19 abril, 2018

Naturaleza y pan con masa madre para devolverme la cordura

Me estoy casi obligando a mí misma escribir estas líneas, porque llevo posponiendo actualizar mi querido blog demasiado tiempo ya. Pero como me daba cosica ver todavía la tarta de Pascua en portada finalmente vengo con algo que realmente no es una receta; al menos no al uso. Están siendo unas semanas raras por diversos motivos y hay dos cosas que evitan que me suba por las paredes: un poco de contacto con la naturaleza y hacer pan. Y comérmelo, claro.



Vivimos en la zona norte de Madrid, en un barrio muy abierto con mucho verde, algo que agradezco muchísimo. Y lo mejor es que caminando un poco se llega al exterior de la ciudad propiamente dicha, se ven campos, espacios todavía sin tocar demasiado, con las montañas imponentes de la sierra al fondo. Me devuelve a la vida salir a correr por ahí, y más ahora que está todo inundado de una explosión de verde y colorines de flores. ¡Ojalá dure! Esta mañana incluso se me han cruzado dos conejos; no puedo evitar acordarme de mi Murcia y mi campo cuando veo a estos animalitos.



Salir a correr me ayuda a olvidarme un rato de las cosas del día a día, me despeja y me relaja. Además ya no tengo tantas migrañas desde que corro habitualmente. No lo hago por "compensar" los bizcochos y galletas, como alguna gente me dice, ni me pongo marcas ni entreno para carreras. Es, simplemente, el camino, mis zapatillas, mi música/podcasts y yo -y mi sujetador deportivo, alabado sea-. No soy runner de postureo, me temo. Ni ganas.


Otra cosa que me relaja mucho y me devuelve los pies a la tierra es hornear pan. No digo nada nuevo, me harto de divulgar las bondades del buen pan casero, con o sin masa madre. Es terapéutico en muchos sentidos, a pesar de que a veces pueda parecer frustrante. Pero en el fondo, ningún pan me ha dado disgustos, de todo se aprende y me resulta siempre un proceso fascinante.



El caso es que tengo a mi masa madre, ya casi con siete años -¿o ya los ha cumplido?- como recurso antiestrés. Es una maravilla, la dejo en la nevera durante semanas y siempre responde con alegría cuando vuelvo a despertarla. Últimamente no tengo tiempo de probar recetas nuevas o más complejas; simplemente la alimento e improviso un pan estándar con las harinas que tengo en la despensa. ¿Que no puedo organizar los tiempos? Pues a la nevera a levar con calma hasta el día siguiente.


Este pan es el último que salió de mi horno; lo preparé el domingo y ha durado hasta hoy. No es perfecto ni falta que le hace, pero a mí me vuelve loca. Con su corteza crujiente, su miga tierna con ese toque rústico, nada ácido, muy digestivo... Si no me controlo lo devoro tal cual, como si las rebanadas fueran galletas. Me chifla mojarlo en el café.

Las imágenes que lo acompañan son de una excursión que hice con mis padres el pasado día del Bando de la Huerta, festivo en Murcia. Nos escapamos a respirar aire puro y aprender un poco más de otros rincones que conocemos menos, como es la zona de Moratalla. Hicimos la ruta de la Senda de Bolvonegro, muy recomendable. Hizo un día precioso y me acordé de lo mucho que me gusta pasear por parajes naturales, sin más sonido que el de los pájaros, el viento o el agua que corre. Tengo que repetirlo más a menudo.




Mi no-receta de pan de masa madre
Inspiración: improvisación a partir de mi pan favorito de Dan Lepard
Ingredientes para 1 pan grande

- 250 g de masa madre a tope de marcha
- unos 300 ml de agua (más o menos, empecé con 280 y eché más a ojímetro total)
- 300 g de harina panadera
- 100 g de harina de centeno integral
- 100 g de harina de espelta integral
- 10 ml de miel de caña
- 2 cucharadas de mezcla de semillas y pipas de girasol
- 6 g de sal

Una vez la masa madre estaba bien activa, separé 250 g y guardé el resto en la nevera. Entonces procedí a preparar la masa un poco a lo rápido, pues tenía lío en casa.

Mezclé la masa madre con el agua y la melaza en un recipiente grande. Añadí todos los demás ingredientes a cholón y mezclé hasta tener una masa homogénea. Tapar y dejar reposar 30 minutos de autólisis.

Empecé a doblar la masa sobre sí misma haciendo pliegues hacia el centro, dentro del mismo recipiente, con la espátula de panadería. Dejé reposar entre tandas, tapado. Hice esto a lo largo de las 2-3 horas siguientes. Sin controlar nada más.

La masa ya tenía mejor consistencia y la guardé en la nevera por la noche. Por la mañana bien temprano la dejé atemperar; había crecido un montón. Pasadas 2 horas reamasé un poco y volví a dejarla en el cuenco, tapada.

Cuando ví que había crecido lo suficiente le dí forma redonda y la puse en el banetón. No tardó mucho en doblar su tamaño así que precalenté el horno a 250ºC, con una bandeja vieja en el fondo.

