13 diciembre, 2018

Muffins integrales de puré de manzana y melaza con avena (desayunos con aromas navideños)


Mi casa hace semanas que huele a Navidad pero vuelvo a tener el problema de cada año: me saturo con todo lo que me gustaría hacer y sufro un bloqueo general del sistema. Ayer tenía la intención de adelantar la masa de mis galletas de jengibre habituales, y ya de paso aprovechar para hornear algo más. Pues estuve como una hora repasando libros, pines, enlaces y notas de recetas "para hacer".

Creo que por mi salud mental debería centrarme en mis dulces navideños favoritos habituales y dejar los experimentos para épocas menos estresantes. Aunque siempre hay sitio para unos sencillos muffins integrales de manzana especiados; es tan terapéutico prepararlos como devorarlos.



Cuando empecé a ver películas de cine clásico me hacía gracia eso de que los matrimonios durmieran en camas separadas. Yo era una niña que realmente no era consciente de que estaba viendo "historia", para mí solo eran películas, pero poco a poco aprendí a ver las cosas en su contexto. Recuerdo con mucho cariño 'Los perros de mi mujer', una película ñoña familiar de Disney pero llena de perros y gags simplones que funcionan en su falta de pretensiones. Mi madre siempre comentaba que eso de dormir en camas separadas tenía que ser maravilloso, sin nadie moviéndose sin parar, robándote la sábana o arrinconándote en el borde. Bromeaba, claro, pero a veces la entiendo.

Dormir en pareja es muy bonito, es pura intimidad cotidiana y siempre reconforta levantarse con alguien que quieres al lado durmiendo plácidamente -y un gato-. Peeero también pone a prueba un poco el amor en ciertas ocasiones.



Y no hablo solo de ronquidos -por el momento la cosa no es grave en esta casa-; el elfo, con sus casi dos metros, provoca un terremoto en la cama cuando se mueve, tiende a ponerse en diagonal -y yo tengo fobia a que me toquen con los pies- y encima habla en sueños. Me pega unos sustos tremendos, porque suelta largas frases completas a voz en grito y yo no tengo muy buen despertar. Y los sonámbulos me dan respeto, para qué engañarnos. Espero que no le dé por levantarse y ponerse a andar, como al parece hacía de niño.

Lo que no entiendo es lo friolero que puede llegar a ser. Con su pijama de invierno (¡y camiseta interior!) duerme bien tapadito y dice que pasa frío. ¡Y yo me levanto sudando! He empezado a dormir como mi padre, solo con una camiseta de tirantes, porque me achicharro debajo del nórdico. No sé si me están activando los genes suizos, o es que la cama nueva crea un microclima a prueba de inviernos suecos, pero empiezo a estar harta. Con lo agustico que se duerme en un pijama largo, calentito, tapándote hasta la nariz... Pues nada. En fin, al menos es bonito ver que él si duerme a pierna suelta.



Receta de muffins integrales de puré de manzana y melaza
Inspiración: la necesidad de dar salida a sobras de puré de manzana y ¡Navidad!
Ingredientes para unos 12 muffins

- 2 huevos de gallinas felices
- 300 g de puré de manzana o compota natural
- 1/2 cucharadita de vainilla
- 80 ml de aceite de girasol
- 70 g de queso fresco batido o yogur natural
- 60 ml de leche de soja o equivalente
- 40 g de melaza (miel de caña)
- 80 g de copos de avena finos
- 80 g de harina de avena
- 25 g de almendra molida
- 65 g de harina de espelta integral (o trigo)
- 1 cucharada colmada de panela o azúcar moreno (opcional)
- 1 cucharadita de bicarbonato sódico
- 1 cucharadita de levadura química
- 1/2 cucharadita de sal
- 2 y 1/2 cucharaditas de mezcla de especias (canela, jengibre, anís estrellado, clavo, nuez moscada, cardamomo, cilantro molido, pimienta de Jamaica...)
- pistachos o frutos secos para decorar (opcional)

Atemperar fuera de la nevera los huevos, el queso o yogur y la leche. Precalentar el horno a 180ºC y preparar una bandeja con 12 moldes de muffin. Yo preferí hacerlos de tamaño medio y aprovechar para hornear también unos cuantos en formato mini.

Batir con unas varillas los huevos con el puré de manzana, la vainilla, el aceite, el queso o yogur, la leche y la melaza, hasta tener una mezcla homogénea y ligeramente esponjosa.

Aparte combinar con unas varillas limpias todos los demás ingredientes. Formar un hueco central y agregar la mezcla húmeda poco a poco, mezclando suavemente. Combinar todo sin sobremezclar, hasta que no haya grumos secos.

Repartir en los moldes sin llenarlos hasta arriba y decorar con frutos secos al gusto. Hornear durante unos 18-22 minutos, o hasta que se hayan dorado y al pincharlos con un palillo salga limpio. Si son minis, tardarán menos. Esperar un poco fuera del horno antes de desmoldar y dejar enfriar en una rejilla.

Aguantan bien un par de días en un recipiente hermético, en una cocina fresca. Saben mejor pasadas unas horas, cuando se han asentado los sabores de las especias. Yo suelo congelar la mitad porque solo somos dos en casa y tampoco es plan de desayunar o merendar muffins a diario. Si no sois alérgicos a los "tropezones", os recomiendo añadir a la masa unas nueces picadas, arándanos rojos o trocitos de manzana fresca o deshidratada.



PD. ¡Feliz Santa Lucía! ¿Queda alguien por probar los Lussekatter?
04 diciembre, 2018

¿Por qué salgo a correr? No es sufrimiento ni obligación: simplemente me hace sentir bien

El otro día un familiar me dejó un comentario en las redes preguntándome que quién se comía todas las cosas que preparo, y respondí que en broma que luego hay que quemarlo todo y ya está; pero no es del todo cierto. En primer lugar, no hago tantos dulces como podría parecer -y además son mucho menos, digamos, dulces, a como los hacía hace años- ni los comemos a diario en casa. Pero si salgo a correr no es por quemar calorías o por compensar unas galletas o un bizcocho: corro sencillamente porque me encanta, me da vitalidad, me hace sentir bien.


Hace tiempo que no reflexiono un poco en voz alta -escrita- sobre mis salidas de running, quizá porque ya es tan parte de mi rutina que ni me parece algo reseñable. Sin embargo, cuando se comentó en la presentación del II Estudio de Vitalidad Zespri que practicar ejercicio es un motor clave de vitalidad, me di cuenta de lo importante que es para mí, para no volverme loca. Los comienzos pueden ser duros, pero en cuanto coges cierto hábito el ejercicio te engancha, y de buena manera.

