29 julio, 2018

Bizcocho de plátano y cerezas con cúrcuma - Susto gatuno



Menuda semanita para terminar el mes de julio. Bueno, que aún quedan un par de días, pero la recta final fue la semana pasada, con mil cosas por terminar, recados pendientes y... un gato que casi nos mata del susto. Para devolverme la estabilidad mental, y antes de la ola de calor que se nos viene encima, ayer encendí el horno para preparar este bizcocho de plátano y cerezas con cúrcuma, una delicia para desayunar sin prisas.

Os pongo en situación. Jueves por la noche. Estoy sola en casa con nuestro gato Lito serieando tranquilamente. Me llama mi suegra: "mañana te sacamos sangre". Es algo que ya tenía pendiente desde hace semanas y por fin se alinearon los astros para cuadrar agendas. Pero yo me llevo MAL con las agujas, así que para compensar el disgusto me tomo un helado antes de irme a la cama ("total, no voy a desayunar a mi hora de siempre así que así evito morirme de hambre al levantarme"). Lo que no esperaba es que un susto me despertara un par de horas después haciendo que se me revolviera el estómago, convirtiendo a ese helado en un arma de destrucción masiva en mis tripas.



De madrugada el elfo me despierta. Empezamos mal. Si alguien te despierta en plena noche es que hay malas noticias. Y yo tengo muy mal despertar cuando se me corta la fase REM a medias.
"Lito se ha caído por la ventana..."
"... pero está bien.".
Sentí que entre una frase y otra había un mundo. Entre el mal despertar, el recuerdo de que me iba a enfrentar a una aguja en pocas horas y el susto, me puse en lo peor y empecé a sentirme muy mal, peor aún cuando empezó a contarme detalles de de la odisea, que en mi estado zombie me llegaban a trompicones: toldo roto de la vecina, sangre, urgencias, más sangre... Se me puso un mal cuerpo terrible con mareo y náuseas incluidas, que ya no se fueron hasta que volví de los análisis y conseguí desayunar algo a media mañana.



En fin, que Lito la lió, y de qué manera. Tenemos una terracita-tendedero donde está la lavadora que da a las zonas comunes interiores de nuestra comunidad, con rejas que dejan un espacio vacío arriba. En cuanto creció un poco, a nuestro gato le dio por trepar así que lo tapamos con una malla de esas de jardinería. Pero el jueves se puso creativo y encontró un punto débil por el que consiguió abrir un hueco: su objetivo era una jardinera que teníamos colgando por fuera. Teníamos, porque ya no existe.

La vecina de abajo, una santa que ha aguantado nuestras obras infernales portándose siempre con la máxima educación, escuchó un estruendo y descubrió que su toldo tenía un agujero. Un agujero muy curioso, con forma de rectángulo perfecto, y es que la jardinera cayó atravesándolo en línea recta perfecta. Al bajar a ver qué había pasado se encontró con un gato magullado que entró corriendo al portal al verla. Como no consiguió localizarnos lo metió en su casa y llamó al elfo a su teléfono móvil.



Pues sí, yo estaba durmiendo como un tronco y ni me enteré del timbre de la puerta. Menos mal que el elfo estaba en camino y que la vecina (¿he dicho ya que es una santa?) se ofreció a llevarle a su veterinario de urgencias, porque Lito estaba echando mucha sangre por la nariz. Ya de vuelta y yo más despierta me enteré un poco mejor de la historia.

Las radiografías salieron bien, pero teníamos que estar atentos por si Lito sangraba demasiado en las horas siguientes. El pobre estaba súper asustado y se pasó la noche acurrucado en la cama estornudando de vez en cuando gotitas de sangre. No dormimos precisamente bien. Por suerte el elfo pudo quedarse a trabajar desde casa mientras yo iba a enfrentarme a mis agujas, y al final le llevó también a nuestro veterinario de cabecera. Confirmó que todo estaba bien, sin daños internos, sin nada roto; solo magulladuras leves, una herida en el labio y en la nariz. Y el susto, que aún le duraría varias horas.



Hoy Lito está mucho mejor, ya salta y corre un poco más y pide más comida. Mientras ayer se pegaba una buena siesta con el elfo en el sofá, yo aproveché para dar salida a tres hermosos plátanos que ya habían superado el estado razonable para comerlos al natural. Tenía fichada esta receta desde hace poco así que la tuneé a mi gusto un poco. El cambio principal es que he prescindido del sirope, pero para compensar la pérdida de humedad he añadido el mismo peso en yogur. Por si el elfo se quejaba de que quedaba poco dulce he añadido un poco de edulcorante líquido, pero yo podría haber pasado sin ello perfectamente. El plátano ya endulza un montón, en mi modesta opinión 😋.

Receta de bizcocho de plátano y cerezas con cúrcuma
Inspiración: receta adaptada de Maras Wunderland
Ingredientes para 1 bizcocho de unos 25 cm

- 330 g de plátano maduro (unos 3 plátanos grandes, tan maduros que no te los comerías)
- 2 huevos de gallinas felices
- 5 ml de esencia de vainilla o equivalente
- 60 g de aceite de girasol
- 50 g de bebida de soja o leche
- 50 g de yogur
- edulcorante líquido al gusto (opcional; se puede omitir o sustituir por miel/sirope de ágave en lugar del yogur)
- 5 ml de vinagre de manzana
- 1 cucharadita bien colmada de cúrcuma molida
- 100 g de harina de espelta
- 150 g de harina de trigo sarraceno integral
- 20 g de harina de avena integral
- 1/2 cucharadita de sal
- 1 buena pizca de nuez moscada recién rallada
- 1 cucharadita de canela molida
- 1 cucharadita de bicarbonato sódico
- 1 cucharadita de levadura química
- cerezas o picotas

Precalentar el horno a 180ºC y forrar un molde rectangular de unos 22-26 cm de largo. Ya sabéis, cuanto más largo sea, más bajito quedará, y al revés.