Volqué el pan con cuidado en una bandeja, practiqué un par de cortes profundos y horneé a tope durante 20 minutos, echando agua fría en la bandeja de abajo. Cuando ya estaba bien oscurito lo tapé con papel de aluminio, bajé la temperatura a 200ºC y continué horneando hasta casi 60 minutos.

Quedaba lo peor, esperar a que enfriara. Ya era por la tarde, así que tuve la paciencia de dejar la cata para el día siguiente. Estos panes mejoran con el paso de las horas tras el horneado, es preferible no ser muy impacientes.



Y os deseo una vida llena de buen pan, bueno de verdad, casero o comprado. Porque para mí es inconcebible sobrevivir sin ello.
31 marzo, 2018

Osterfladen - Tarta suiza para el Domingo de Pascua

Cuando vuelvo a Murcia por Navidad lo primero que me gusta hacer es salir a tomar un café con mi padre. En Semana Santa casi siempre llego con buen tiempo, así que lo que me pide el cuerpo es un helado de Chambi. El mismo miércoles sorteamos las procesiones para llegar a mi querida heladería y los dos disfrutamos de un cremoso sorbete de arándanos, como siempre, delicioso. Y charlando de todo un poco, mi padre me dijo que no recordaba ningún postre especial de su infancia en Suiza por Pascua, solo toneladas de huevos y conejitos de chocolate. "¿No conoces el Osterfladen?", pregunté, anonadada; "No me suena". Obviamente, tenía que ponerle remedio.



Y es que a veces se nos olvida que no todo el mundo de un país o región tiene por qué conocer toda la gastronomía y las recetas típicas de allí. Sin entrar en definir qué es exactamente lo "típico" y "tradicional", haber nacido y crecido en un sitio no te convierte en autoridad suprema de todo el conocimiento de ese lugar. Yo, sin ir más lejos, crecí sin saber que las monas eran típicas de Pascua -las asociaba más bien al desayuno del cole en la fiesta de Navidad, con chocolate -, y no supe que las torrijas eran tradicionales de Semana Santa hasta que dejé el instituto. ¿Por qué iba mi padre a conocer todas las recetas típicas de Suiza?



Por eso me hacen gracia los típicos comentarios de "Pues estuve en Italia y la pizza no era tan buena" o "Tengo un compañero italiano que hace la carbonara con nata". ¿Es que en tooooda Italia hacen por norma una pizza exquisita? ¿Saben toooodos los italianos cocinar como los ángeles? Lo dudo mucho, igual que en España te pueden servir una paella o un gazpacho horrible en muchos sitios. ¿Todos los españoles cocinan bien el arroz, o las croquetas, o la tortilla de patatas? Ojalá.



Claro que es más probable que los habitantes de un lugar conozcan mejor los platos y recetas típicas de allí, pero no siempre se cumple. Mi padre es el vivo ejemplo de ello; en Suiza es tradicional preparar una tarta o pastel para celebrar la Pascua, pero en sus recuerdos de infancia solo hay sitio para los huevos y el chocolate. Mi abuela preparaba algún plato fuerte familiar y dejaba el apartado dulce a todos los chocolates y golosinas varias que dejaba el Conejo de Pascua para los niños. Y por eso mi padre me miró raro cuando le pregunté por el Osterfladen.



Hay varias versiones de esta tarta, cuyos orígenes parecen remontarse al siglo XVI o XVII. También aparecen variantes con los nombres de Osterkuchen (como la que os enseñé el otro día) u Osterchüechli (normalmente en formato pequeño individual), aunque el Fladen se suele emplear más para la receta más tradicional. Todas son tartas redondas y no muy altas, con una base de masa quebrada más o menos dulce. El relleno del Osterfladen es cremoso pero hay dos grandes variantes: con arroz o con sémola (Griess). Además hay versiones que combinan ambos ingredientes, y otras que no tienen ninguno de los dos.



Esa ha sido mi apuesta final. El relleno de arroz no me convence porque es más difícil pillarle el punto al grano y sabía que a mi madre le iba a parecer raro; sémola no tenía ganas de comprar para dejar luego casi el paquete entero condenado al olvido en esta casa. Así que mi Osterfladen está relleno solo con las tradicionales pasas, almendras y esa crema tan rica que yo preparo sin lactosa. Es una tarta muy fácil que os animo a probar en cualquier momento del año.