Es curioso cómo, aunque esté cansada o lleve días durmiendo poco, salir a correr me despeja, me despierta y me estimula. La fatiga después de practicar ejercicio es diferente al agotamiento por llevar horas sentada delante del ordenador, o de pasarme la mañana cocinando y limpiando; es un cansancio positivo, revitalizante, por así decirlo.


No hace falta machacarse ni mucho menos, y de hecho no recomiendo llevarse hasta el límite ni obsesionarse con tiempos, marcas o pautas, salvo que nos dediquemos a competir. Yo corro ya sin metas, me dejo llevar, escucho música o podcasts y disfruto de mi barrio, del paisaje, de las calles, del campo o del espacio que sea donde me pille. Me llevo las zapatillas en la maleta por si saco tiempo cuando estoy de viaje para correr un poco -el amanecer de Viena el pasado mes de septiembre fue especialmente mágico-, y siempre merece la pena madrugar más para correr a primera hora si luego no voy a tener tiempo.

El ejercicio moderado es muy sano y básico para mantenerse bien, puede prevenir enfermedades y es una manera de llegar a la vejez en mejor forma. Pero también relaja, quita estrés, hace ver las cosas con otra perspectiva y te permite desconectar.

Yo recomiendo hacer deporte o salir a caminar al aire libre, porque es más barato que un gimnasio y porque necesito el contacto con el exterior. El aire, la luz, ver cómo cambia la naturaleza con el paso de las estaciones, encontrarme con los mismos vecinos, descubrir nuevas tiendas o caminos... Si trabajáis desde casa o encerrados en un cubículo, estirar los músculos en el exterior siempre es muy recomendable. ¡Mejor si hay un buen parque o entorno natural cerca, claro! Y, siempre que sea posible, aprovechando la vitamina D que nos da el sol.


No siempre se disfruta igual pero tampoco pasa nada, unas veces se rinde mejor que otras. Lo importante es saber escuchar al propio cuerpo, y mimarlo, que para eso es nuestro y el único que tenemos. Como señalan en el estudio, la vitalidad es una suma de muchos factores, alimentación, salud física, bienestar familiar, ocio, trabajo, relaciones de pareja... Para mí, salir a correr es ya algo básico para sentirme bien, y además me gusta hacerlo sola, es mi momento.

Si hacéis el test de vitalidad y os sale un índice bajito, quizá os falta encontrar ese deporte o actividad física que os enganche y os haga sentir bien. En la web tenemos ideas para empezar a practicar poco a poco nuevos hábitos, que sé que mucha gente necesita inspiración o un empujoncito para animarse. Y no hay que esperar a los "buenos propósitos" de año nuevo para arrancar, cualquier día es bueno para empezar a entrenar ;).

¿Vosotros sois deportistas? ¿Vais al gimnasio para "compensar" excesos o porque os gusta? ¿Sois constantes practicando ejercicio o más bien os movéis por rachas? Tengo curiosidad :).


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03 diciembre, 2018

Lombarda asada con puré de calabaza al miso y nueces (antes de Navidad, colores de otoño en la mesa)

Este año debe haber sido el mes de noviembre más fugaz de los que recuerdo en mi ya no tan breve vida. Creo que cuantas más cosas ocupan la agenda, más velozmente vuelan los días, y comenzarlo con una escapadita a Murcia ya puso en marcha el cronómetro. Hace días que en mi casa ya se huele a Navidad pero antes de ponerme totalmente monotemática quería dejar por aquí esta deliciosa -y saludable- receta, llena de colores y sabores de otoño. Col lombarda asada con puré de calabaza al miso y nueces, una combinación sencilla pero sabrosísima, sana y saciante, llena de color, texturas y sabores. Otoño... ¿por qué tienes tanta prisa por escurrirte de nuestras vidas?



Mi madre estuvo la semana pasada en su estancia habitual prenavideña, y cada vez agradezco más estas visitas. Sigo preparando su llegada como si esperase a un invitado de copetín, sacando los primeros adornos navideños, ordenando y haciendo limpieza a fondo, preparando el cuarto de invitados -al que le falta MUCHO trabajo, pero bueno, algún día-, horneando cosillas... Pero esta vez me he agobiado menos. Tenía mucho curro así que me ha ayudado con cosas de cocina y ha sido la catadora oficial de varias recetas.

No hicimos grandes planes y nos dejamos llevar; sí disfrutamos de una cena fuera en su honor porque acaba de cumplir años y se llevó la maleta a tope de regalos culinarios para compartir con mi padre y mi hermano. Ya hemos hecho algunos planes para la Navidad y tengo muchas ganas de recuperar tradiciones, aunque este año estoy algo melancólica y tristona -pensando en las fiestas. Supongo que son cosas de hacerse cada vez más mayor; espero que los niños más pequeños de mis primos me devuelvan un poco la ilusión cuando vuelva a mi tierra :).



Al menos tuvimos mucha suerte con sus días de visita; jornadas soleadas, con frío pero nada de viento ni niebla, muy agradables para pasear sin rumbo por el centro madrileño -con el avistamiento habitual de famosetes, mi madre los atrae-. Como siempre, cayó una exposición -esta vez la de Egipto del Caixaforum-, merienda con té y tarta, y pasamos el tiempo de rigor obligatorio entre la multitud de Sol viendo un poco las luces navideñas. Pero sin pasarnos.

En cuanto a la receta, creo recordar que la improvisé sobre la marcha un día que tenía el horno encendido para hacer pan. Había visto en alguna parte la idea de triturar calabaza asada con miso, y ahora es una de mis combinaciones de sabor favoritas. Yo tengo miso rojo en la nevera, de sabor bastante fuerte, pero podéis usar un miso blanco más suave, o el que más os guste.

La col lombarda asada en "gajos" es mi nueva forma favorita de cocinarla; para darle un punto extra de sabor y textura podemos pasarla por la plancha antes de servir, aunque si estoy vaga me ahorro el paso. El puré de calabaza se puede ir ajustando sobre la marcha al gusto; ya sabréis lo importante que es probar y probar la comida mientras se cocina, no queremos tener que corregir disgustos ya en la mesa.