Pelar los plátanos con cuidado, porque si están muy maduros se quedarán pegados a a piel, y chafarlos en un recipiente grande con un tenedor. Si queda algún grumito no pasa nada, casi mejor, aporta más textura y sabor al bizcocho.

Agregar los huevos  batir un poco con unas varillas. Incorporar la vainilla, el aceite, la leche, el yogur, el edulcorante (en su caso), el vinagre y la cúrcuma. Batir con las varillas hasta que quede una masa homogénea.

Incorporar todos los ingredientes secos mezclando con suavidad usando una lengüeta o espátula, Debe quedar una masa sin grumos secos, pero es mejor no darle demasiados meneos ni muy fuertes. Llenar el molde, dejando la parte superior uniforme, y repartir por encima unas cerezas troceadas sin el hueso.

Hornear a media altura durante unos 40-50 minutos, hasta que al pinchar el centro con un palillo o brocheta salga prácticamente limpia, con algunas miguitas pegadas. Esperar un poco fuera del horno, desmoldar y dejar enfriar por completo sobre una rejilla.




Era duro ver a Lito tan acongojado, débil y asustadizo, con su naricilla manchada de sangre, respirando con dificultad... ains, el cariño que se coge a los animales y lo que te hacen sufrir. Lito por suerte está bien, pero mi gato de Murcia, el gato de mis padres, está el pobre muy malito. Justo mi padre me contaba el otro día que lo está pasando mal porque tiene un virus incurable que le llena la boca de heridas y no puede comer bien, ha perdido totalmente la voz y casi todo el oído, cojea y está debilucho. Me parte el alma al imaginarle así, sin poder disfrutar como antes de su querido campo. Solo espero poder despedirme de él cuando baje a Murcia en agosto, lo que tenemos claro que es que no queremos que pase sus últimos días sufriendo.

Pero cualquier susto o trastada que hagan se compensa sobradamente con el amor y los buenos momentos que te regalan. Aunque ya no sepamos lo que es vivir sin tener pelo de gato en absolutamente todas partes.

29 junio, 2018

Crêpes de avena y centeno con compota de fresas y chía - Ay, el verano...

No voy a decir que el tiempo pasa en un suspiro, porque todas estas semanas en las que he dejado mi pobre blog en barbecho han dado para mucho. Tampoco es que haya emprendido grandes proyectos y aventuras, pero tampoco tengo la sensación de que hayan volado. Vino mi madre en su visita de final de primavera habitual y luego disfrutamos de días de lluvia y fresco casi hasta rozar el verano, y yo quise disfrutarlos. Pero el estío llegó y ya entro en modo zombie; me cuesta horrores hacer cualquier cosa y me pongo de mal humor a la mínima. Por suerte preparar unos crêpes de avena y centeno como estos no requiere grandes esfuerzos, ni arriesgarse a morir de asfixia por encender el horno.


Me resulta extraño pensar que hace ya un año que estamos viviendo en nuestra casita, que en estas fechas vivía entre cajas haciéndome al nuevo barrio y recibiendo cada día a un obrero, carpintero, fontanero o electricista. Y con un gatito muy pillín que no paraba de hacer trastadas mientras crecía a la velocidad del rayo. Las trastadas las sigue haciendo, pero ahora es un tigre enorme y tampoco lleva muy bien el calor, así que se pasa el día tirado buscando los rincones más frescos de la casa.



Estos crêpes llevan ya su tiempo esperando a ver la luz y hoy no tenía ningunas, ningunas ganas de ponerme a escribir un rato más después de una sesión intensa de trabajos domésticos. Pero me daba pena tener mi querido blog como mi última prioridad en la vida, cuando hace años tenía que contenerme por publicar a diario. Al menos no quiero dejar pasar un mes entero sin publicar, y esta receta va para cumplir con el mes de junio. Que, a pesar de todo, no está siendo el infierno caluroso de los últimos veranos.


Porque recordemos que hace dos o tres años tuvimos la primera ola de calor bien pronto, pero olaza de esas de 40 grados a diario y sin bajar de 27 de madrugada. Lo peor fue que se encadenaba una con otra, y encima el elfo y yo tuvimos dos bodas que fueron, digamos, ardientes. Y el año pasado precisamente llegó el calorazo muy pronto, justo en plena mudanza. Porque empaquetar tu vida, transportar muebles y montar tu nuevo hogar no era ya un trabajo lo suficientemente agotador.


Definitivamente, todavía no ha pasado el tiempo suficiente de la mudanza como para recordarla con cierto cariño y nostalgia. Solo cruzo los dedos para no tener que repetir en muuuucho tiempo, y si llega el día ya procuraré que caiga en la fresca primavera o el suave otoño.

Ya he comentado alguna vez que me gustan muchísimo los crêpes y que no sé por qué no hago más a menudo. Tengo mi versión de la receta más clásica con chocolate y plátano, la ligera variante "a la suiza", aprendida de mi padre, y también hice hace un tiempo una opción rústica con centeno para rellenar setas. Esta vez improvisé un poco sobre la marcha una tarde que no había pan para cenar -¡drama!-. El elfo se los tomó con relleno salado pero yo me di el capricho de hacer una compota rápida de fresas maduras con chía, que estaba deliciosa con yogur griego natural.



Crêpes de avena y centeno con compota de fresas y chía
Inspiración: la falta de pan y las ganas de liarme a cocinar
Ingredientes para 2 personas

- 2 huevos L de gallinas felices (tamaño aproximado)
- 250 ml de bebida vegetal o leche sin lactosa (o la leche que tengáis)
- 50 g de harina de avena (copos triturados en casa)
- 10 g de harina de centeno integral (o espelta)
- 1 chorrico de agua (aproximadamente 20 g)
- 1 pizca de sal
- ralladura de limón
- gotas de esencia de vainilla
- mantequilla para engrasar

- fresas maduras u otra fruta aromática
- zumo de limón o naranja
- vainilla o canela (opcional)
- semillas de chía

Tan sencillo como batir los huevos un poco antes de añadir todos los demás ingredientes, dejando una textura semilíquida sin grumos secos. Se puede hacer a mano con varillas, con batidora de varillas, con robot de cocina, con batidora de vaso o con batidora de brazo de inmersión (minipimer).