Receta de Osterfladen o tarta suiza de Pascua
Inspiración: ligeramente modificada de Betty-Bossi
Ingredientes para un molde de unos 20 cm

- 100 g de copos de avena (o harina de avena)
- 100 g de harina de trigo
- 1 pizca de sal
- 2 cucharadas de azúcar
- 1/4 cucharadita de esencia de vainilla
- 100 g de mantequilla sin sal, muy fría y cortada en cubitos (y un poco más para el molde)
- 1 huevo L

- 40 g de uvas pasas sultanas (remojadas en ron, opcional)
- 2 cucharadas de almendra molida
- 3 huevos L
- 70 g de azúcar
- 1/2 cucharadita de esencia de vainilla
- ralladura de 1 limón
- 1 buena pizca de sal
- 400 g de nata para montar (sin lactosa)
- 15 g de maizena tamizada
- azúcar glasé para decorar

Yo he usado la picadora de la batidora de mi madre. Triturar primero los copos de avena hasta dejar una textura fina; añadir la harina de trigo, la sal, el azúcar y la vainilla, y triturar un poco. Agregar la mantequilla y volver a triturar hasta que quede una textura de migas. Incorporar el huevo y volver a triturar hasta que se amalgame todo.

Terminar de trabajar la masa a mano para compactarla, pero sin manosearla mucho. Formar un disco plano y envolver en plástico film. Llevara la nevera como mínimo 30 minutos, mejor una hora completa si ya hace calorcito. Engrasar mientras tanto el molde con mantequilla y una pizca de harina tamizada.

Precalentar el horno a 200ºC. Picar las pasas y mezclar con la almendra molida. Es importante que las pasas sean jugosas y tiernas, si estuvieran muy secas aconsejo dejarlas a remojo en ron o zumo de naranja. Estirar la masa dándole forma redondeada y cubrir el molde. Pinchar ligeramente la base con un tenedor y repartir la mezcla de pasas y almendra.

Disponer los huevos en un recipiente y batir ligeramente con el azúcar, la vainilla, el limón y la sal. Añadir la nata y batir un poco más. Incorporar la maizena y volver a batir a velocidad baja hasta lograr una crema homogénea, sin grumos. Verter con suavidad en el molde y llevar al horno.

Hornear durante unos 10 minutos, bajar la temperatura a 180ºC y continuar la cocción hasta que al pinchar con un palillo salga limpio. Si se dorase mucho, cubrir con papel de aluminio. Dejar enfriar completamente antes de desmoldar o decorar con azúcar glasé.



Lo típico es decorar el Osterfladen con algún motivo de Pascua, algo muy sencillo sacando una plantilla de las redes. Las siluetas de conejos son lo más tradicional y quedan muy bien; yo copié el mío de alguna web directamente poniendo un folio encima de la pantalla.

Está más rica si se deja reposar unas horas, incluso es buena idea hornearla por la noche para servirla al día siguiente. Mejor guardarla en la nevera, que ya han subido las temperaturas de verdad, y fresquita también sienta de maravilla.

¡Feliz Pascua!
28 marzo, 2018

Osterkuchen: Tarta de Pascua de zanahoria, otra receta suiza

¿Estáis todos de vacaciones? La Semana Santa la pasa cada uno un poco a su manera, pero espero que sea como sea podáis disfrutar de estos días. Yo ya estoy en Murcia -prefiero no hablar del viaje en tren- y con ganas de exprimir al máximo estos pocos días de mi tierra y mi familia. ¡Y de hornear! Aquí esperan que empiece a preparar dulces y no puedo negarme, claro... Mientras decido si me tira más el lado materno o paterno, os dejo con esta receta de Osterkuchen o Tarta de Pascua de zanahoria, un básico de la repostería suiza que tenía ganas de probar.



Yo probé la repostería con zanahoria mucho antes de que se pusiera de moda el carrot cake por aquí. ¿Recordáis cuando sonaba raro pensar en un pastel o galletas con zanahorias? Y hoy es un postre ya imprescindible en cualquier restaurante o pastelería, aunque con demasiados engendros industriales que solo saben a azúcar y mala mantequilla.



Mi tarta de zanahoria favorita es suiza, no lleva relleno ni crema de queso, y tampoco contiene mantequilla o aceite. Es la Aargauer Rüeblitorte y no puedo dejar de recomendarla a todo el mundo. Quizá caiga una variante aprovechando la Pascua estos días... ¡Es tan rica! Y yo tengo muy asociadas las zanahorias con la Semana Santa, precisamente por la influencia suiza. Ahora ya tenemos la parafernalia pascual europea bien integrada con nuestras procesiones, torrijas y pestiños, pero en mi infancia todavía era algo raro por aquí.





Cada vez valoro más nuestra cultura y patrimonio asociado a la Semana Santa -cómo no hacerlo, con la importancia que tiene en Murcia y con esos magníficos pasos de Salzillo-, pero cuando era niña vivía ajena a todo eso. Eran días de vacaciones en el campo y algún pequeño viaje, de pintar huevos de Pascua y salir a buscarlos por el jardín, de comer huevos de chocolate y de jugar con muñecos de pollitos, conejos y zanahorias. Hoy me gusta disfrutar de todo 😏.



Esta tarta es muy sencilla y se puede adaptar a diferentes moldes. Si usáis uno más pequeño, quedará más gordito el relleno, y también se puede preparar en moldes individuales. La masa de base se trabaja muy bien con un procesador de alimentos o trituradora; en cualquier caso recomiendo usar la mantequilla muy, muy fría. Yo apenas le añado azúcar y el relleno también lo he rebajado de dulzor, prefiero potenciar las especias. En cualquier caso, os indico las cantidades originales por si sois demasiado golosos.