Receta de col lombarda asada con puré de calabaza al miso y nueces
Inspiración: el otoño, que se nos escapa de los dedos...
Ingredientes para varias raciones variadas

- 1 calabaza tipo cacahuete
- 1 col lombarda de tamaño medio
- 2 cucharadas de miso rojo o blanco
- 1 cucharada de crema de cacahuete natural
- 1 cucharadita de mostaza de Dijon
- 1 cucharadita de vinagre de manzana
- 1 cucharadita de tamari o salsa de soja
- ajo granulado
- cúrcuma
- pimienta negra
- limón o lima
- nueces peladas
- perejil o cilantro fresco
- aceite de oliva virgen extra
- sal

Precalentar el horno a 200ºC y preparar dos bandejas o fuentes.

Cortar la lombarda en "gajos". Es más fácil si la cortamos primero por la mitad y luego vamos practicando cortes paralelos a cada parte, sacando unas 6-8 piezas en total. Hay que procurar dejar la base del tallo más dura, para que las hojas no se separen de cada trozo. Lavar y secar bien. Disponer en una de las fuentes y regar con un poco de aceite de oliva. Salpimentar ligeramente.

Cotar la calabaza por la mitad, quitar el tallo y sacar las semillas y filamentos. Practicar unos cortes en cuadrícula en la carne, salpimentar y pintar con aceite de oliva. Colocar boca abajo en la otra fuente grande, añadir un poco de agua.

Asar ambas verduras durante unos 30 minutos. A los 15 minutos, dar la vuelta con cuidado a cada pieza de col. Tienen que chamuscarse un poco por fuera, pero sin carbonizarse. La calabaza tiene que quedar muy tiernecita, puede tardar más. Reservar las coles.

Sacar la carne de la calabaza y colocar en una olla o cazuela. Machacar o triturar con una batidora. Mezclar en un cuenco el miso con los demás condimentos y añadir a la calabaza. Incorporar además ralladura de limón, un poco de zumo y las especias al gusto. Calentar a fuego suave y mezclar bien.

Probar y ajustar el sabor al gusto, añadiendo más o menos condimentos, según se prefiera algo más dulce, más ácido, más sazonado... También se puede añadir alguna especia o salsa picante.

A la hora de servir, marchar la col en una plancha a fuego bien fuerte, si se desea. Agregar nueces picadas, perejil o cilantro fresco, un golpe de pimienta negra y un chorrito de buen aceite de oliva virgen extra. Yo añadiría también un poco más de ralladura fresca de limón, pero igual es que soy adicta.


21 noviembre, 2018

Sin fruta no soy persona: el vicio confesable que me da vitalidad

Creo que ya habré comentado muchas veces que soy de esas personas que necesitan desayunar, sea la hora que sea. Me encanta el café, claro, pero no es una "necesidad". Ahora bien, si me salto mi ración de fruta fresca mañanera, sencillamente no soy persona. Literalmente me pongo de muy mal humor y noto que me falta algo; es mi vicio confesable y que me hace sentir bien y con ganas de arrancar el día.



Por eso no me dejan de llamar la atención las conclusiones de informes como el II Estudio de Vitalidad Zespri que se presentó el mes pasado. La dietista nutricionista Mireia Porta, experta en nutrición deportiva, señaló que en España el 80% de la población considera que la fruta fresca es lo más saludable para el desayuno, pero solo la consume un 8%. ¡Un mísero 8%! Si encima añadimos el dato de que casi la mitad de los españoles no desayunan regularmente, y que º de cada 4 no toma nada sólido desde que se levanta hasta que come al día siguiente, son datos para mí inconcebibles.

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Siendo España uno de los grandes productores de vegetales  de toda Europa me parece muy preocupante leer noticias como que el consumo de frutas y hortalizas "es una asignatura pendiente", o que "somos vagos" para comer fruta. Desayunar no es imprescindible, cierto, pero para muchos es un hábito clave para tener vitalidad y rendir bien el resto del día. Considerando que encima se suele comer tardísimo -doy gracias por ser autónoma y poder comer a mi ritmo-, no me extraña que tanta gente caiga en las máquinas de golosinas o comprando cualquier producto ultraprocesado de mala calidad cuando el estómago ruge.

De verdad, comer fruta a lo largo del día no es tan difícil. Yo me alegro mucho cuando mi madre me cuenta que desde pequeñitos mi hermano y yo siempre hemos comido fruta sin problemas, quizá es algo que aprendimos ya en casa como algo habitual. Lo curioso es que en los desayunos de los hoteles, cuando está bien preparada y preciosísimamente expuesta, siempre es un éxito; me temo que sí, somos vagos.



Con lo fácil que es comerse una manzana a bocados -y bueno para la dentadura-, partir un kiwi por la mitad o pelar un plátano. Salvo que se tenga alguna minusvalía, no hay excusa para no consumir fruta fresca habitualmente. Claro que el mundo en general no lo pone fácil con la escasa oferta o los precios absurdos -¡fuera del hogar solo se consumen 0,6 kg de fruta por persona al año! Pero eso tiene fácil solución llevándote tu propia fruta donde toque; anda que no han viajado conmigo piezas de todas las formas y colores en el bolso o la mochila.

Si hacéis el test de vitalidad y os dais cuenta de que tomáis menos fruta al día de lo que sería recomendable, probad a salir de la rutina incorporando fruta fresca a todo tipo de platos. En la web Espacio Vitalidad podéis encontrar inspiración para cocinar recetas para todos los gustos, desde el desayuno hasta la cena, además de otras formas de entrenar la vitalidad y adquirir hábitos saludables.



Porque sí, las frutas como el kiwi son estupendas para desayunar, merendar y también son el postre más saludable, pero eso no quiere decir que no podamos hacer platos salados con ellas. De verdad que el ceviche con aguacate y kiwi que tomamos en la Morning Party de El Huerto de Lucas era una absoluta delicia, por poner un ejemplo fácil.

Ahora que ya estamos todos pensando en los menús de Navidad -¿o me equivoco?-, no viene mal recordar que la fruta también tiene cabida en todos los platos. Y los invitados además nos lo agradecerán, por algo siempre triunfan los canapés y aperitivos a base de fruta fresca.
¿Vosotros sois más de tomar fruta tal cual o preferís preparar platos con ella? ¿Cocináis recetas saladas con fruta fresca?