Tapar y dejar reposar mínimo 20 minutos. Si hace calorazo, casi mejor que en la nevera, sobre todo si va a pasar más de media hora.

Calentar una buena plancha o sartén antiadherente, engrasar con una nuez de mantequilla (o aceite de girasol) y cocinar los crêpes procurando que no salgan muy gruesos. Yo hago la masa en una jarra, así es más fácil de verter directamente. Ya tanteo a ojo la cantidad necesaria, al principio usaba un medidor para no pasarme.

Ya sabéis, hay que girar la sartén para que se extienda toda la masa bien y dejar cocinar un par de minutos hasta que se puedan levantar los bordes y el centro esté cuajado. Yo despego un poco con una espátula y les doy la vuelta con las manos.

Mantener en caliente apilándolos mientras terminamos con toda la masa. Se pueden calentar un poco en el microondas si hiciera falta, pero hay que guardarlos bien tapados para que no se resequen.

Para la compota de fresas solo hay que trocear setas maduras bien lavadas, cocerlas con un poco de limón o naranja y una vaina de vainilla, y chafarlas a lo bruto con un tenedor. Añadir una cucharada bien colmada de semillas de chía y dejar que espese en frío.




¿Cómo os gustan a vosotros los crêpes? ¿Sois más de salado o de dulce? ¿Enrollados o en triángulos? ¿Filloas, frixuelos, galettes...? ¡Hay tanta variedad y tantos rellenos posibles! En serio, ¿por qué no hago más a menudo?

¡Buen fin de semana!
11 mayo, 2018

Madeleines de lavanda y naranja para celebrar la primavera

Estoy alucinando con la explosión de primavera que hay en la zona por donde salgo a correr. Hay un caminito que cojo para dar la vuelta en mi circuito que está casi impracticable de las plantas llenas de flores que han surgido estos días; no me quejo, ¡faltaría más! Tanta lluvia ha dado sus frutos y tenemos que aprovechar que todavía la naturaleza nos regala cosas así. Por eso hoy vuelvo con dulce, unas madeleines de de lavanda y naranja inspiradas por esta época.


Mis primeras madeleines de verdad las probé en Francia, y cuando encontré en París un molde precioso de metal de calidad no pude evitar hacerle hueco en la maleta. Lo guardo como oro en paño y sigue perfecto, aunque tengo que admitir que de tan bien guardado que está se me olvida usarlo. Muy mal por mi parte, con lo fácil que es preparar la masa y lo riquísimas que salen.

También es cierto que aún sigo con cierto caos organizativo en casa. Va a hacer pronto un año que nos mudamos, y sigo sin tener del claro cómo organizar y guardar todas las cosas de cocina, entre ingredientes, utensilios, vajilla, accesorios y mil chorradas más. La semana pasada montamos un mueble nuevo (¡vitrina cerrada a prueba de gatos trepadores!) y tengo que volver a replantear cómo clasificar todo. En esas estoy... y de pronto encuentro cosas que había olvidado que tenía.


La mudanza me puso los pies en la tierra y ya no compro casi nada nuevo de cocina, ni se me van las manos como una loca cuando encuentro ingredientes raros. Bueno, ejem, esto último quizá no es cierto del todo, pero si me controlo un poco más. Y desde luego que me he propuesto usar más todo lo que tengo, productos incluidos; no quiero que me vuelvan a caducar especias por miedo a que se me gasten. Es absurdo.

Estas madeleines son muy sencillitas, esponjosas y muy aromáticas, sin empalagar, perfectas para sacar con el café. El toque floral de lavanda es de mis favoritos -casi el único que tolero, junto con el azahar- en repostería, y combina muy bien con la naranja. Son aromas que me inspiran días primaverales como estos, de tardes largas y soleadas pero con alguna que otra tormenta traicionera, que sigue alimentando los verdes campos. Ya llegará el verano, ya...


Si no tenemos bandeja de madeleines se pueden hacer perfectamente en otro tipo de moldes, mejor de tamaño pequeño. Yo aproveché que me sobró un poquito de masa para hornear mini muffins; ¡no iba a malgastarla! Supongo que todo de golpe en molde de bizcocho también saldría rico.

Receta de madeleines de lavanda y naranja
Inspiración: la primavera y recuerdos de París
Ingredientes para unas 10 unidades

- 85 g de mantequilla sin sal
- 2 huevos de gallinas felices
- 50 g de azúcar
- ralladura de naranja
- 1/2 cucharadita de flores de lavanda comestibles
- 1 cucharada de panela o azúcar moreno
- 1 cucharada de miel local floral
- 95 g de harina de repostería
- 1 cucharadita de bicarbonato sódico
- 1/2 cucharadita de sal

Derretir la mantequilla y dejar enfriar un poco. Estrujar el azúcar con la ralladura de naranja y la lavanda en un recipiente mediano para liberar los aromas. Añadir el azúcar moreno y la miel, los huevos y la mantequilla, y batir todo muy bien hasta que crezca el volumen.

Agregar la harina con el bicarbonato y la sal, mejor si lo tamizamos, y combinar con suavidad hasta tener una masa homogénea sin grumos. Tapar y dejar en la nevera 30 minutos.

Precalentar el horno a 200ºC. Engrasar un molde de madeleines -personalmente no me gustan mucho los de silicona- con mantequilla. Llenar una manga pastelera con la masa y rellenar las cavidades sin llegar a cubrirlas del todo. O echar directamente con una cucharilla.

Hornear durante unos 8-10 minutos, hasta que se hayan dorado. Esperar a que se enfríen sobre una rejilla antes de servir.



Lo dicho, muy sencillas pero exquisitas, y quedan estupendamente en una bandeja si tenemos visita e invitamos a tomar café o té. Aguantan bien un par de días en un recipiente hermético.