Osterkuchen o pastel de Pascua de zanahoria suizo
Receta adaptada de swiss milk
Ingredientes para un molde de unos 20 cm de diámetro

- 100 g de harina de repostería
- 100 g de harina de avena
- 1 sobre de 8 g de azúcar vainillado (75 g de azúcar blanco en el original)
- 1/2 cucharadita de sal
- 100 g de mantequilla sin sal muy fría y cortada en cubos pequeños
- 1 huevo L

- 200 g de zanahoria (pesada ya pelada)
- 100 g de nata para montar
- 2 huevos L
- 3 cucharadas de azúcar moreno o panela (5 en el original; también he probado a hacerla con edulcorante líquido y queda bien)
- 2 cucharadas de maizena
- ralladura de limón
- 1/2 cucharadita de esencia de vainilla
- una pizca de canela
- azúcar glasé, zanahorias de mazapán, huevos de chocolate... para decorar

Mezclar a mano o con un robot de cocina las harinas con el azúcar y la sal. Agregar la mantequilla y triturar hasta que quede una textura de migas. Añadir el huevo ligeramente batido y continuar mezclando lo justo hasta tener una masa que se pueda cohesionar. Formar un bloque plano, envolver en plástico film y dejar en la nevera como mínimo una hora.

Precalentar el horno a 200ºC y engrasar un molde de tarta de borde rizado, de unos 20 cm de diámetro. Trocear las zanahorias ya lavadas, peladas y pesadas, y cocer al vapor o en el microondas, hasta que estén tiernas. Dejar enfriar un poco.

Batir en un recipiente la nata con los huevos, el azúcar, la vainilla, ralladura de limón y canela. Añadir la maizena tamizada y batir un poco más. Incorporar las zanahorias y triturar el conjunto con una batidora de brazo o con un robot, hasta obtener una mezcla homogénea.

Estirar la masa de la nevera y forrar el molde, procurando que quede uniforme, y con un grosor no superior a 4-5 mm. Si sobra masa, recomiendo guardarla y hornearla en forma de mini galletas (no hay que tirar nada). Echar el relleno y hornear durante 10 minutos. Bajar la temperatura a 180ºC y seguir horneando unos 20-30 minutos más.

Si se dorase demasiado por encima antes de terminar de cuajar, cubrir con papel de aluminio. Esperar a que se enfríe completamente antes de desmoldar y decorar. Conservar en la nevera.



Bueno, hace un día espectacular y el cuerpo me pide salir a recibir los rayos de sol, ahora que todavía se agradecen. A ver si puedo inaugurar la temporada de helados mientras veo pasar a los Coloraos, una de las procesiones más queridas de la ciudad :). ¡Disfrutad de estos días lo que podáis!
17 marzo, 2018

Pan de molde de espelta para días ajetreados: visita rápida a Taberna Puertalsol y Platea

Y vuelve a llover, y yo soy feliz. Son muchos, muchos días ya de lluvia, pero sigo sin protestar. Sí, a veces me chafa un poco los planes y cuando diluvia demasiado es imposible salir a correr -por peligrosidad del suelo, más que nada-, pero no puedo evitar sentir una sensación reconfortante cuando veo y escucho caer la lluvia. Los genes murcianos siguen ahí, y la lluvia la siento como un regalo de la naturaleza.


Ensalada estupendísima con un tomate muy sabroso, cebolleta crujiente muy suave y buen bonito

Alcachofas a la brasa con ajoblanco
Gambas al ajillo

Afortunadamente cuando mi madre estuvo de visita, a finales de febrero, aún no había arrancado este monzón. Tuvimos muchísimas suerte y solo nos enfrentamos al típico viento frío madrileño, soportable cuando pateas la ciudad recorriendo mil callejuelas. Cuando mi madre viene a visitarme ya no nos complicamos mucho y nos dejamos llevar un poco por la improvisación; yo madrugo más de la cuenta para trabajar un poco y, cuando puedo, nos vamos al centro sin planes fijos. Esta vez se nos ocurrió hacer la visita de La Real Cocina de Palacio -muy recomendable-, también vimos la exposición de Manolo Blahnik en el Museo de Artes Decorativas -fascinante sin esperármelo-, fuimos al cine y, cómo no, paseamos mucho.

Tiradito en Platea
La carne que pidió mi madre que no recuerdo que era, con verduras y boniato muy rico
Como la tarta Selva Negra pero en versión mini - ¡aunque no era TAN mini!
Tampoco me compliqué la vida buscando dónde comer, y la verdad es que tuvimos suerte. De casualidad se me ocurrió probar con la Taberna Puertalsol que Chicote abrió en plena Puerta del Sol, un lugar que tenía ganas de catar. Me daba algo de reparo porque está en un sitio muy turístico y temía aglomeraciones y precios, pero al final comimos bien. Barato no es, pero creo que está en la línea de este tipo de sitios; de Madrid, más teniendo en cuenta que tiene terraza justo en la Puerta del Sol. La carta no es muy extensa y ofrece platos inspirados en la cocina castiza con cierto toque Chicote. Entre semana y al mediodía hay poquita gente, más si vas temprano; mi madre y yo no somos comilonas así que compartimos tres platos -más la tapa de las bebidas- y pan. Nos encantó todo sobre todo por la calidad de las materias primas y la buena ejecución de las recetas, muy sabrosas.