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15 noviembre, 2018

Bundt cake jugoso de manzana con un toque de avellana y limón

¡Feliz Día Internacional del Bundt Cake! Que sí, yo también estoy harta de que cada jornada del calendario esté dedicada a una o varias cosas, a cada cual más absurda, pero los más veteranos sabréis que no me suelo perder esta cita. Básicamente porque es una excusa estupenda para hornear un bizcochón-pastel de los que me gustan, sacar mi precioso molde de Nordic Ware e ir poniendo el cuerpo en modo navideño. Esta año toca un jugosísimo bundt cake de manzana con un toque de avellana y limón, y ha entrado en mi top personal.



Los bundt cakes son uno de los dulces americanos que más me gustan, básicamente porque no van recargadísimos y porque enlazan directamente con la repostería centroeuropea. No se deben confundir con el Kugelhopf de panadería -una delicia-, aunque sí se relacionan con él; los germanoparlantes llaman a este tipo de bizcochos Gugelhupf, Guglhupf o Gugelhopf, y ya comprobé el pasado mes de septiembre en Viena que siguen siendo de los favoritos en Austria.

Estoy contenta con este otoño. A nivel personal, al menos -la actualidad mundial y nacional la dejamos para otro día-; a pesar de que mi estado anímico es una montaña rusa llena de loops y tirabuzones, el ambiente otoñal me reconforta y me reconcilia conmigo misma. ¡Cómo echaba de menos pasar frío! Y Madrid en otoño está tan bonito... tengo debilidad por el colorido de la naturaleza, esos árboles que se visten de rojo, amarillo y naranja, y van cubriendo el suelo con camas de hojas secas. 


Además el elfo y yo pudimos escaparnos a mi querida Murcia aprovechando el puente de noviembre; tenía muchas ganas de disfrutar de mi campo sin los 40ºC de verano, con fresquito, disfrutando del solecico, los campos ahora verdes y húmedos después de las lluvias, asando castañas en la chimenea... Incluso disfrutamos de un poco de turismo y relax en Lorca, que tenía pendiente de visitar. Y me ha enamorado la ciudad, para qué negarlo, ¡visita recomendadísima! 

Tengo que saldar todas las cuentas pendientes que arrastro con mi propia tierra. ¿Cuántas veces nos perdemos lo que ofrece nuestra ciudad o región mientras nos obsesionamos por viajar lejísimos? Ahora que vivo fuera, me apetece más que nunca recorrer Murcia de arriba a abajo y verla con otros ojos. Poco a poco :).


De vuelta a Madrid seguimos con días irregulares, de sol, nubes, vientos, frío, de nuevo sol, lluvia, tormentas, nubarrones... ¡me encanta! Ya ni le pregunto a Siri por la previsión metereológica, es más emocionante no saber qué te espera por delante -aunque poco práctico para hacer la colada-. Ayer por la tarde salí a correr pensando que estaba despejado y resulta que en 20 minutos se instalaron nubarrones justo encima del barrio y empezó a llover. Y yo encantada, claro. Qué bien huele el campo con esa humedad de la lluvia.


En cuanto a la receta del bundt cake de este año, estuve dudando si hacerlo más navideño, si retomar la calabaza o hacerlo puramente otoñal. Al final me apetecía volver a la rica manzana, también tan de esta época, que enlaza un poco con la repostería navideña pero que sirve para todo el año. El puré de manzana o compota se puede hacer casero o usar una buena marca comercial, preferiblemente sin endulzar. Con este ingrediente conseguimos una masa jugosa, sabrosa, menos grasa pero con una gran profundidad aromática, tierna y reconfortante. 

Si el elfo no fuera tan tiquismiquis con los tropezones le habría añadido manzana troceada a la masa, o más arándanos frescos, o uvas maceradas junto con algunas nueces o avellanas picadas. ¡No dudéis en hacerlo vosotros si os apetece! Lo genial de estas recetas es que se pueden personalizar y variar de mil formas, así que ya sabéis, a jugar un poco 😏.  El glaseado es muy sencillito y simplemente buscaba el delicioso toque fresco del limón, para redondear el conjunto.



Receta de bundt cake jugoso de manzana con avellana y limón
Inspiración: el National Bundt Cake Day, el otoño y esta receta
Ingredientes para 1 molde grande

- 180 g de mantequilla sin sal a temperatura ambiente (yo esta vez he usado I cant' believe it's not butter)
- 150 g de azúcar muscovado fino o panela
- ralladura de limón
- 3 huevos L (de gallinas felices, a poder ser)
- 140 g de queso fresco batido desnatado o yogur natural
- 400 g de puré de manzana
- 1 cucharadita de esencia de vainilla
- 150 g de harina de espelta integral
- 100 g de harina de repostería
- 100 g de harina de avena
- 50 g de avellana molida (o almendra)
- 1 sobre de levadura química de repostería
- 1/2 cucharadita de sal
- 1 cucharadita de canela molida
- 1 cucharadita de jengibre molido
- 1 buena pizca de nuez moscada recién rallada
- 1 buena pizca de clavo recién rallado o de pimienta de Jamaica
- azúcar glasé tamizado  (opcional)
- zumo de limón (opcional)
- arándanos frescos (opcional)

Precalentar el horno a 180ºC y preparar el molde de tipo bundt engrasándolo bien con mantequilla, y espolvoreando harina de avena o de otro tipo tamizada. Sacudir el exceso y reservar.

Trocear la mantequilla y batir con el azúcar y ralladura de limón durante unos 5 minutos, removiendo de vez en cuando con una espátula, hasta conseguir una mezcla ligeramente esponjosa. Añadir los huevos uno a uno, batiendo después de cada adición. Incorporar el puré de manzana y el queso o yogur con la vainilla y batir un poco más.

Agregar los ingredientes secos tamizados (más o menos, las harinas integrales y la avellana no son fáciles de tamizar) y batir lo justo para incorporar todo. Cuando tengamos una masa homogénea, verter en el molde con cuidado hasta repartirla bien.

Hornear durante unos 55-60 minutos, bajando la temperatura a 170ºC pasados los primeros 20 minutos. Comprobar el punto vigilando que no se queme por fuera, pinchando con una brocheta fina. Debería salir con pequeñas miguitas adheridas.

Esperar fuera del horno unos 10 minutos antes de desmoldar sobre una rejilla, con mucho cuidado. Dejar enfriar completamente. Decorar con un glaseado sencillo combinando un chorrito de zumo de limón y azúcar glasé necesario, añadiendo arándanos frescos si se desea.