¡Buen fin de semana!
30 abril, 2018

Tarta de limón y queso para endulzar un cumpleaños algo desmotivado

¡Llego a publicar mi tarta de cumpleaños aún en abril! Si me hubiera colado ya en mayo habría sido extraño. Abril en mi cabeza es sinónimo de mi cumple, y con mayo visualizo a mi hermano. Por suerte hoy es medio puente/acueducto y tengo un ratico libre esta mañana de lunes extraño, ahora que mi gato Lito está relajado y el elfo aún sigue durmiendo. Porque esta tarta de limón y queso me endulzó un cumpleaños que esta vez llegó totalmente desganado; a partir de su cata la cosa mejoró bastante.



No es que estuviera especialmente triste o nostálgica, como siempre me ha pasado en mis cumpleaños. Un poco de morriña sí tuve, claro; es normal acordarse de los cumples pasados y cuesta tener a toda la familia lejos. Pero me pilló en medio de mucho lío y más que triste estaba agotada. Y me di cuenta de que si planear tu cumpleaños te da pereza o desdén, quizá es señal de que no deberías complicarte con nada solo por obligación.


Los días previos intenté pensar en planes para "celebrarlo", aprovechando que además caía en viernes... ¡pero nada me hacía ilusión! ¿Y eso era una tragedia? Pues al final me levanté el mismo día sin ningún compromiso, me sinceré conmigo misma y me di cuenta de que solo me apetecía darme un capricho dulce de los que más me gustan últimamente. Una tarta de base crujiente rústica con un relleno fresco, cremoso y algo ácido. Dicho y hecho, tarta de limón y queso sin lactosa sin más florituras. Nada de tartas complicadas o elaboraciones complejas.


Hacía tan buen día que solo me apetecía pasar media tarde viendo series con el elfo mientras merendábamos la tarta, y luego pasear por El Retiro sin rumbo y sin prisas. El parque estaba espectacular, verde y florido, con un cielo azul precioso y una ligera brisa de primavera. Después fuimos a cenar -¡sin reserva! ¡A lo loco!- a un restaurante que me gusta mucho y listo. Un cumpleaños tranquilo.


Tengo que confesar que estuve  punto de publicar esta receta el jueves pasado, pero ya sabemos lo que ocurrió. No quería traer la rabia, la impotencia y la tristeza que me invadió hasta aquí, pero tampoco puedo ignorarlo. Quiero acordarme de todo cuando relea esto dentro de unos años, no lo podemos olvidar.



Me niego, eso sí, a que me estropeen el dulce recuerdo de esta tarta. La hice a mi gusto improvisando un poco y me encantó; quizá no fue un cumpleaños especial pero lo pasé como a mí me apetecía y con quien más quería en ese momento. Y por eso quizá sí guarde un recuerdo especial en mi memoria cuando vuelva la vista atrás en el futuro. ¡Son ya muchos pasteles y tartas de cumple compartidos con vosotros!


Receta de tarta de limón y queso
Inspiración: mi cumpleaños
Ingredientes para un molde de unos 22 cm

- 100 g de harina de avena
- 100 g de harina de espelta
- 1 pizca de sal
- 1/4 cucharadita de cardamomo molido
- 1 cucharada de azúcar fino (tipo caster, no glasé)
- ralladura de limón
- 100 g de mantequilla sin sal muy fría
- 1 huevo

- 3 huevos camperos grandes
- 200 g de nata para montar sin lactosa
- 200 g de queso crema sin lactosa
- 75 g de azúcar (o equivalente en edulcorante al gusto, algo más si te gusta más dulce)
- 1 pizca de cúrcuma (opcional)
- 1 buena pizca de sal
- 125 ml de zumo de limón recién exprimido y colado
- ralladura de limón al gusto

Combinar en un procesador de alimentos o batidora de vaso las harinas con la sal, el cardamomo, el azúcar y la ralladura de limón. Añadir la mantequilla fría cortada en cubos y triturar hasta que quede una textura de migas. Incorporar el huevo y trabajar hasta tener una masa homogénea y lisa.

Aplanar con las manos para formar un disco y envolver en plástico film. Dejar reposar en la nevera como mínimo 30 minutos. Precalentar mientras tanto el horno a 180ºC y engrasar un molde de tarta rizado.

Estirar la masa con un rodillo y cubrir el molde. Pinchar la base ligeramente con un tenedor, poner una hoja de papel de hornear y algunos pesos -o arroz, o legumbres secas-. Hornear durante unos 15 minutos y dejar enfriar ligeramente. Separar 50 g del queso crema y cubrir con el resto el fondo de la tarta, aún tibia.

Batir con batidora de varillas a velocidad baja los huevos con la nata, los 50 g de queso crema, el azúcar o edulcorante, la cúrcuma (da color), la sal y el zumo de limón. Añadir si se desea algo de ralladura, aunque yo eché casi toda al final antes de servir.

Verter en el molde y hornear durante unos 25-30 minutos, hasta que haya cuajado. Cubrir con papel de aluminio si se empezase a quemar demasiado por arriba. Esperar a que enfríe por completo antes de servir.



Yo habría añadido una capa de salsa de fresas, pero como al elfo no le gusta mucho me conformé con acompañar mi ración con la fruta fresca. Está más rica una vez reposada en frío, aunque nosotros no esperamos mucho para hacer la primera cata.

¡Adiós abril! Nos dejas un mayo florido y hermoso; los refranes casi siempre aciertan.

19 abril, 2018

Naturaleza y pan con masa madre para devolverme la cordura

Me estoy casi obligando a mí misma escribir estas líneas, porque llevo posponiendo actualizar mi querido blog demasiado tiempo ya. Pero como me daba cosica ver todavía la tarta de Pascua en portada finalmente vengo con algo que realmente no es una receta; al menos no al uso. Están siendo unas semanas raras por diversos motivos y hay dos cosas que evitan que me suba por las paredes: un poco de contacto con la naturaleza y hacer pan. Y comérmelo, claro.