Al día siguiente nuestros pasos nos acercaron a la zona de Serrano, siempre entretenida para recorrer curioseando escaparates -y viandantes-. Cuando se acercó la hora de comer entramos a Platea, un sitio que al menos hay que ver en vivo y directo porque el espacio sorprende y merece la pena. Estuve hace un par de años con la familia del del elfo pero no nos gustó demasiado; el sitio es una chulada pero pecaba de cierto postureo pasándose en los precios... Afortunadamente, ahora la parte de abajo funciona mejor y no es el sindiós caótico que era antes para poder comer. Sigue sin ser barato pero, de nuevo, compartiendo tres platos es más que asumible. El postre lo tomamos en el local que Mamá Framboise tiene en el mismo edificio. Las tartaletas estilo francés me pierden.



Y bueno, la receta que traigo hoy es el pan que preparé para los desayunos de esos días. En realidad ya lo he horneado dos veces, y los resultados sin ligeramente distintos porque usé harinas diferentes y los tiempos de levado fueron un poco... dispersos. Es una ligera modificación de la fantástica receta de Ainara, la cual tiene muchísimas delicias en su más que recomendable blog. Mis resultados son un ejemplo de cómo se puede conseguir un pan más que decente cuando no tienes tiempo de dedicarle la atención que necesita.



El pan más blanquito contiene una parte harina de espelta integral con menos salvado que la segunda versión, y además se me descontroló más en el horno por usar un molde más pequeño y ser algo impaciente con el segundo levado. El otro pan quedó más homogéneo, algo más rústico pero a la vez más tierno, porque la harina era distinta y además le añadí masa madre. En las fotos está ya tostado, y la verdad es que es un pan delicioso tanto para tomar con mantequilla y mermelada como para hacer tostadas con aceite de oliva y tomate. ¡Probadlo!



Receta de pan de molde de espelta semiintegral
Inspiración: Un rincón en mi cocina
Ingredientes para 1 pan de buen tamaño

- 300 g de harina blanca de espelta
- 100 g de harina integral de espelta
- 7 g de sal
- 1 pizca de cardamomo molido (opcional, a mí es que me encanta)
- 15 g de azúcar
- 175 g de agua tibia
- 75 ml de leche sin lactosa tibia
- 30 g de falsa mantequilla atemperada (I can't believe it's not butter, podéis usar mantequilla corriente)
- 10 g de levadura fresca (la segunda vez usé 5 g + 2 cucharadas de masa madre)
- mantequilla extra para pincelar al final

Yo no me compliqué y tiré de máquina, pero se puede hacer manualmente sin problemas -y es más satisfactorio-, como explica Ainara.

Combinar las harinas con el azúcar, la sal y el cardamomo (si se usa) en el recipiente de la batidora o en un cuenco grande y formar un hueco. Echar el agua, la leche y la levadura desmigada. Empezar a mezclar a velocidad suave-media hasta que quede todo más o menos incorporado.

Empezar a amasar con el gancho correspondiente, si se usa máquina, y agregar la mantequilla troceada cuando ya empece a tomar forma de masa. Continuar el amasado unos minutos, hasta que tenga un aspecto homogéneo y liso. Si estuviera muy húmeda, dejar reposar a intervalos cortos.

Formar una bola y colocar en un recipiente limpio ligeramente engrasado con mantequilla o aceite. Tapar y dejar reposar hasta que doble su tamaño.

Deshinchar la masa y reamasar un poco con suavidad sobre una superficie engrasada con aceite o enharinada ligeramente. Aplanar y enrollar dándole tensión superficial. Colocar en un molde rectangular engrasado y tapar con plástico o con gorro de cocina. Dejar levar de nuevo hasta que supere un poco más del doble (yo no esperé tanto la primera vez: error).

Precalentar el horno a 225ºC. Hornear el pan durante unos 15 minutos, bajar la temperatura a 200ºC y continuar el horneado unos 20-22 minutos más. Si se tostara demasiado, tapar con papel de aluminio. Dejar sobre una rejilla (comprobar que suena hueco al golpear la base) y, aún en caliente, pintar con mantequilla por fuera para darle un toque brillante y de aroma a la corteza. Al estar tan caliente, se derretirá sobre la marcha.

Esperar a que se enfríe por completo antes de cortar en rebanadas. Aguanta bien algunos días, pero si no lo vamos a consumir entero pronto es aconsejable congelar las rebanadas bien envueltas. Así podemos tener tostadas deliciosas en cualquier momento.