¡Que disfrutéis de las tardes otoñales de horno! Pronto comenzará la vorágine navideña y no sé si estoy aún preparada, pero lo cierto es que tengo muchas, muchas ganas del ambiente familiar y nostálgico de las fiestas. Como siempre, a mi ritmo y a mi estilo, que para eso están.
05 noviembre, 2018

II Estudio de Vitalidad - ¿Cómo son nuestros hábitos saludables?



Amanece un lunes lluvioso en Madrid y para mí eso es empezar bien la semana, porque ya sabréis que la lluvia me encanta. Y no solo cuando puedo quedarme trabajando desde casa, también llovió la semana pasada cuando tuve que ir al centro e incluso paseé más de la cuenta, disfrutando bajo el agua. Se presentaban los resultados del II Estudio de Vitalidad Zespri y para ello había montada una morning party en El Huerto de Lucas, un lugar perfecto para hablar de hábitos saludables y probar cosicas ricas.



Si el I Estudio de Vitalidad se presentó en 2017 un día soleado a vista de pájaro de la Gran Vía madrileña, en esta ocasión la lluvia yo diría que hizo el evento más acogedor y familiar. Tenía ganas de conocer el espacio y sin duda volveré a probar su carta o comprar algo en los puestos tan monos de su mercado -ya estoy pensando en llevar a mi madre en unas semanas-; pero es curioso cómo el marco ha sido tan diferente al del año pasado y, sin embargo, yo me sentía con más vitalidad que entonces. Soy una chica de otoño, no lo puedo negar.

Los hábitos vitales de los españoles: aún se puede mejorar



Presentado por Pilar Rubio -tan estupendísima como en la televisión, tan rodeada de cámaras y micrófonos como era de esperar-, el II Estudio de Vitalidad Zespri recoge  los hábitos de los españoles en diferentes ámbitos para analizar cómo influyen en el nivel de vitalidad individual, que nos afecta tanto en la vida personal como en el trabajo o en nuestra relación con los demás.


Está claro que la alimentación es clave para tener una buena salud y también energía en el día a día, pero además es importante cuidar otros hábitos como la actividad física, la vida en pareja y familiar, el ocio, la comunicación con los compañeros de trabajo o los amigos... Todo influye a la hora de sentirnos felices y con energía positiva cada día, cuidando la salud física, mental y emocional.

Volvimos a contar con Mireia Porta -nutricionista-, Patricia Ramírez -psicóloga- y Teresa Baró -experta en comunicación- para presentar los tres puntos básicos que debemos tener en cuenta para alcanzar un buen índice de vitalidad, comentando cómo anda el nivel de los españoles y algunos consejos para entrenarlo y mejorarlo.



El estudio completo podéis consultarlo en www.zespri.eu/espaciovitalidad, destacando algunas conclusiones:

  • El 40% de los españoles no desayuna habitualmente y 1 de cada 4 no toma ningún sólido entre la cena y la comida del día siguiente. Quien me conoce ya sabe que esto para mí es inconcebible, y creo que gran parte de la culpa la tiene la manía de cenar tardísimo y de ir con prisas por la mañana. 
  • Un 80% considera que la fruta es la elección más saludable en el desayuno, pero solo el 8% toma fruta fresca para desayunar. Es decir, tenemos la lección bien aprendida pero pocos la practican. Yo, si no tomo nada de fruta en el desayuno, no soy persona. La necesito más que el café, que ya es decir. 
  • Los que tomamos fruta en el desayuno tenemos un índice de vitalidad mayor. A nivel personal puedo dar fe de ello. Sin fruta me apago.
  • La fruta rica en vitamina C es la mejor valorada, como los cítricos y el kiwi. Además tengo que destacar que son frutas muy ricas en fibra fundamentales para otro asunto muy importante... ir al baño regularmente. No me digáis que no tener una "buena salud intestinal" no es básico para sentirse bien. ¡Puedo hablar por propia experiencia, qué malos son los atascos!
  • Una hora de deporte al día mejora también la vitalidad diaria. Cuanto más te mueves, más energía y felicidad tienes. Otro aspecto más que puedo corroborar. Al principio cuesta, pero pronto coges el hábito y lo necesitas como el respirar.
  • La vitalidad favorece las relaciones de pareja, con menos aburrimiento, más ganas de hacer cosas juntos y mayor predisposición a tener una vida sexual estimulante y plena. Poco más que añadir.
  • Si tenemos vitalidad, rendimos más y mejor en el trabajo, somos más creativos, aprovechamos más el tiempo y tomamos mejores decisiones, mejorando además las relaciones con los compañeros. ¡Qué importante es sentirse realizado y feliz en el entorno laboral! O luego pagamos el mal rollo en casa con quien menos se lo merece... admito que he pecado de ello yo también. 

#EspacioVitalidad



En España se mantiene un índice de vitalidad medio de 7,4, aprobado raspado, aunque yo diría que poco a poco somos más conscientes de la importancia de cuidarnos por dentro y por fuera, dejando a un lado los postureos. Animáos a entrar en www.zespri.eu/espaciovitalidad para hacer el test y comprobar si vuestros hábitos coinciden con la media y qué aspectos se pueden mejorar 😊.

Mi índice de vitalidad ha mejorado respecto al año pasado, ahora ya supero el nivel 8 :D. Podéis comprobar cuál es el vuestro haciendo el sencillo test disponible online en el Espacio Vitalidad de Zespri. Respondiendo a las preguntas ya te vas dando cuenta de qué aspectos podrías mejorar, y una vez obtienes tu resultado recibes consejos para reforzar los hábitos clave de tu vitalidad. Porque la vitalidad se puede entrenar poco a poco, cada día, con pequeños gestos, y lo mejor es que se contagia a los demás. 

¿Qué pequeñas cosas o hábitos os dan a vosotros más vitalidad



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24 octubre, 2018

Receta de oatcakes o galletas de avena y semillas (sin azúcar, sin trigo, sin huevo, con opción vegana)


Esta receta de galletas de avena y semillas podría parecer la versión "sin" definitiva, pero mi intención no era subirme esta vez al carro de la moda saludable -o de lo pretendidamente saludable-. Es que, sencillamente, las oatcakes son muy simples porque tienen un origen humilde. Y nos demuestra una vez más que de la necesidad han salido cosas fantásticas que hoy podemos recuperar, y reinterpretar un poco.

