me pidieron por favor la receta de estas deliciosísimas galletas, así que me dieron el empujoncito que necesitaba para volver a quitar las telarañas del blog.


Los palets bretons son una de las mejores galletas del mundo porque son pura simplicidad: unas señoras galletas de mantequilla francesa. Típicas de la Bretaña francesa, lo suyo es hacerlas con la mejor mantequilla posible, aunque con una decente del súper ya quedan fabulosas. Deben ser gordotas y ligeramente doradas, sin dejar que se torren demasiado; quedan más crujientes y firmes que el shortbread escocés, pero más suaves que las galletas danesas. No sé cuáles me gustan más.

La receta es de la newsletter Life's a Feast de Jamie Schler, muuuy recomendable, y ya la he repetido más de una vez. Son súper fáciles de hacer, y con el truco de usar un molde rígido de muffins/magdalenas, salen perfectas y no te tienes que complicar para darles forma. Schler dice que con unos de silicona también quedarían bien, o podrían usarse aros metálicos aptos para el horno. Me tienta la versión de chocolate pero es que la mantequilla con su toque de vainilla ya es pura perfección galletil.


Receta de palets bretons
Inspiración: receta de Jamie Schler
Ingredientes para unas 12-18 galletas (depende del tamaño y grosor)

- 2 yemas de huevo grandes
- 80 g de azúcar
- 80 g de mantequilla con sal (de la mejor calidad posible) atemperada
- 1/4 cucharadita de esencia de vainilla de buena calidad
- 150 g de harina de repostería (de todo uso)
- 1 cucharadita de levadura química (impulsor)

Disponer las yemas con el azúcar en un cuenco hondo y batir con batidora de varillas hasta que el azúcar se haya disuelto e integrado bien con las yemas, creando una masa algo esponjosa. Habrá que parar de vez en cuando para rascar las paredes y aglutinar la mezcla de nuevo. Se tardará al menos dos o tres minutos.

Añadir la mantequilla troceada en varias tandas, batiendo cada vez para ir integrándola. Echar también la vainilla y seguir batiendo hasta tener una mezcla homogénea suave y cremosa. Tamizar aparte la harina con la levadura o mezclar bien con unas varillas y la sal, e ir echando la mezcla a la masa en varias tandas, batiendo a velocidad baja cada vez.

Una vez esté todo integrado, aglutinar con las manos. Debe quedar una masa húmeda pero no pegajosa, maleable y suave, que no se desmigaje. Se puede corregir la textura con un poco de harina o de agua o leche fría si diera problemas. Formar un cilindro compacto de unos 20-25 cm de largo, según el tamaño y número de galletas que se quieran obtener. Envolver bien en film y refrigerar 30-45 minutos.

Precalentar el horno a 170ºC sin aire, con calor arriba y abajo, y preparar unos moldes de muffins o magdalenas, mejor si es una bandeja metálica antiadherente, o usar moldes firmes desechables engrasados. El diámetro ideal es de unos 5 cm; mi bandeja de muffins no es necesario engrasarla para esta masa.

Cortar discos de 1 cm de grosor; no importa mucho si no quedan redondos porque la idea es que la masa se expanda en el horno y cojan la forma del molde, pero deben ser del grosor lo más parecido posible, para que se hagan al mismo tiempo. Queremos galletas gorditas.

Poner cada unidad en una cavidad de los moldes y hornear hasta que estén doradas, solo empezando a oscurecerse por los bordes. El tiempo depende mucho del horno, molde y tamaño; entre 10 y 20 minutos. Esperar un poco fuera del horno y desmoldar usando una rejilla, poniendo los moldes boca abajo sobre ella y dando unos golpes secos.

Guardadas en una caja metálica o recipiente hermético, en un lugar fresco y seco, aguantan bien varios días ahora que no hace calor. Lo difícil es que no sean devoradas misteriosamente antes.


06 abril, 2025

Shortbread de coco y violetas (o lavanda). Una delicia caída del cielito azul

 


El shortbread es esa absoluta maravilla repostera cumbre de la gastronomía británica, más concretamente escocesa. Y son una delicia porque tienen una grandiosa cantidad de mantequilla, poco azúcar y no demasiada harina. Su textura es crujiente pero muy ligera, escamosa (flaky), como le corresponde a las masas con su buena cantidad de grasa. Son galletas de las llamadas biscuits, término puramente británico que causa confusión a los estadounidenses, cuyas biscuits son otra cosa, aunque comparten, curiosamente, una similar textura con el shortbread, debido a las capas de mantequilla o manteca. Es como una pasta de mantequilla, pero mucho más delicada que las pastas de té o las galletas danesas, se desmigaja con facilidad y, en su engañosa ligereza, reside su peligro. Te zampas una caja sin darte cuenta

 



Yo me autoconvencí, o autoengañé más bien, a finales de 2024 en que había retomado un buen ritmo de publicación en el blog. El otoño y la Navidad, estar en casa con la familia y las vacaciones fomentaron esa ilusión. Pero llegó 2025 y la vuelta a la realidad de la adultez, obligaciones, trabajo y un enero eterno que duró cincuenta mil días. Febrero fue más ameno pero ajetreado, y marzo ha volado en un suspiro entre borrascas, con una agenda más ajetreada de lo normal. Y se me quedaba el blog en barbecho otra vez, esperando, sin quejarse, pobretico mío.