¡Buen fin de semana! Aunque sea pasadísimo por agua.
02 marzo, 2018

Magdalenas de Estepa: receta tradicional para Semana Santa

Tengo otras dos recetas esperando para ver la luz desde hace dos semanas y sin embargo hoy vengo con algo que salió de mi horno ayer mismo. Los impulsos son así, qué le vamos a hacer. Después de comer tenía un rato tonto esperando a que mi suegra viniera a recogerme y yo tenía el cuerpo pidiéndome que encendiera el horno. Llevábamos tres días de lluvia y más lluvia, y eso anima a hornear algún dulce con sabor a antaño; además estrenábamos mes de marzo y la Semana Santa ya se asoma... Así que me paseé por mis blogs de cabecera cuando busco algo tradicional, y me encontré con las magdalenas de Estepa, una de las elaboraciones reposteras más típicas de esta fantástica localidad sevillana en estas fechas.


Este año no he tenido mucho cuerpo de Carnaval y apenas probé una receta nueva que publiqué en Directo al Paladar. Al adelantarse las fechas y mezclarse con otros eventos no llegué a coger el tono carnavalero, pero ahora me apetece muchísimo empaparme de tradiciones de Semana Santa. Será que la visita de mi madre de la semana pasada me ha dejado con algo de nostalgia y ganas de mi tierra, pero el caso es que tengo muchas ganas de recuperar nuestras tradiciones. Y con tradiciones me refiero a esa mezcla extraña de mi casa que es la cultura murciano-suiza, claro. Aderezada con otras culturas, como siempre. Me faltará tiempo para probar todo lo que me apetece, una vez más.




Estas magdalenas son un poco trampa porque sí que saben a tradición y pueblo, pero para mí no tiene por qué ser solo típicas de Semana Santa. Os recomiendo que leáis la entrada original de la receta que yo he modificado un poco, en la cual José Manuel comparte sus recuerdos. Nos cuenta que Estepa es mucho más que polvorones y mantecados, y que cuando se acerca la Semana Santa su tierra es un paraíso para los más golosos. Si os gustan los dulces "de toda la vida", os encantarán estas magdalenas.


Las magdalenas de Estepa apenas llevan ingredientes y no utilizan ningún agente leudante: el levado se consigue con el batido de los huevos, separando yemas y claras. Por eso me parece fundamental no tener prisa y emplear huevos de gallinas camperas de verdad; la diferencia será notable. Además se hornean en los típicos moldes cuadrados que también José Manuel nos enseña a hacer caseros, pero yo he hecho trampa usando cápsulas compradas algo más pequeñas. Su receta original da las cantidades típicas "de abuela", para repartir y regalar; yo las he reducido para esta primera prueba, bajando un poco también el azúcar, y me han salido 16 unidades, perfectas para unos días de ricos desayunos entre el elfo y yo.



Receta de magdalenas de Estepa
Inspiración: receta adaptada de la original de Asopaipas
Ingredientes para unas 12-16 unidades no muy grandes

- 3 huevos L de gallinas camperas
- 120 g de azúcar
- ralladura de 1 limón
- 120 g de aceite de oliva virgen extra
- 100 g de harina de repostería
- 1 pizca de sal
- azúcar extra para cubrir

Precalentar el horno a 190ºC y preparar una bandeja con moldes cuadrados o los habituales de magdalenas/muffins.

Calentar el aceite de oliva con un trozo de corteza de limón sin parte blanca, dejando que se enfríe antes de continuar. Es un paso opcional; además de dar aroma al aceite con el limón lo hace más suave, pero yo tenía prisa y no lo he hecho. Claro que me gustan los sabores fuertes.

Separar las claras de las yemas. Batir con batidora de varillas las yemas con el azúcar y la ralladura del limón, cantidad al gusto, siempre lavado y sin parte blanca. Batir muy bien hasta que espese y se vuelva de color pálido. Agregar el aceite y seguir batiendo un ratico más.

Añadir la harina tamizada y la sal, y batir ahora con suavidad hasta que se quede bien incorporada sin grumos. Limpiar muy bien las varillas y montar las claras a punto de nieve. Incorporarlas en varias tandas, mezclando con unas espátula o lengüeta, con movimientos suaves y envolventes.
Repartir la masa en los moldes sin llenarlos del todo. Cubrir con azúcar si se desea, para crear la típica costra. Hornear durante unos 25-30 minutos, dejando que se doren más o menos al gusto. Trasladar a una rejilla para que se enfríen por completo.



El aroma de unas magdalenas tradicionales como estas, recién horneadas, mientras fuera llueve y llueve sin parar, es de las cosas que más me gustan en la vida.  Me faltaba la chimenea y más compañía que mi gato -el cual solo me suplicaba salir al tendedero para chapotear en los charcos-, pero por desgracia tuve que hacer las fotos corriendo antes de salir a la jungla del tráfico madrileño. Tenemos otra boda en breve y me faltaban zapatos; por suerte volvimos con éxito de la búsqueda.