Porque está muy bien eso de defender LA receta tradicional, genuina y auténtica, "como debe ser", de cualquier elaboración. Pero se nos olvida muchas veces que no existe una única versión válida, inmutable o universal. Que platos antiguos que recordamos de nuestras abuelas a veces salieron del paquete de arroz de aquella época, o vienen de unos años en los que se cocina así porque no había otra cosa. La nostalgia es válida y creo firmemente en la necesidad de investigar e indagar en nuestro pasado gastronómico, siempre que no sea para ofendernos con las propuestas del presente.



Estoy soltando reflexiones sobre la marcha; disculpadme por divagar. Pero llevo rumiando cierto malestar con algunos temas desde hace ya tiempo, y las redes no me lo ponen fácil. Por desgracia todo el mundo se vuelve opinador profesional detrás de una pantalla, y se ve que ahora solo interesa ofenderse, atacar y enfrascarse en un cerramiento mental que impide ver más allá del ombligo de uno mismo. Con lo bonito que es el diálogo, conocer otras propuestas, puntos de vista y culturas, intercambiar experiencias y conocimientos, abrirse a nuevas ideas... En fin, seré yo la ingenua.

Vuelvo a las galletas. Se llaman oatcakes, sí, pero no tienen nada de tarta o pastel. Ya sabemos que el vocabulario gastronómico es confuso y el mundo anglosajón muy amplio y variado. Hay pancakes que parecen crêpes, no todos los muffins son dulces y esponjosos y una biscuit de Londres no tiene nada que ver con otra de Kentucky.

Estas galletas proceden de la tradición escocesa, de cuya cocina yo diría que todo el mundo conoce, básicamente, la avena. Lleva ya años de "moda" o totalmente normalizada en nuestro país, reconvertida a ingrediente supersónico y favorito entre deportistas, gente fit y dietas varias. Pero sobre todo, es un cereal muy humilde que ha salvado la vida a muchas personas en tiempos de carestía.



En Gran Bretaña hay todo un mundo de variedades de avena -yo lo he comprobado en supermercados destinados a turistas británicos en Murcia-, con copos de diferente grosor, el cereal entero, machacado, molido a la piedra, más grueso o más fino, de cocción rápida, instantánea, en harina... Lo maravilloso que tiene es su versatilidad, y que puede ser un alimento de larga conservación muy fácilmente transportable, pues se convierte en comestible con muy poca cosa. Y está muy rica.

Mi receta está ligeramente modificada de este blog, guardada hace mil años, esperando a que por fin me acordara de probarla. Me ha encantado y pienso repetirla con mucha frecuencia, pues es sencillísima, rápida y admite muchas modificaciones. Son galletas sin azúcar ni edulcorantes, más crujientes si las dejas más finitas, que se pueden aderezar con especias o enriquecer con semillas y frutos secos. Yo he añadido semillas de alcaravea, Kümmel en alemán, muy típicas en la panadería centroeuropea y que combinan de miedo con quesos, una forma deliciosa de disfrutar de estas pastas. Pero tiene un sabor fuerte que no gusta a todo el mundo, así que las podéis omitir. Obviamente, el bote de semillas que veis en la foto tenía que comprarlo cuando lo vi en Alemania el año pasado.



Oatcakes o galletas de avena y semillas
Receta adaptada de Traficantes de sabores
Ingredientes para unas 30-45 unidades (dependiendo del tamaño y grosor)

- 140 g de copos de avena finos
- 140 g de harina de avena (o copos molidos caseros, mejor si queda algo gruesa)
- una pizca de sal
- un golpe de pimienta negra recién molida
- semillas de alcaravea (NO es comino, pero el comino común también sirve, si nos gusta)
- semillas de chía
- semillas de lino/amapola/sésamo...
- 30 g de "mantequilla" vegetal atemperada (he usado I cant't believe it's not butter, pero se puede usar cualquier equivalente o mantequilla normal) o unos 60-65 g de aceite (el aceite no tiene agua)
- 280 g de agua hirviendo

Precalentar el horno a 180ºC y preparar un par de bandejas con papel sulfurizado, lámina de silicona o, sencillamente, engrasarlas con aceite o mantequilla.

Combinar en un recipiente la avena con la sal, las especias y todas las semillas que nos apetezcan al gusto. Agregar la grasa elegida y mezclar groseramente.

Poner el agua a calentar y, cuando rompa a hervir, echar sobre la masa. Mezclar con un cucharón grande al principio y después amasar a mano. Debería quedar una masa húmeda pero maleable, nada pegajosa. Ajustar la cantidad de líquidos/secos si fuera necesario.

Estirar con ayuda de un rodillo, sobre papel sulfurizado de horno si se nos pega un poco. A mí me quedó perfecta, pero os puede ayudar usar otra hoja de papel encima para evitar que se adhiera al rodillo.

Dejar el grosor que se prefiera, entre 2 y 6 mm; cuanto más finas, más crujientes (y más unidades). Recortar galletas redondas o cuadradas y repartir en las bandejas. No crecen, se pueden arrejuntar (sin tocarse).

Terminar la masa y hornear hasta que estén doraditas. Yo he probado varios tiempos y grosores; tostaditas quedan muy ricas pero es fácil pasarse y que se churrusquen. Cuando empiezan a coger color, si no son muy gruesas, ya quedarán crujientes.

Dejar enfriar completamente sobre una rejilla antes de guardarlas en un recipiente hermético.

Tengo que decir que estas galletas de avena están buenísimas con queso y fruta fresca, mermelada o paté, aunque la mayoría las estoy devorando por sí solas con un té a media tarde, o después de cenar viendo alguna serie en el sofá. Con una chimenea y lluvia por la ventana seguro que saben aún mejor.
16 octubre, 2018

Pan de masa madre de larga fermentación en dos versiones: receta para el Día Mundial del Pan #WBD2018


¡Feliz Día Mundial del Pan! Como no podía ser menos, vuelvo a esta cita ya imprescindible para expresar mi amor por el buen pan y ayudar a difundir la pasión panarra por todos los rincones. En esta ocasión retomo las recetas de masa madre con un pan sencillo, pero que requiere algo de paciencia o cierta planificación. Pero sin esclavizarnos a la cocina; ya sé que es algo que temen muchos novatos con las masas madre. Tan solo hay que dejar a la masa y los bichitos trabajar sin prisas :).


