08 febrero, 2026

Receta de palets bretons, una de las mejores galletas del mundo (y de las más simples)

 

Primera publicación de 2026. No tengo vergüenza ninguna. En 2025 solo publiqué una receta, y aún tendré que dar gracias a que saqué ganas de hacerlo. Y eso que saqué fotos de otras elaboraciones que tenía pensado y requetepensado publicar, pero ahí se han quedado, en el limbo digital. Espero recuperarlas, pero ya no me engaño a mí misma y menos a quien aún me lea por aquí. 

No tengo muchas ganas ni ánimos de reflexionar sobre cómo está el mundo ahora mismo, porque menudo añito hemos tenido, y menuda manera de empezar 2026. Me quedo con que he pasado unas navidades estupendas con la familia en Murcia, que también tenía ganas de volver a Madrid con el elfo, mi gato y mi gente de aquí, y que, a grandes rasgos, no nos podemos quejar. 


Vuelvo a tener ganas de cocinar cosas nuevas y probar recetas, y de hacer dulces en casa sin pensar en si no son sanos ni en hacerlos por obligación o para publicarlos en algún sitio. Solo porque me apetece y ya está. Y he recordado 
 y la repostería y por qué empecé en este mundillo hace ya demasiados años. Compartir los resultados es una parte importante de por qué me gusta tanto —hacer feliz a la gente que quieres con algo que has cocinado es maravilloso—, y ahora también he recuperado la ilusión por compartirlo en redes. No tanto en Instagram, que cada vez está peor, y mucho menos en ese pozo infecto de X, sino con la gente maja que hay en Blueskytambién hay palurdos por allí, faltaría más, pero a esos no les dedico más de dos segundos de mi atención. Y me pidieron por favor la receta de estas deliciosísimas galletas, así que me dieron el empujoncito que necesitaba para volver a quitar las telarañas del blog.


Los palets bretons son una de las mejores galletas del mundo porque son pura simplicidad: unas señoras galletas de mantequilla francesa. Típicas de la Bretaña francesa, lo suyo es hacerlas con la mejor mantequilla posible, aunque con una decente del súper ya quedan fabulosas. Deben ser gordotas y ligeramente doradas, sin dejar que se torren demasiado; quedan más crujientes y firmes que el shortbread escocés, pero más suaves que las galletas danesas. No sé cuáles me gustan más.

La receta es de la newsletter Life's a Feast de Jamie Schler, muuuy recomendable, y ya la he repetido más de una vez. Son súper fáciles de hacer, y con el truco de usar un molde rígido de muffins/magdalenas, salen perfectas y no te tienes que complicar para darles forma. Schler dice que con unos de silicona también quedarían bien, o podrían usarse aros metálicos aptos para el horno. Me tienta la versión de chocolate pero es que la mantequilla con su toque de vainilla ya es pura perfección galletil.


Receta de palets bretons
Inspiración: receta de Jamie Schler
Ingredientes para unas 12-18 galletas (depende del tamaño y grosor)

- 2 yemas de huevo grandes
- 80 g de azúcar
- 80 g de mantequilla con sal (de la mejor calidad posible) atemperada
- 1/4 cucharadita de esencia de vainilla de buena calidad
- 150 g de harina de repostería (de todo uso)
- 1 cucharadita de levadura química (impulsor)

Disponer las yemas con el azúcar en un cuenco hondo y batir con batidora de varillas hasta que el azúcar se haya disuelto e integrado bien con las yemas, creando una masa algo esponjosa. Habrá que parar de vez en cuando para rascar las paredes y aglutinar la mezcla de nuevo. Se tardará al menos dos o tres minutos.

Añadir la mantequilla troceada en varias tandas, batiendo cada vez para ir integrándola. Echar también la vainilla y seguir batiendo hasta tener una mezcla homogénea suave y cremosa. Tamizar aparte la harina con la levadura o mezclar bien con unas varillas y la sal, e ir echando la mezcla a la masa en varias tandas, batiendo a velocidad baja cada vez.

Una vez esté todo integrado, aglutinar con las manos. Debe quedar una masa húmeda pero no pegajosa, maleable y suave, que no se desmigaje. Se puede corregir la textura con un poco de harina o de agua o leche fría si diera problemas. Formar un cilindro compacto de unos 20-25 cm de largo, según el tamaño y número de galletas que se quieran obtener. Envolver bien en film y refrigerar 30-45 minutos.