¡A disfrutar del fin de semana! Yo espero aguantar el domingo para ver los Óscar en directo :).
14 febrero, 2018

Pastel húmedo de chocolate y calabaza (sin gluten y sin lactosa)

San Valentín no es precisamente mi festividad favorita, pero me da mucha rabia la gente que dirige todo su odio y cinismo hacia el 14 de febrero porque es "un invento de la publicidad/grandes almacenes/americanos/...". Pues no, los orígenes de San Valentín se remontan a la antigua Roma y el culto del santo -que probablemente eran dos mártires distintos- empezó en la Alta Edad Media. Claro que antes era sobre todo el protector de los epilépticos, su relación con los enamorados llegaría un pelín más tarde cuando a Geoffrey Chaucer se le ocurrió meter en un poema que este día las aves se emparejan para anidar. Pero esa es otra historia, yo venía hoy a compartir este pastel húmedo de chocolate y calabaza porque... sí, siempre aprovecho San Valentín para traer tentaciones chocolateadas.



Fue una prueba que improvisé hace un par de semanas cuando me entró un antojo de los míos. Lo llamo antojo aunque sé que es pura gula por el sabor intenso del chocolate negro, que es el único que realmente me gusta y disfruto. Quería preparar algún postre no demasiado pecaminoso en el que el chocolate fuera el gran protagonista, con una textura húmeda y jugosa, sin empalagar. Mirando el calendario pensé que era ya hora de volver a sacar los moldes de corazón y jugué un poco con recetas ya probadas, pero reduciendo mucho el azúcar y cambiando la mantequilla tradicional por calabaza.


Todavía tengo raciones de calabaza asada en el congelador, y antes de que se terminen los ejemplares que tengo en el trastero -a modo de despensa, allí están estupendamente bien, al fresco y sin contacto con luz solar- volveré a preparar una tanda para no quedarme sin reservas antes de la próxima cosecha. En realidad podéis usar otro sustituto vegetal/sanote que prefiráis: boniato asado, calabacín rallado, puré/compota de manzana, yogur natural, mantequilla de cacahuete pura -más sano pero más calórico, claro-, alubias trituradas... No pongo la mano en el fuego para estas alternativas porque no las he probado, pero intuyo que mal no puede salir.


La receta es bien simple y no tiene gluten porque no lleva ningún tipo de harina, ni siquiera frutos secos molidos. Además he usado azúcar de abedul o xilitol, que se supone que no sube los niveles de azúcar en sangre y no produce caries. Que sea más "sano" ya lo pongo en duda, pero eh, me regalaron el bote y habrá que darle salida. Podéis usar azúcar normal o el endulzante que más os guste y os funcione; aviso de todas formas que es una receta poco dulce, ya que buscaba el sabor intenso del chocolate. Si luego os parece soso podéis servirlo con una ganaché o con un buen cargamento de azúcar glasé, no os voy a juzgar por ello.


Receta de pastel húmedo de chocolate y calabaza sin gluten
Inspiración: lejanamente basado en el mejor pastel de chocolate suizo
Ingredientes para un molde mediano o unos 10 pastelitos

- 200 g de chocolate negro de buena calidad
- 200 g de puré de calabaza asada escurrida
- 5 huevos
- 50 g de azúcar de abedul o azúcar normal
- 1 cucharadita de cacao puro en polvo
- 1 pizca de sal
- 1 pizca de canela molida
- 5 ml de esencia de vainilla

Precalentar el horno a 175ºC y preparar el molde deseado. Yo lo engraso con un poco de aceite y luego añado cacao en polvo tamizado. Dependiendo del tamaño nos saldrán las porciones más gorditas y más jugosas por dentro, eso depende ya del gusto.

Derretir el chocolate al baño maría y dejar enfriar un poco. Separar las yemas de las claras en recipientes distintos.

Batir las yemas con el azúcar hasta que espesen mucho y adquieran un color pálido. Añadir el chocolate derretido, la calabaza, el cacao, la sal, la canela y la vainilla, y mezclar con varillas hasta que quede una crema homogénea.

Aparte montar las claras de huevo hasta que queden a punto de nieve. Añadir en varias tantas a la primera mezcla, con movimientos envolventes, hasta conseguir una masa homogénea sin grumos. Verter en el molde o moldes, igualando bien la superficie, y hornear unos 20-25 minutos, hasta que al pinchar el centro salga el palillo casi-casi limpio.

Dejar enfriar dentro del molde antes de sacar porciones. Servir con azúcar glasé tamizado, helado de vainilla, frutos rojos, crema inglesa, nata, salsa de yogur, ganaché de chocolate caliente... ¡imaginación al poder!



Solo queda compartirlo con quien más queráis, sea hoy, mañana o dentro de dos meses. Y es perfectamente válido dedicárselo a uno mismo ;). Ahora en invierno aguanta bien a temperatura ambiente, cubierto, pero si va a durar más de un par de días es mejor guardarlo en la nevera.
08 febrero, 2018

Calabaza y coles de bruselas asadas con zataar - N I E V E



Me hubiera gustado publicar antes esta receta de calabaza y coles de bruselas asadas con zataar, pero a veces pasan cosas que te alteran los planes. Y en este caso ha sido la naturaleza, que no sé si será sabia o no, pero se ha dado cuenta de que estamos en invierno y ¡por fin! he visto nevar de verdad en Madrid. Quizá alguien recordará mi emoción de años pasados cuando caían míseros copos que apenas cuajaban unos instantes en la sombra, pero esta vez ha sido real.