Últimamente tengo poco tiempo de experimentar con nuevas recetas de pan, a pesar de que sigo leyendo muchos libros, revistas y visitando decenas y decenas de blogs de panadería en diferentes idiomas. El problema que tengo desde hace tiempo es que me cuesta mucho centrarme, organizarme bien y no vivir a salto de mata. Supongo que todavía estoy en una fase de transición en mi vida y nuestra casa nueva todavía necesita más rodaje. Sí, sigo con un desorden algo caótico de las cosas de cocina, necesito ponerme a organizar todo seriamente, con calma y pensando con lógica.


Porque cuando nos mudamos lo único que quería era vaciar las cajas y bolsas del traslado. Odio las cajas de mudanza. No soporto tener bolsas por en medio llenas de cosas sin orden ni concierto. Así que fui vaciando y llenando cajones y armarios un poco al tuntún, y claro, ahora me doy cuenta de que falta replantearlo todo. Tengo ideas en mente pero necesito sacar varias horas para sacar partido de verdad a la cocina -y los armarios de la ropa y el trastero, pero ese es otro tema-; estoy segura de que se me están caducando cosas que ahora mismo ni siquiera recuerdo que tenía.


El caso es que, con este panorama, cuando quiero hacer pan recurro a mi fórmula favorita que ya volví a compartir hace unos meses. Refresco mi masa y la alimento hasta tener más de 250 g; mezclo con la proporción habitual de agua y harinas y tiro para adelante. Sin embargo, las últimas semanas me he aficionado más a otra elaboración de lo más sencilla, usando nada más que 1 cucharada de masa madre.

Mi intención era ponerla a punto después del parón veraniego, pero la muy pillina ya estaba desbordante de actividad y fuerza al poco de alimentarla. Y como la vi con tantas ganas de trabajar, pero tenía poca cantidad, usé un prefermento que tenía apuntado de no sé qué receta de no recuerdo dónde. El resultado es fantástico y la elaboración del pan es ideal para acoplarla a un fin de semana.


Os enseño dos panes horneados con este método; con el primero hacía aún demasiado calor y no pude retrasar la fermentación tanto como hubiera querido, mientras que con el segundo aumenté la hidratación un pelín y además probé a hornearlo en una cazuela de hierro. Ambos quedaron deliciosos, con una corteza crujiente, tostadita, de las que tanto me gustan, y una miga tierna, jugosa, muy aromática, con muy poca acidez. Yo confieso que me gustan mucho más los panes más recios de miga más compacta, y es una suerte, porque los alveolos gordos son mucho más complicados de conseguir.



Receta de pan de masa madre de larga fermentación
Inspiración: el Día Mundial del Pan
Ingredientes para 1 pan grande

- 15 ml de masa madre bien activa
- 50 g de agua
- 50 g de harina de trigo o espelta integral

- 375-385 g de agua
- 200 g de harina panadera blanca
- 100 g de harina panadera integral
- 100 g de harina de centeno integral
- 1 cucharadita de melaza o miel
- 1 cucharada de semillas de alcaravea (opcional)
- 3-4 cucharadas de semillas de lino y/o de girasol
- 8 g de sal

La tarde-noche antes de elaborar la masa, preparar el prefermento mezclando la masa madre con el agua y la harina, hasta que no queden grumos secos. Tapar con plástico film y dejar como mínimo 8 horas a temperatura ambiente. Yo lo suelo tener unas 12-16 horas, pero si hace calor tendrá que estar menos.

Combinar las harinas en un recipiente grande, formar un hueco y echar el prefermento, el agua y la miel, y mezclar groseramente. Tapar con un paño y dejar autólisis unos 20-30 minutos. Incorporar las semillas y la sal, y empezar a amasar ligeramente en el mismo cuenco.

Yo me dedico a practicar amasados cortos y reposos, simplemente haciendo pliegues dentro del cuenco con una rasqueta, a lo largo del día. Dependiendo de la temperatura puede estar lista en 3-4 horas. Cuando veo que la masa ya tiene buena consistencia, elástica, homogénea y suave, Formo una bola y la dejo tapada en la nevera toda la noche.

Pasadas 12-16 horas, sacar la masa y practicar unos buenos pliegues como si fuera un sobre. Formar una bola y colocar en un baneton enharinado, o sobre un paño limpio también enharinado, que podemos colocar sobre un cuenco o una cazuela para que mantenga la forma.

Ahora podemos dejar que doble su tamaño directamente o, como prefiero hacer yo, volver a retardar el levado en la nevera unas horas, tapado. Depende realmente de nuestra organización.

El pan levará igualmente en la nevera, dependiendo de la fuerza de la masa madre. Sacar para que se atempere un poco mientras precalentamos el horno a 250ºC.

Si lo horneamos en una cazuela es conveniente cubrirla con papel sulfurizado y/o harina o sémola. También queda estupendo sobre la bandeja corriente de horno, y si tuviéramos una piedra ya sería estupendo. Volcar la masa con cuidado, practicar unos cortes al gusto y hornear, echando agua sobre las paredes del horno con un spray para generar vapor, durante unos 15-20 minutos.

Bajar la temperatura a 200ºC cuando esté ya bien oscurito y continuar el horneado unos 40-50 minutos más. Si se tuesta demasiado lo podemos cubrir con papel de aluminio. Dejar enfriar completamente sobre una rejilla antes de cortar.

Estos panes salieron como salieron, dejándolos un poco a su libre albedrío y sin preocuparme mucho por ellos. Sin obsesiones, sin complicaciones. Y supieron a gloria. No sé cuántos días aguantan bien porque los devoramos antes de que puedan empezar a pasarse, y además siempre congelo algunas rebanadas frescas para tener reservas de emergencia.


Con esto solo quiero concluir que hay que perder el miedo a la masa madre, que se pueden lograr panes de escándalo en casa sin volverse loco. Las elaboraciones más difíciles y trabajadas por ahora se las dejo a los buenos panaderos y panaderas que defienden una profesión muy sacrificada, por suerte con una pasión que hay que reivindicar más.

Sobre todo, que viva el buen pan de calidad hecho con cariño.
07 octubre, 2018

Clafoutis de arándanos sin lactosa: receta adaptada del chef Andreas Caminada


Lo prometí: hoy tenía que volver con una receta dulce. Este clafoutis de arándanos espero que sirva para endulzar un poco el ambiente tan tristón que dejé la semana pasada, aunque creo firmemente en que para ser feliz también hay lugar para la tristeza. La receta es sencillísima y toda una tentación para los verdaderos amantes de los arándanos y bayas en general; la preparé en verano porque sabía que mis padres la iban a disfrutar con gusto, y no me equivoqué. ¡Sin lactosa, por supuesto!