Precalentar el horno a 170ºC sin aire, con calor arriba y abajo, y preparar unos moldes de muffins o magdalenas, mejor si es una bandeja metálica antiadherente, o usar moldes firmes desechables engrasados. El diámetro ideal es de unos 5 cm; mi bandeja de muffins no es necesario engrasarla para esta masa.

Cortar discos de 1 cm de grosor; no importa mucho si no quedan redondos porque la idea es que la masa se expanda en el horno y cojan la forma del molde, pero deben ser del grosor lo más parecido posible, para que se hagan al mismo tiempo. Queremos galletas gorditas.

Poner cada unidad en una cavidad de los moldes y hornear hasta que estén doradas, solo empezando a oscurecerse por los bordes. El tiempo depende mucho del horno, molde y tamaño; entre 10 y 20 minutos. Esperar un poco fuera del horno y desmoldar usando una rejilla, poniendo los moldes boca abajo sobre ella y dando unos golpes secos.

Guardadas en una caja metálica o recipiente hermético, en un lugar fresco y seco, aguantan bien varios días ahora que no hace calor. Lo difícil es que no sean devoradas misteriosamente antes.


06 abril, 2025

Shortbread de coco y violetas (o lavanda). Una delicia caída del cielito azul

 


El shortbread es esa absoluta maravilla repostera cumbre de la gastronomía británica, más concretamente escocesa. Y son una delicia porque tienen una grandiosa cantidad de mantequilla, poco azúcar y no demasiada harina. Su textura es crujiente pero muy ligera, escamosa (flaky), como le corresponde a las masas con su buena cantidad de grasa. Son galletas de las llamadas biscuits, término puramente británico que causa confusión a los estadounidenses, cuyas biscuits son otra cosa, aunque comparten, curiosamente, una similar textura con el shortbread, debido a las capas de mantequilla o manteca. Es como una pasta de mantequilla, pero mucho más delicada que las pastas de té o las galletas danesas, se desmigaja con facilidad y, en su engañosa ligereza, reside su peligro. Te zampas una caja sin darte cuenta

 



Yo me autoconvencí, o autoengañé más bien, a finales de 2024 en que había retomado un buen ritmo de publicación en el blog. El otoño y la Navidad, estar en casa con la familia y las vacaciones fomentaron esa ilusión. Pero llegó 2025 y la vuelta a la realidad de la adultez, obligaciones, trabajo y un enero eterno que duró cincuenta mil días. Febrero fue más ameno pero ajetreado, y marzo ha volado en un suspiro entre borrascas, con una agenda más ajetreada de lo normal. Y se me quedaba el blog en barbecho otra vez, esperando, sin quejarse, pobretico mío.

 Hoy vuelvo con una receta que tenía pendiente desde ese enero interminable, pero que horneé más tarde, cuando encontré tiempo para dedicarle. Porque surge de la inspiración que me regaló mi Amigo Invisible, amiga más bien, del fabuloso evento que surgió del cielito azul en Navidad. Bluesky es la red social que más uso desde que X es un pozo de inmundicia manipulado por ese sociópata de inteligencia justa que todos conocemos y me niego a nombrar, donde me he reencontrado con muchos viejos contactos y he conocido a mucha más gente fabulosa que han creado una comunidad en la que da gustico estar. Sin dejar de tener sus problemas y polémicas, claro. Que al final las redes las hacemos los humanos, y ya sabemos cómo somos de idiotas.


El caso es que una persona maravillosa organizó un Amigo Invisible a finales de año, y mi AI me regaló un reto culinario proponiéndome elaborar algo que combinara dos aromas complementarios, coco y violetas, dándome además un pequeño estudio sobre el perfil aromático de ambos. Me ha dejado un montón de ideas para usar leche de coco en lata -también saladas-, pero lo primero que tenía que probar era una receta dulce, y con las ganas que tenía de galletas... me puse a jugar con varias recetas de shortbread y el resultado ha sido fabuloso. Ahora que se aproxima el calorcito -cero ganas-, probaré otra idea de postre fresco, tipo mousse, crema o helado, añadiendo maracuyá, que también marida muy bien con el coco y seguro que es un puente de unión fantástico con las violetas.