 Hoy vuelvo con una receta que tenía pendiente desde ese enero interminable, pero que horneé más tarde, cuando encontré tiempo para dedicarle. Porque surge de la inspiración que me regaló mi Amigo Invisible, amiga más bien, del fabuloso evento que surgió del cielito azul en Navidad. Bluesky es la red social que más uso desde que X es un pozo de inmundicia manipulado por ese sociópata de inteligencia justa que todos conocemos y me niego a nombrar, donde me he reencontrado con muchos viejos contactos y he conocido a mucha más gente fabulosa que han creado una comunidad en la que da gustico estar. Sin dejar de tener sus problemas y polémicas, claro. Que al final las redes las hacemos los humanos, y ya sabemos cómo somos de idiotas.


El caso es que una persona maravillosa organizó un Amigo Invisible a finales de año, y mi AI me regaló un reto culinario proponiéndome elaborar algo que combinara dos aromas complementarios, coco y violetas, dándome además un pequeño estudio sobre el perfil aromático de ambos. Me ha dejado un montón de ideas para usar leche de coco en lata -también saladas-, pero lo primero que tenía que probar era una receta dulce, y con las ganas que tenía de galletas... me puse a jugar con varias recetas de shortbread y el resultado ha sido fabuloso. Ahora que se aproxima el calorcito -cero ganas-, probaré otra idea de postre fresco, tipo mousse, crema o helado, añadiendo maracuyá, que también marida muy bien con el coco y seguro que es un puente de unión fantástico con las violetas.

Las violetas son, obviamente, una flor del color que lleva su nombre, pero con el mismo nombre genérico se identifica a los famosos caramelos de Madrid, de cuya existencia no supe hasta que, efectivamente, exploré Madrid por primera vez siguiendo al elfo. De hecho, juraría que él ni sabía que son tipiquísimos de su ciudad natal, lo que demuestra, una vez más, que lo que parece famoso y súper conocido para unos, no existe para otros. Y que por ser de un lugar no te conviertes en eminencia y fuente inapelable sobre conocimientos del mismo.


  Tenía dos opciones, ir a comprar caramelos, cosa que pensaba hacer en un primer momento, pero me terminó por dar pereza, o comprar la esencia de violeta. Triturar los caramelos para usarlos en recetas es algo que se ve mucho por redes, pero no me convencía; mejor ir directamente a la fuente del mismo aroma que se emplea en la elaboración de los caramelos duros. En cualquier tienda especializada en productos de repostería o química de uso alimentario se encuentra sin dificultad. Eso sí, comprobad bien las instrucciones del fabricante sobre la dosis recomendada. En cuanto al coco, que sea muy fresco o no sabrá a nada. 

 Duraron tan poco que tuve que repetir para comprobar que salían bien 😝 y de paso probé a usar lavanda, esta vez "real", las flores secas. También salieron riquísimos, más sutiles, para quien no le guste mucho el olor a flor. Y además es más fotogénica que el botecito de aroma concentrado.

 


Receta de shortbread de coco y violetas o lavanda
Inspiración: mi Amigo Invisible del cielito azul
Ingredientes para

- 175 g de harina de todo uso de trigo
- 1/4 cucharadita de esencia/aroma de violetas (o según fabricante/gusto) o 5 g de lavanda seca
- 70 g de coco rallado
- 30 g de harina de maíz fina (no maizena, de grano fino, amarilla, no precocida)
- 70 g de azúcar
- 175 g de mantequilla de buena calidad a temperatura ambiente, y más para engrasar
- 1/4 cucharadita de sal si la mantequilla no es salada

Precalentar el horno a 160ºC sin aire, calor arriba y abajo. Forrar el fondo de un molde redondo de unos 20 cm de diámetro con papel de hornear, y engrasar bien los laterales con mantequilla y harina tamizada, sacudiendo el exceso. Reservar en la nevera.

Procesar todos los ingredientes en un robot, procesador de alimentos/picadora o a mano. Yo uso lo segundo, es facilísimo trabajar con él este tipo de masas. Debe quedar un poco como migas, pero que al estrujarlas forman una masa compacta. Si se desmigaja, añadir pequeñísimas cantidades de agua muy fría. Es blanda, pero no pegajosa.

Llevar todo al molde sin formar y aplastar con las manos y con ayuda de una espátula esquinera o un cucharón para extender la masa por toda la base, homogeneizanado la superficie. Pinchar con un tenedor y marcar líneas en todo el perímetro del borde con los dientes de este.

Hornear en el centro del horno durante 55-70 minutos, o hasta que la masa esté dorada, sin dejar que se tueste. Mejor quedarse cortos que pasarse demasiado. Esperar fuera del horno unos 10 minutos antes de retirar el anillo del molde y cortar en 12 porciones, sin separarlas. Llevar a una rejilla usando el papel del molde y esperar a que enfríe por completo.

 



Aguantan muy bien en una caja metálica hermética durante muchos días, en un lugar fresco y seco. Nada mejor para el té, café o infusión de sobremesa o media tarde.

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