Vivimos en la zona norte de Madrid, en un barrio muy abierto con mucho verde, algo que agradezco muchísimo. Y lo mejor es que caminando un poco se llega al exterior de la ciudad propiamente dicha, se ven campos, espacios todavía sin tocar demasiado, con las montañas imponentes de la sierra al fondo. Me devuelve a la vida salir a correr por ahí, y más ahora que está todo inundado de una explosión de verde y colorines de flores. ¡Ojalá dure! Esta mañana incluso se me han cruzado dos conejos; no puedo evitar acordarme de mi Murcia y mi campo cuando veo a estos animalitos.



Salir a correr me ayuda a olvidarme un rato de las cosas del día a día, me despeja y me relaja. Además ya no tengo tantas migrañas desde que corro habitualmente. No lo hago por "compensar" los bizcochos y galletas, como alguna gente me dice, ni me pongo marcas ni entreno para carreras. Es, simplemente, el camino, mis zapatillas, mi música/podcasts y yo -y mi sujetador deportivo, alabado sea-. No soy runner de postureo, me temo. Ni ganas.


Otra cosa que me relaja mucho y me devuelve los pies a la tierra es hornear pan. No digo nada nuevo, me harto de divulgar las bondades del buen pan casero, con o sin masa madre. Es terapéutico en muchos sentidos, a pesar de que a veces pueda parecer frustrante. Pero en el fondo, ningún pan me ha dado disgustos, de todo se aprende y me resulta siempre un proceso fascinante.



El caso es que tengo a mi masa madre, ya casi con siete años -¿o ya los ha cumplido?- como recurso antiestrés. Es una maravilla, la dejo en la nevera durante semanas y siempre responde con alegría cuando vuelvo a despertarla. Últimamente no tengo tiempo de probar recetas nuevas o más complejas; simplemente la alimento e improviso un pan estándar con las harinas que tengo en la despensa. ¿Que no puedo organizar los tiempos? Pues a la nevera a levar con calma hasta el día siguiente.


Este pan es el último que salió de mi horno; lo preparé el domingo y ha durado hasta hoy. No es perfecto ni falta que le hace, pero a mí me vuelve loca. Con su corteza crujiente, su miga tierna con ese toque rústico, nada ácido, muy digestivo... Si no me controlo lo devoro tal cual, como si las rebanadas fueran galletas. Me chifla mojarlo en el café.

Las imágenes que lo acompañan son de una excursión que hice con mis padres el pasado día del Bando de la Huerta, festivo en Murcia. Nos escapamos a respirar aire puro y aprender un poco más de otros rincones que conocemos menos, como es la zona de Moratalla. Hicimos la ruta de la Senda de Bolvonegro, muy recomendable. Hizo un día precioso y me acordé de lo mucho que me gusta pasear por parajes naturales, sin más sonido que el de los pájaros, el viento o el agua que corre. Tengo que repetirlo más a menudo.




Mi no-receta de pan de masa madre
Inspiración: improvisación a partir de mi pan favorito de Dan Lepard
Ingredientes para 1 pan grande

- 250 g de masa madre a tope de marcha
- unos 300 ml de agua (más o menos, empecé con 280 y eché más a ojímetro total)
- 300 g de harina panadera
- 100 g de harina de centeno integral
- 100 g de harina de espelta integral
- 10 ml de miel de caña
- 2 cucharadas de mezcla de semillas y pipas de girasol
- 6 g de sal

Una vez la masa madre estaba bien activa, separé 250 g y guardé el resto en la nevera. Entonces procedí a preparar la masa un poco a lo rápido, pues tenía lío en casa.

Mezclé la masa madre con el agua y la melaza en un recipiente grande. Añadí todos los demás ingredientes a cholón y mezclé hasta tener una masa homogénea. Tapar y dejar reposar 30 minutos de autólisis.

Empecé a doblar la masa sobre sí misma haciendo pliegues hacia el centro, dentro del mismo recipiente, con la espátula de panadería. Dejé reposar entre tandas, tapado. Hice esto a lo largo de las 2-3 horas siguientes. Sin controlar nada más.

La masa ya tenía mejor consistencia y la guardé en la nevera por la noche. Por la mañana bien temprano la dejé atemperar; había crecido un montón. Pasadas 2 horas reamasé un poco y volví a dejarla en el cuenco, tapada.

Cuando ví que había crecido lo suficiente le dí forma redonda y la puse en el banetón. No tardó mucho en doblar su tamaño así que precalenté el horno a 250ºC, con una bandeja vieja en el fondo.

Volqué el pan con cuidado en una bandeja, practiqué un par de cortes profundos y horneé a tope durante 20 minutos, echando agua fría en la bandeja de abajo. Cuando ya estaba bien oscurito lo tapé con papel de aluminio, bajé la temperatura a 200ºC y continué horneando hasta casi 60 minutos.

Quedaba lo peor, esperar a que enfriara. Ya era por la tarde, así que tuve la paciencia de dejar la cata para el día siguiente. Estos panes mejoran con el paso de las horas tras el horneado, es preferible no ser muy impacientes.



Y os deseo una vida llena de buen pan, bueno de verdad, casero o comprado. Porque para mí es inconcebible sobrevivir sin ello.
31 marzo, 2018

Osterfladen - Tarta suiza para el Domingo de Pascua

Cuando vuelvo a Murcia por Navidad lo primero que me gusta hacer es salir a tomar un café con mi padre. En Semana Santa casi siempre llego con buen tiempo, así que lo que me pide el cuerpo es un helado de Chambi. El mismo miércoles sorteamos las procesiones para llegar a mi querida heladería y los dos disfrutamos de un cremoso sorbete de arándanos, como siempre, delicioso. Y charlando de todo un poco, mi padre me dijo que no recordaba ningún postre especial de su infancia en Suiza por Pascua, solo toneladas de huevos y conejitos de chocolate. "¿No conoces el Osterfladen?", pregunté, anonadada; "No me suena". Obviamente, tenía que ponerle remedio.