Las violetas son, obviamente, una flor del color que lleva su nombre, pero con el mismo nombre genérico se identifica a los famosos caramelos de Madrid, de cuya existencia no supe hasta que, efectivamente, exploré Madrid por primera vez siguiendo al elfo. De hecho, juraría que él ni sabía que son tipiquísimos de su ciudad natal, lo que demuestra, una vez más, que lo que parece famoso y súper conocido para unos, no existe para otros. Y que por ser de un lugar no te conviertes en eminencia y fuente inapelable sobre conocimientos del mismo.


  Tenía dos opciones, ir a comprar caramelos, cosa que pensaba hacer en un primer momento, pero me terminó por dar pereza, o comprar la esencia de violeta. Triturar los caramelos para usarlos en recetas es algo que se ve mucho por redes, pero no me convencía; mejor ir directamente a la fuente del mismo aroma que se emplea en la elaboración de los caramelos duros. En cualquier tienda especializada en productos de repostería o química de uso alimentario se encuentra sin dificultad. Eso sí, comprobad bien las instrucciones del fabricante sobre la dosis recomendada. En cuanto al coco, que sea muy fresco o no sabrá a nada. 

 Duraron tan poco que tuve que repetir para comprobar que salían bien 😝 y de paso probé a usar lavanda, esta vez "real", las flores secas. También salieron riquísimos, más sutiles, para quien no le guste mucho el olor a flor. Y además es más fotogénica que el botecito de aroma concentrado.

 


Receta de shortbread de coco y violetas o lavanda
Inspiración: mi Amigo Invisible del cielito azul
Ingredientes para

- 175 g de harina de todo uso de trigo
- 1/4 cucharadita de esencia/aroma de violetas (o según fabricante/gusto) o 5 g de lavanda seca
- 70 g de coco rallado
- 30 g de harina de maíz fina (no maizena, de grano fino, amarilla, no precocida)
- 70 g de azúcar
- 175 g de mantequilla de buena calidad a temperatura ambiente, y más para engrasar
- 1/4 cucharadita de sal si la mantequilla no es salada

Precalentar el horno a 160ºC sin aire, calor arriba y abajo. Forrar el fondo de un molde redondo de unos 20 cm de diámetro con papel de hornear, y engrasar bien los laterales con mantequilla y harina tamizada, sacudiendo el exceso. Reservar en la nevera.

Procesar todos los ingredientes en un robot, procesador de alimentos/picadora o a mano. Yo uso lo segundo, es facilísimo trabajar con él este tipo de masas. Debe quedar un poco como migas, pero que al estrujarlas forman una masa compacta. Si se desmigaja, añadir pequeñísimas cantidades de agua muy fría. Es blanda, pero no pegajosa.

Llevar todo al molde sin formar y aplastar con las manos y con ayuda de una espátula esquinera o un cucharón para extender la masa por toda la base, homogeneizanado la superficie. Pinchar con un tenedor y marcar líneas en todo el perímetro del borde con los dientes de este.

Hornear en el centro del horno durante 55-70 minutos, o hasta que la masa esté dorada, sin dejar que se tueste. Mejor quedarse cortos que pasarse demasiado. Esperar fuera del horno unos 10 minutos antes de retirar el anillo del molde y cortar en 12 porciones, sin separarlas. Llevar a una rejilla usando el papel del molde y esperar a que enfríe por completo.

 



Aguantan muy bien en una caja metálica hermética durante muchos días, en un lugar fresco y seco. Nada mejor para el té, café o infusión de sobremesa o media tarde.

30 diciembre, 2024

Pastelillos murcianos convertidos en galletas para Navidad o cuando apriete la morriña - Feliz 2025

 

El 2024 está a puntico de caducar y casi no me da tiempo a dejar por aquí otra receta navideña, felicitar las fiestas y desearos a todos un 2025 fabuloso o, al menos, tranquilo y sin sobresaltos. Con buena salud, claro, pero también con algo de buena fortuna económica, alguna que otra alegría y un buen puñado de momentos felices para recordar en los años venideros. Igual es ser demasiado optimista tal y como pintan las cosas en todo el mundo, pero al menos hay que ser positivas y arrancar con fuerza. Que nunca sabemos cuándo nos van a invadir extraterrestres ni qué intenciones tendrán, por ejemplo.

 

Yo llevo casi dos semanas de vacaciones en Murcia con la familia sin hacer grandes planes pero tampoco sin que me sobre el tiempo. Además de hornear dulces, ayudar con los preparativos de Nochebuena, Navidad y demás, y preparar muchos regalos, he estado haciendo lo que quería: básicamente ocuparme en no hacer nada. Improvisando un poco sobre la marcha, leyendo, viendo alguna serie en familia, paseando, tomando cafés con viejos conocidos, cocinando y horneando, reenganchándome a los videojuegos. O disfrutando del placer de no hacer nada, que también requiere su tiempo. Qué lujo.