Ya el domingo empezó la cosa a ponerse seria, y me emocioné viendo que cuajaba un poquito en el parque de las zonas comunes, pero ¡oh, el lunes! Menuda nevada. Nuestro gato Lito y yo nos quedamos embobados mirando por la ventana, y tuve que salir -obviamente- a sacar algunas fotos del barrio. Volví con cubitos de hielo chorreantes en lugar de pies, pero nada podía quitarme esa sensación de ilusión infantil que se apoderó de mí.



Sé que la nieve es muy bonita recién caída, cuando no sopla ventisca y permanece en zonas que no sean lugares de paso constante de peatones y vehículos. Que crea un mejunje gris helado al derretirse en la carretera, que provoca accidentes, atascos y más molestias. Y sé que, en el fondo, lo que cayó no fue para tanto. Pero... qué queréis que os diga, para una murciana como yo, con genes suizos corriendo por las venas, la visión de la nieve en vivo y en directo es emocionante.


El caso es que me trastocó los planes y echó al garete mi perfecta organización de la semana, pero no me quejo. Tampoco me quejaré del frío, que ha cogido el relevo de la nieve, porque realmente no me molesta. El viento sí es un incordio, pero por ahora las bajas temperaturas las llevo bien, incluso disfruto mucho al salir a correr. Creo que todavía me acuerdo de lo mal que lo paso en verano 😌. ¡Y todavía queda nieve cuajada en algunas zonas de por aquí! Qué bonita es la nieve en zonas naturales cuando además luce el sol 💜.


Creo que la nueva casa es menos fría que el mini pisito donde vivíamos antes. Al menos, si fuera por mí, apenas pondría la calefacción. Claro que la mayoría de veces en las que el elfo se queja de que está congelado -y lo dice desde el sofá bajo una manta-, yo ando con el horno encendido, o amasando pan, o tostando algo en la sartén, o removiendo algún guiso. Es que la cocina calienta el cuerpo y el espíritu, incluso antes de empezar a pegar bocado.


El horno es un buen amigo para calentarse, y también para sacar lo mejor de muchas verduras. Ya sabréis que me chifla asarlas, no tiene ni punto de comparación con el hervido o la sobrecocción en agua. El vapor me gusta, pero hay que controlarlo muy bien para dejarlas al dente. Y asándolas se crea una reacción de Maillard fabulosa, dejándolas tostaditas y crujientes por fuera, concentrando todos los sabores... Creo que en cuanto termine de escribir esto voy a ver qué puedo asar hoy.


¿Y el zataar? Pues es una mezcla de especias que me tiene enganchadísima, porque incorpora entre otras muchas cosas sésamo tostado, que le da un puntito riquísimo a casi cualquier cosa. Podéis buscar recetas para hacerlo casero, comprarlo en tiendas especializadas o tener un primo casado con una israelí que te lo trae cuando va a su tierra, como yo 😛. O, simplemente, sustituir el zataar por la mezcla de especias que más os guste 😏.

Receta de calabaza y coles de bruselas asadas con zaatar
Inspiración: el invierno
Ingredientes a ojo según convenga

- 1 calabaza tipo cacahuete (butternut squash) o la que más nos guste
- 250-300 g de coles de bruselas (nacionales, por favor)
- 1-2 cucharadas de zaatar o mezcla de especias al gusto
- aceite de oliva virgen extra de buena calidad
- vino blanco, sidra o agua
- zumo de mandarina o naranja
- vinagre de manzana o de sidra
- salsa Worcestershire (al gusto, opcional, cuidado que no es apta para vegetarianos)
- sal (cuidado que el zaatar ya suele llevar)

Precalentar el horno a 200ºC y preparar una llanda o bandeja de horno grande.

Pelar la calabaza, abrir y retirar las semillas. Cortar en cubos. Lavar las coles de bruselas, quitar las posibles hojas dañadas y cortar por la mitad si fueran muy grandes.

Colocar ambas verduras en la bandeja. Mezclar el resto de ingredientes en un cuenco, batir un poco y echar por encima. Remover bien, mejor con las manos, y agregar un pelín de sal si fuera necesario.

Asar durante unos 30-40 minutos, removiendo de vez en cuando y vigilando el punto de cocción que más nos guste. Lo ideal es que se caramelicen un poco por fuera.



¿Y con qué acompañarlas? Se pueden tomar de mil maneras: como guarnición de carnes, pescados, tofu o legumbres, en plan ensalada templada con algún grano o cereal, combinadas con otros ingredientes en una especie de buddha bowl, con huevo escalfado o cocido... y solas están de muerte.

¡Abrigáos bien!

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