Y es que a veces se nos olvida que no todo el mundo de un país o región tiene por qué conocer toda la gastronomía y las recetas típicas de allí. Sin entrar en definir qué es exactamente lo "típico" y "tradicional", haber nacido y crecido en un sitio no te convierte en autoridad suprema de todo el conocimiento de ese lugar. Yo, sin ir más lejos, crecí sin saber que las monas eran típicas de Pascua -las asociaba más bien al desayuno del cole en la fiesta de Navidad, con chocolate -, y no supe que las torrijas eran tradicionales de Semana Santa hasta que dejé el instituto. ¿Por qué iba mi padre a conocer todas las recetas típicas de Suiza?



Por eso me hacen gracia los típicos comentarios de "Pues estuve en Italia y la pizza no era tan buena" o "Tengo un compañero italiano que hace la carbonara con nata". ¿Es que en tooooda Italia hacen por norma una pizza exquisita? ¿Saben toooodos los italianos cocinar como los ángeles? Lo dudo mucho, igual que en España te pueden servir una paella o un gazpacho horrible en muchos sitios. ¿Todos los españoles cocinan bien el arroz, o las croquetas, o la tortilla de patatas? Ojalá.



Claro que es más probable que los habitantes de un lugar conozcan mejor los platos y recetas típicas de allí, pero no siempre se cumple. Mi padre es el vivo ejemplo de ello; en Suiza es tradicional preparar una tarta o pastel para celebrar la Pascua, pero en sus recuerdos de infancia solo hay sitio para los huevos y el chocolate. Mi abuela preparaba algún plato fuerte familiar y dejaba el apartado dulce a todos los chocolates y golosinas varias que dejaba el Conejo de Pascua para los niños. Y por eso mi padre me miró raro cuando le pregunté por el Osterfladen.



Hay varias versiones de esta tarta, cuyos orígenes parecen remontarse al siglo XVI o XVII. También aparecen variantes con los nombres de Osterkuchen (como la que os enseñé el otro día) u Osterchüechli (normalmente en formato pequeño individual), aunque el Fladen se suele emplear más para la receta más tradicional. Todas son tartas redondas y no muy altas, con una base de masa quebrada más o menos dulce. El relleno del Osterfladen es cremoso pero hay dos grandes variantes: con arroz o con sémola (Griess). Además hay versiones que combinan ambos ingredientes, y otras que no tienen ninguno de los dos.



Esa ha sido mi apuesta final. El relleno de arroz no me convence porque es más difícil pillarle el punto al grano y sabía que a mi madre le iba a parecer raro; sémola no tenía ganas de comprar para dejar luego casi el paquete entero condenado al olvido en esta casa. Así que mi Osterfladen está relleno solo con las tradicionales pasas, almendras y esa crema tan rica que yo preparo sin lactosa. Es una tarta muy fácil que os animo a probar en cualquier momento del año.


Receta de Osterfladen o tarta suiza de Pascua
Inspiración: ligeramente modificada de Betty-Bossi
Ingredientes para un molde de unos 20 cm

- 100 g de copos de avena (o harina de avena)
- 100 g de harina de trigo
- 1 pizca de sal
- 2 cucharadas de azúcar
- 1/4 cucharadita de esencia de vainilla
- 100 g de mantequilla sin sal, muy fría y cortada en cubitos (y un poco más para el molde)
- 1 huevo L

- 40 g de uvas pasas sultanas (remojadas en ron, opcional)
- 2 cucharadas de almendra molida
- 3 huevos L
- 70 g de azúcar
- 1/2 cucharadita de esencia de vainilla
- ralladura de 1 limón
- 1 buena pizca de sal
- 400 g de nata para montar (sin lactosa)
- 15 g de maizena tamizada
- azúcar glasé para decorar

Yo he usado la picadora de la batidora de mi madre. Triturar primero los copos de avena hasta dejar una textura fina; añadir la harina de trigo, la sal, el azúcar y la vainilla, y triturar un poco. Agregar la mantequilla y volver a triturar hasta que quede una textura de migas. Incorporar el huevo y volver a triturar hasta que se amalgame todo.

Terminar de trabajar la masa a mano para compactarla, pero sin manosearla mucho. Formar un disco plano y envolver en plástico film. Llevara la nevera como mínimo 30 minutos, mejor una hora completa si ya hace calorcito. Engrasar mientras tanto el molde con mantequilla y una pizca de harina tamizada.

Precalentar el horno a 200ºC. Picar las pasas y mezclar con la almendra molida. Es importante que las pasas sean jugosas y tiernas, si estuvieran muy secas aconsejo dejarlas a remojo en ron o zumo de naranja. Estirar la masa dándole forma redondeada y cubrir el molde. Pinchar ligeramente la base con un tenedor y repartir la mezcla de pasas y almendra.

Disponer los huevos en un recipiente y batir ligeramente con el azúcar, la vainilla, el limón y la sal. Añadir la nata y batir un poco más. Incorporar la maizena y volver a batir a velocidad baja hasta lograr una crema homogénea, sin grumos. Verter con suavidad en el molde y llevar al horno.

Hornear durante unos 10 minutos, bajar la temperatura a 180ºC y continuar la cocción hasta que al pinchar con un palillo salga limpio. Si se dorase mucho, cubrir con papel de aluminio. Dejar enfriar completamente antes de desmoldar o decorar con azúcar glasé.



Lo típico es decorar el Osterfladen con algún motivo de Pascua, algo muy sencillo sacando una plantilla de las redes. Las siluetas de conejos son lo más tradicional y quedan muy bien; yo copié el mío de alguna web directamente poniendo un folio encima de la pantalla.

Está más rica si se deja reposar unas horas, incluso es buena idea hornearla por la noche para servirla al día siguiente. Mejor guardarla en la nevera, que ya han subido las temperaturas de verdad, y fresquita también sienta de maravilla.

¡Feliz Pascua!
28 marzo, 2018

Osterkuchen: Tarta de Pascua de zanahoria, otra receta suiza

¿Estáis todos de vacaciones? La Semana Santa la pasa cada uno un poco a su manera, pero espero que sea como sea podáis disfrutar de estos días. Yo ya estoy en Murcia -prefiero no hablar del viaje en tren- y con ganas de exprimir al máximo estos pocos días de mi tierra y mi familia. ¡Y de hornear! Aquí esperan que empiece a preparar dulces y no puedo negarme, claro... Mientras decido si me tira más el lado materno o paterno, os dejo con esta receta de Osterkuchen o Tarta de Pascua de zanahoria, un básico de la repostería suiza que tenía ganas de probar.



