Por fin tengo un rato tranquilo para mi sola delante del ordenador, sin mil cosas pendientes revoloteando en mi cabeza. Bueno, en realidad siguen ahí, pero pueden esperar. Se me están juntando los trabajos para la evaluación final de la academia, proyectos personales, obligaciones varias, problemillas de salud, compromisos familiares, los quehaceres del día a día... sumándole los finales de temporada e inicios de nuevas de muchas de mis series favoritas (imposible resistirse). Así que en realidad paso más tiempo del que debería delante del ordenador, pero dejando un poquito de lado la blogosfera. Y encima no paran de organizarse retos, concursos y eventos culinarios, ¡y me apetece participar en todos!
Aunque todo esto no quiere decir que haya dejado de lado la cocina, ni mucho menos. Para la comida diaria estoy en fase rutinaria, pero como siempre digo, hornear es mi terapia para casi todo.
Ayer tuvimos un día algo raro, muy gris y muy lluvioso desde bien temprano, algo que ya empieza a extrañar en estas fechas. Bueno, yo aproveché para hornear galletas. Esta semana que llevo en Madrid tras el paréntesis de Murcia, he estado despertando a mi experimento de masa madre, y ahora tengo un pan en el horno (a ver qué sale...). Y antes de comer salieron unos muffins. Y mañana quiero hacer mermelada. Lo peor es que ya estoy pensando en qué hornear a continuación; me temo que esto empieza a ser algo adictivo.
El pastel que traigo hoy lo horneé en Murcia. Cada vez que hablo con mi madre, deja caer de uan forma u otra lo mucho que echan de menos mi actividad cocinera, repostera para ser más precisos. "Tu padre se me queja de que no tiene nada dulce", "Ay, cómo me apetecen ahora unos biscotti", "Qué desayunos más aburridos tenemos últimamente, quién pillara unos muffins", "Mañana vienen unas amigas a tomar café, qué pena no poder ofrecerles un bizcocho". Muy sutil. Que ella intente hornear algo está (por supuesto) fuera de discusión.
Así que preparé un pastel sencillo aprovechando los maravillosos fresones que nos alegran esta época, y poniendo en práctica la idea que vi en el blog de Heidi Swanson de dar un toque de sal gruesa por encima. El resultado es fantástico, los sabores del bizcocho y la fruta se intensifican gracias a la sal, que además aporta un contraste de textura interesante al ser de escamas o grano grueso.
Receta ligeramente modificada de 101 Cookbooks
- 320 gr de harina de trigo integral
- 2 cucharaditas de levadura química
- 1/2 cucharadita de bicarbonato
- 1/2 cucharadita de sal
- 100 gr de azúcar moreno
- 2 huevos L
- 125 gr de yogur natural, bajo en grasas y cremoso
- 125 ml de leche de soja
- 55 gr de mantequilla fundida, enfriada
- ralladura de un limón grande
- fresas o fresones, lavadas y cortadas en trozos no muy pequeños
- azúcar moreno extra
- sal gruesa o en escamas
Precalentar el horno a 200ºC y preparar un molde redondo bajo, de unos 25 cm de diámetro (más o menos grande, dependiendo si se quiere un pastel más grueso o más planito).
Mezclar la harina con la sal, la levadura y el bicarbonato en un recipiente grande. Mezclar la leche con el yogur, removiendo bien hasta que quede ligado. Batir en otro cuenco los huevos con el azúcar hasta que quede una mezcla homogénea, ligeramente esponjosa. Añadir la mezcla de yogur y leche y batir un poco; incorporar la ralladura de limón y la mantequilla, batiendo ligeramente.
Formar un hueco en la harina y verter la mezcla. Trabajar todo con movimientos suaves envolventes, lo justo hasta que quede una masa homogénea. Distribuir sobre el molde, igualando la superficie. Repartir las fresas por encima, la cantidad de fruta irá al gusto de cada uno, presionando ligeramente en la masa. Espolvorear por encima una o dos cucharadas de azúcar moreno, y un par de pizcas de sal gorda.
Hornear sobre rejilla a media altura durante unos 25-30 minutos. Dejar enfriar totalmente antes de servir.