Estoy contenta porque Papá Noel se ha portado bien y yo he comprado muchos regalos en comercios locales de gente maravillosa, hemos hecho algo de turismo cercano y están siendo días apacibles, aunque se me acaba la fiesta pasado Año Nuevo. Ya que el 2025 viene con rima predecible, a ver si se porta bien con todos los que se lo merecen, que ya va siendo hora.  


Estos pastelilllos murcianos los horneé por primera vez en 2023 pero se me quedaron en el tintero, así que los traigo hoy, ya que he repetido la receta estas navidades y van a quedarse en el repertorio fijo de dulces para hacer cada vez que llegue diciembre. Los pastelillos son un dulce originalmente más ligado a la Navidad, pero que yo recuerdo desde pequeña presente en las panaderías y obradores casi todo el año, pues mi madre compraba de vez en cuando, especialmente al panadero que pasaba por el campo en su furgoneta. Mi problema con ellos es que me encantaba la masa, pero no me gustaba nada el relleno.

Sí, me apasiona la calabaza pero aborrezco el cabello de ángel. Jamás me ha gustado, ni de niña ni de mayor, menos aún ahora que tolero menos los dulces muy dulces. Así que yo mordisqueaba los pastelillos por todo su perímetro como un ratoncito, dejando el corazón con su relleno intacto. Ahora que he podido recrear la masa en casa los he convertido en pastas o galletas sin más, sin rellenar, y por fin puedo disfrutarlos a mi gusto. He rebajado un poco la cantidad de azúcar de la masa, así que si estáis acostumbrados a los dulces típicos tal cual, aumentad la cantidad unos 50 g más.



Receta de galletas de pastelillos murcianos
Inspiración: la morriña navideña, Teresa Vivancos y mi animadversión hacia el cabello de ángel
Ingredientes aproximados para unas 30 unidades

- 250 g de manteca de cerdo ibérico atemperada
- 200 g de azúcar
- 3 huevos M de gallinas felices atemperados
- 1 vaso de mistela o vino dulce similar (unos 200 ml)
- ralladura de 1 limón murciano
- 500 g de harina de trigo de todo uso (quizá un poco más)
- 10 g de bicarbonato sódico
- 1 cucharadita de canela molida
- 1 huevo batido para pintar

Mezclar en un recipiente amplio la manteca de cerdo con el azúcar, batiendo con unas varillas manuales hasta incorporar bien. Echar los huevos, uno a uno, batiendo tras cada adición ligeramente.

Añadir el vaso de mistela y la ralladura fina del limón lavado, sin parte blanca, remover con las varillas y echar finalmente la harina con el bicarbonato y la canela.

Una vez todo incorporado, amasar a mano mejor sobre una superficie limpia enharinada, echando poco a poco algo más de harina si hiciera falta, hasta obtener una masa maleable, húmeda pero que no sea pegajosa. Tapar y dejar reposar 30 minutos.

Precalentar el horno a 180 ºC sin aire y estirar la masa dejando un grosor de 1 cm, aproximadamente. Recortar las galletas con un cortador redondo o tipo flor, no muy grande, y distribuir en unas bandejas de horno con papel sulfurizado, ligeramente separadas.

Pintar con huevo batido y hornear una bandeja cada vez hasta que estén bien doraditas, entre 20 y 25 minutos, pero vigilando que no se torren en exceso. Esperar un poco antes de trasladar a una rejilla y dejar enfriar por completo.



 

¡Que tengáis un fantástico final de año y mucho mejor 2025! Pasadlo bien y nada de sustos, que la Nochevieja puede ser muy traicionera. Y además parece que vendrá con frío.

14 diciembre, 2024

English gingerbread bundt cake o bizcochón de pan de jengibre inglés para sobrevivir al diciembre prenavideño

 

¡Mi querido otoño tiene los días contados! No me pilla exactamente de sorpresa porque ya me conozco bien el percal, noviembre vuela y diciembre más de lo mismo, y eso que son mis semanas de más estrés y trabajo en el curro. Pero se lleva mil veces mejor que en verano, por supuesto. Que no se te pegue el culo a la silla mientras se te derriten los sesos ayuda bastante.