Yo probé la repostería con zanahoria mucho antes de que se pusiera de moda el carrot cake por aquí. ¿Recordáis cuando sonaba raro pensar en un pastel o galletas con zanahorias? Y hoy es un postre ya imprescindible en cualquier restaurante o pastelería, aunque con demasiados engendros industriales que solo saben a azúcar y mala mantequilla.



Mi tarta de zanahoria favorita es suiza, no lleva relleno ni crema de queso, y tampoco contiene mantequilla o aceite. Es la Aargauer Rüeblitorte y no puedo dejar de recomendarla a todo el mundo. Quizá caiga una variante aprovechando la Pascua estos días... ¡Es tan rica! Y yo tengo muy asociadas las zanahorias con la Semana Santa, precisamente por la influencia suiza. Ahora ya tenemos la parafernalia pascual europea bien integrada con nuestras procesiones, torrijas y pestiños, pero en mi infancia todavía era algo raro por aquí.





Cada vez valoro más nuestra cultura y patrimonio asociado a la Semana Santa -cómo no hacerlo, con la importancia que tiene en Murcia y con esos magníficos pasos de Salzillo-, pero cuando era niña vivía ajena a todo eso. Eran días de vacaciones en el campo y algún pequeño viaje, de pintar huevos de Pascua y salir a buscarlos por el jardín, de comer huevos de chocolate y de jugar con muñecos de pollitos, conejos y zanahorias. Hoy me gusta disfrutar de todo 😏.



Esta tarta es muy sencilla y se puede adaptar a diferentes moldes. Si usáis uno más pequeño, quedará más gordito el relleno, y también se puede preparar en moldes individuales. La masa de base se trabaja muy bien con un procesador de alimentos o trituradora; en cualquier caso recomiendo usar la mantequilla muy, muy fría. Yo apenas le añado azúcar y el relleno también lo he rebajado de dulzor, prefiero potenciar las especias. En cualquier caso, os indico las cantidades originales por si sois demasiado golosos.


Osterkuchen o pastel de Pascua de zanahoria suizo
Receta adaptada de swiss milk
Ingredientes para un molde de unos 20 cm de diámetro

- 100 g de harina de repostería
- 100 g de harina de avena
- 1 sobre de 8 g de azúcar vainillado (75 g de azúcar blanco en el original)
- 1/2 cucharadita de sal
- 100 g de mantequilla sin sal muy fría y cortada en cubos pequeños
- 1 huevo L

- 200 g de zanahoria (pesada ya pelada)
- 100 g de nata para montar
- 2 huevos L
- 3 cucharadas de azúcar moreno o panela (5 en el original; también he probado a hacerla con edulcorante líquido y queda bien)
- 2 cucharadas de maizena
- ralladura de limón
- 1/2 cucharadita de esencia de vainilla
- una pizca de canela
- azúcar glasé, zanahorias de mazapán, huevos de chocolate... para decorar

Mezclar a mano o con un robot de cocina las harinas con el azúcar y la sal. Agregar la mantequilla y triturar hasta que quede una textura de migas. Añadir el huevo ligeramente batido y continuar mezclando lo justo hasta tener una masa que se pueda cohesionar. Formar un bloque plano, envolver en plástico film y dejar en la nevera como mínimo una hora.

Precalentar el horno a 200ºC y engrasar un molde de tarta de borde rizado, de unos 20 cm de diámetro. Trocear las zanahorias ya lavadas, peladas y pesadas, y cocer al vapor o en el microondas, hasta que estén tiernas. Dejar enfriar un poco.

Batir en un recipiente la nata con los huevos, el azúcar, la vainilla, ralladura de limón y canela. Añadir la maizena tamizada y batir un poco más. Incorporar las zanahorias y triturar el conjunto con una batidora de brazo o con un robot, hasta obtener una mezcla homogénea.

Estirar la masa de la nevera y forrar el molde, procurando que quede uniforme, y con un grosor no superior a 4-5 mm. Si sobra masa, recomiendo guardarla y hornearla en forma de mini galletas (no hay que tirar nada). Echar el relleno y hornear durante 10 minutos. Bajar la temperatura a 180ºC y seguir horneando unos 20-30 minutos más.

Si se dorase demasiado por encima antes de terminar de cuajar, cubrir con papel de aluminio. Esperar a que se enfríe completamente antes de desmoldar y decorar. Conservar en la nevera.



Bueno, hace un día espectacular y el cuerpo me pide salir a recibir los rayos de sol, ahora que todavía se agradecen. A ver si puedo inaugurar la temporada de helados mientras veo pasar a los Coloraos, una de las procesiones más queridas de la ciudad :). ¡Disfrutad de estos días lo que podáis!
17 marzo, 2018

Pan de molde de espelta para días ajetreados: visita rápida a Taberna Puertalsol y Platea

Y vuelve a llover, y yo soy feliz. Son muchos, muchos días ya de lluvia, pero sigo sin protestar. Sí, a veces me chafa un poco los planes y cuando diluvia demasiado es imposible salir a correr -por peligrosidad del suelo, más que nada-, pero no puedo evitar sentir una sensación reconfortante cuando veo y escucho caer la lluvia. Los genes murcianos siguen ahí, y la lluvia la siento como un regalo de la naturaleza.


Ensalada estupendísima con un tomate muy sabroso, cebolleta crujiente muy suave y buen bonito

Alcachofas a la brasa con ajoblanco
Gambas al ajillo

Afortunadamente cuando mi madre estuvo de visita, a finales de febrero, aún no había arrancado este monzón. Tuvimos muchísimas suerte y solo nos enfrentamos al típico viento frío madrileño, soportable cuando pateas la ciudad recorriendo mil callejuelas. Cuando mi madre viene a visitarme ya no nos complicamos mucho y nos dejamos llevar un poco por la improvisación; yo madrugo más de la cuenta para trabajar un poco y, cuando puedo, nos vamos al centro sin planes fijos. Esta vez se nos ocurrió hacer la visita de La Real Cocina de Palacio -muy recomendable-, también vimos la exposición de Manolo Blahnik en el Museo de Artes Decorativas -fascinante sin esperármelo-, fuimos al cine y, cómo no, paseamos mucho.

Tiradito en Platea
La carne que pidió mi madre que no recuerdo que era, con verduras y boniato muy rico
Como la tarta Selva Negra pero en versión mini - ¡aunque no era TAN mini!
Tampoco me compliqué la vida buscando dónde comer, y la verdad es que tuvimos suerte. De casualidad se me ocurrió probar con la Taberna Puertalsol que Chicote abrió en plena Puerta del Sol, un lugar que tenía ganas de catar. Me daba algo de reparo porque está en un sitio muy turístico y temía aglomeraciones y precios, pero al final comimos bien. Barato no es, pero creo que está en la línea de este tipo de sitios; de Madrid, más teniendo en cuenta que tiene terraza justo en la Puerta del Sol. La carta no es muy extensa y ofrece platos inspirados en la cocina castiza con cierto toque Chicote. Entre semana y al mediodía hay poquita gente, más si vas temprano; mi madre y yo no somos comilonas así que compartimos tres platos -más la tapa de las bebidas- y pan. Nos encantó todo sobre todo por la calidad de las materias primas y la buena ejecución de las recetas, muy sabrosas.

Al día siguiente nuestros pasos nos acercaron a la zona de Serrano, siempre entretenida para recorrer curioseando escaparates -y viandantes-. Cuando se acercó la hora de comer entramos a Platea, un sitio que al menos hay que ver en vivo y directo porque el espacio sorprende y merece la pena. Estuve hace un par de años con la familia del del elfo pero no nos gustó demasiado; el sitio es una chulada pero pecaba de cierto postureo pasándose en los precios... Afortunadamente, ahora la parte de abajo funciona mejor y no es el sindiós caótico que era antes para poder comer. Sigue sin ser barato pero, de nuevo, compartiendo tres platos es más que asumible. El postre lo tomamos en el local que Mamá Framboise tiene en el mismo edificio. Las tartaletas estilo francés me pierden.



Y bueno, la receta que traigo hoy es el pan que preparé para los desayunos de esos días. En realidad ya lo he horneado dos veces, y los resultados sin ligeramente distintos porque usé harinas diferentes y los tiempos de levado fueron un poco... dispersos. Es una ligera modificación de la fantástica receta de Ainara, la cual tiene muchísimas delicias en su más que recomendable blog. Mis resultados son un ejemplo de cómo se puede conseguir un pan más que decente cuando no tienes tiempo de dedicarle la atención que necesita.



El pan más blanquito contiene una parte harina de espelta integral con menos salvado que la segunda versión, y además se me descontroló más en el horno por usar un molde más pequeño y ser algo impaciente con el segundo levado. El otro pan quedó más homogéneo, algo más rústico pero a la vez más tierno, porque la harina era distinta y además le añadí masa madre. En las fotos está ya tostado, y la verdad es que es un pan delicioso tanto para tomar con mantequilla y mermelada como para hacer tostadas con aceite de oliva y tomate. ¡Probadlo!



Receta de pan de molde de espelta semiintegral
Inspiración: Un rincón en mi cocina
Ingredientes para 1 pan de buen tamaño

- 300 g de harina blanca de espelta
- 100 g de harina integral de espelta
- 7 g de sal
- 1 pizca de cardamomo molido (opcional, a mí es que me encanta)
- 15 g de azúcar
- 175 g de agua tibia
- 75 ml de leche sin lactosa tibia
- 30 g de falsa mantequilla atemperada (I can't believe it's not butter, podéis usar mantequilla corriente)
- 10 g de levadura fresca (la segunda vez usé 5 g + 2 cucharadas de masa madre)
- mantequilla extra para pincelar al final

Yo no me compliqué y tiré de máquina, pero se puede hacer manualmente sin problemas -y es más satisfactorio-, como explica Ainara.

Combinar las harinas con el azúcar, la sal y el cardamomo (si se usa) en el recipiente de la batidora o en un cuenco grande y formar un hueco. Echar el agua, la leche y la levadura desmigada. Empezar a mezclar a velocidad suave-media hasta que quede todo más o menos incorporado.

Empezar a amasar con el gancho correspondiente, si se usa máquina, y agregar la mantequilla troceada cuando ya empece a tomar forma de masa. Continuar el amasado unos minutos, hasta que tenga un aspecto homogéneo y liso. Si estuviera muy húmeda, dejar reposar a intervalos cortos.

Formar una bola y colocar en un recipiente limpio ligeramente engrasado con mantequilla o aceite. Tapar y dejar reposar hasta que doble su tamaño.

Deshinchar la masa y reamasar un poco con suavidad sobre una superficie engrasada con aceite o enharinada ligeramente. Aplanar y enrollar dándole tensión superficial. Colocar en un molde rectangular engrasado y tapar con plástico o con gorro de cocina. Dejar levar de nuevo hasta que supere un poco más del doble (yo no esperé tanto la primera vez: error).

Precalentar el horno a 225ºC. Hornear el pan durante unos 15 minutos, bajar la temperatura a 200ºC y continuar el horneado unos 20-22 minutos más. Si se tostara demasiado, tapar con papel de aluminio. Dejar sobre una rejilla (comprobar que suena hueco al golpear la base) y, aún en caliente, pintar con mantequilla por fuera para darle un toque brillante y de aroma a la corteza. Al estar tan caliente, se derretirá sobre la marcha.

Esperar a que se enfríe por completo antes de cortar en rebanadas. Aguanta bien algunos días, pero si no lo vamos a consumir entero pronto es aconsejable congelar las rebanadas bien envueltas. Así podemos tener tostadas deliciosas en cualquier momento.


¡Buen fin de semana! Aunque sea pasadísimo por agua.
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