Este año el no-puente de la Constitución/Inmaculada/Purísima ha sido un poco estafa en Madrid, solo con un viernes festivo, pero lo hemos agradecido un montón. Esa semana se hizo eterna, teniendo solo cuatro días, tanto para mí como para el elfo, que también ha acabado hasta las narices de trabajo. Él ya está de vacaciones, a mí me quedan un par de días y, con suerte, podré dedicarme el resto del mes a la NADA. Bueno, no exactamente, que quiero hacer muchas cosas en fiestas con la familia, pero ya me entendéis.

 

Lo que sí hice en cuanto arrancó diciembre fue sacar mi querido molde de bundt cake de Nordic Ware modelo pine forest, bosque de pinos, que ya es tradición usar cuando asoman las fiestas. El cuerpo me pedía un bizcocho o pastel o algo con muchas especias, miel o melaza, y aproveché para recuperar una receta que tenía fichada de Edd Kimber, alias The boy who bakes, que me cae genial y tiene recetas estupendas y muy tentadoras. Además es una receta de su abuela, y eso suma puntos.

Yo he adaptado la receta reduciendo la cantidad de azúcar y eliminando el stem ginger, que es una conserva de jengibre en sirope típica británica pero que aquí no encuentro, y no tenía tiempo de hacer casera. Además, al elfo no le hubiera hecho mucha gracia tantísimo jengibre, que le conozco. Tampoco tenía mermelada de naranja así que añadí vino dulce y algo de ralladura.


 

Se puede hacer perfectamente en un molde que no sea de Nordic Ware o estrictamente de bundt, pero es importante que sí tenga un agujero en medio y sea grande; un molde redondo o de plum cake dará resultados diferentes; probablemente ricos, pero con una miga de estructura distinta. El golden syrup se puede cambiar por miel de caña -melaza- o miel al gusto; no quedará igual de sabor, pero saldrá buenísimo también. Tengo otra receta de gingerbread bundt cake, versión estadounidense, que recuerdo más húmedo pero muy bueno también. Y como no hay dos sin tres, el bundt cake de cacao y lebkuchen es otro ganador.


Receta de gingerbreaad bundt cake
Inspiración: diciembre y esta receta de Edd Kimber
Ingredientes para un molde de bundt grande, de al menos 9 tazas

- 170 g de mantequilla sin sal
- 340 g de Golden syrup o miel de caña
- 50 g de azúcar
- 340 g de harina de trigo de todo uso
- 3 cucharaditas de jengibre molido
- 2 cucharaditas de de mezcla de especias para pan de especias
- 1 cucharadita de bicarbonato sódico
- 1 pizca de pimienta negra o cayena
- 1/2 cucharadita de sal
- 2 huevos L a temperatura ambiente
- 1 cucharada de vino dulce o zumo de naranja y/o ralladura
- 210 ml de leche o bebida vegetal, a temperatura ambiente
- mantequilla y harina para el molde
- azúcar glasé para decorar

Precalentar el horno a 180ºC con calor arriba y abajo, sin aire. Engrasar bien el molde de bundt con mantequilla, por todos los recovecos, y añadir harina tamizada. Poner bocabajo y dar golpecitos para sacudir el exceso de harina.

Derretir a fuego suave la mantequilla con el Golden syrup o melaza y el azúcar. Cuando esté todo bien homogéneo, añadir las especias y retirar del fuego -así son más aromáticas-. Añadir el vino o zumo, la leche y los huevos cando se haya enfriado un poco, mezclando con varillas. Tamizar la harina en un recipiente grande con el bicarbonato y la sal y añadir la mezcla de ingredientes húmedos.

Combinar todo mezclando suavemente hasta que no haya grumos secos, pero sin mezclar o batir en exceso para que la masa no salga muy apelmazada. Algún grumo puede quedar, pero no restos secos de harina. Verter en el molde, procurando que se llenen todos los recovecos, dar unos golpecitos para romper las posibles burbujas que salgan y hornear durante 45-50 minutos.

Esperar fuera del horno 10 minutos y desmoldar rezando a los dioses. Yo suelo separar la parte de la masa más visible con ayuda de una espátula o cuchillo redondo fino, pongo una rejilla y giro el molde con un movimiento rápido. Suele desmoldarse bien, pero si se rompe algo de masa que no haya drama, intenta colocar el trozo roto y se pegará un poco con el calor residual.

Decorar solo cuando esté totalmente frío, con azúcar glasé tamizado o un glaseado al gusto.


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