Antes de pasar a la receta, permitidme que grite un poco GRACIAS por todos vuestros mensajes y comentarios, no solo los que habéis dejado por aquí. Todas las palabras de ánimo, de comprensión y de recuerdo para mi querido Gato me han emocionado mucho, sobre todo por la empatía compartida con todos los que también habéis amado a algún animal. Y sé que sois muchos los humanos que convivís con gatos :). Espero poder responderos a todos con más calma, cuando ya se me haya pasado la tontería -creo que tengo algo de bajona otoñal, a pesar de que me encanta esta época- y pueda detenerme sin prisas. Ya va siendo hora de recordar a nuestro gordito sin nudos en la garganta, hay que pasar ya a las memorias felices.



Pasando ya al postre de hoy, este clafoutis de arándanos lo tenía bien fichado desde hace meses, cuando encontré de casualidad la receta en vídeo en alguna página suiza, elaborada en vivo por el mismísimo Andreas Caminada. ¿Que quién es el bueno de Andreas? Pues un chef suizo muy apuesto -veréis en las fotos que le tiran más los genes italosuizos-, al frente del restaurante del Schloss Schauenstein, con tres estrellas Michelin. Pero esta receta no tiene nada de elaboración compleja y rebuscada, es tan simple y sencilla que en su simpleza radica su éxito.

El clafoutis me encanta porque es una elaboración sencillísima, que se puede preparar con todo tipo de frutas y admite mil variaciones. En esta ocasión los arándanos le dan un sabor realmente especial, no hay que pelar ni quitar huesos y combinan de maravilla con el toque de almendra que lleva la masa. Lo repetiré, sin duda, mezclando varios tipos de bayas para jugar un poco más con los sabores y el color. ¡Ojalá tuviera cerca un bosque en el que recolectar a mano moras, frambuesas y grosellas!

Ah, por cierto, Caminada usa avellana molida y lo prepara en moldes individuales, otra estupenda opción si queremos servir un postre más aparente con invitados en casa. Y no vendría nada mal añadir una salsa de vainilla, helado o nata montada casera a la ecuación. Yo usé el molde viejunísimo que sigue sobreviviendo en la casa de campo de mis padres, probablemente con más años que yo misma,




Receta de clafoutis de arándanos sin lactosa
Inspiración: adaptado de Andreas Caminada 
Ingredientes aproximados para 6 raciones generosas

- 2 yemas
- 1 huevo entero
- 185 ml de nata para montar sin lactosa
- 60 g de almendra molida
- 65 g de azúcar
- 1 pizquita de sal
- unas gotas de esencia de vainilla
- 250-280 g de arándanos frescos
- mantequilla para engrasar el molde

Precalentar el horno a 190ºC  y engrasar un molde grande o varios individuales. Cuanto más estrechos sean, más fino quedará el clafoutis.

Batir las yemas con el huevo y la nata en un recipiente, sin espumar mucho, con unas varillas. Añadir la almendra, el azúcar, la sal y la vainilla, y batir hasta tener una masa homogénea sin grumos. Echar los arándanos (lavados y secos) y mezclar con suavidad.

Repartir la masa en el molde, igualando bien la superficie, y hornear durante unos 20 minutos, si es en molde grande. Vigilar bien por si acaso, ya que dependiendo del molde puede hacerse antes. Debe quedar ligeramente jugoso por dentro y bien doradito por fuera.

Dejar enfriar antes de servir. Se puede tomar algo tibio, con una bola de helado, o ya enfriado con salsa caliente de vainilla. O tal cual, a temperatura ambiente y sin más complicaciones. Está buenísimo.


27 septiembre, 2018

Un retorno y una despedida: gatos que te roban el corazón


Ya era hora de volver. No era mi intención dejar tantas semanas en blanco, pero me temo que lo necesitaba. El típico paréntesis veraniego, sí, pero con otro motivo más que me echaba para atrás a la hora de teclear. No he desaparecido porque se me puede seguir la pista por las redes sociales; sin embargo, no podía volver al blog con una receta más. Hoy vengo a despedirme de mi gato.

Si me ha costado tanto escribir este post es porque se me formaba un nudo en la garganta solo con pensarlo, pero ya no quería -no podía- postergarlo más. Estoy llorando ahora mismo y era inevitable, porque mi viejo gato me robó el corazón, y lo hizo sin que me diera cuenta.


Estaba malito. Tenía ya su edad, unos 16-17 años, pero fue un maldito virus el que se lo llevó al final. El año anterior ya me di cuenta de que estaba muy delgado, y habiendo sido siempre un gato corpulento se notaba mucho. Al irme a vivir fuera yo me fijé mucho más que mi familia, que al fin y al cabo seguían viviendo con él, así que sugerí llevarlo al veterinario. Al principio solo parecía un problema del hígado, que no asimilaba bien los alimentos y por eso adelgazó tanto, pero luego me contaron que tenía un virus terrible incurable, de cuyo nombre ni me acuerdo, ni quiero.



Por esa maldita enfermedad cada vez estaba más débil, cojeaba, vomitaba con mucha frecuencia y estaba perdiendo el oído y el olfato. Lo peor al principio no se veía mucho, porque le estaba destrozando la boca, impidiéndole comer bien, causándole mucho dolor. Los últimos meses fueron los peores, cuando todo se aceleró, y yo me los perdí. Pero se me partía el alma con todo lo que me contaban mis padres... 



A principios de verano volvió al campo, a su campo, donde un día apareció en nuestras vidas. Tan chiquitajo, en los huesecillos, con unas orejas enormes y una cara de pillo que nos conquistó con su desparpajo. Se comía hasta las lentejas que le dábamos, y le cogió mucho gusto al tomate, una afición que conservó hasta sus últimos días. Mis padres no querían animales después de la perrita que tuvimos hace mucho tiempo, y mi padre ni si quiera pensaba que los gatos podían ser buenos animales de compañía. Pero él estaba dispuesto a demostrar lo contrario.





Nos marchamos a Suiza aquel verano y, tres semanas después, al volver allí estaba, esperándonos en la puerta de casa, cariñoso y juguetón como siempre. Al final no tuvimos más remedio que acogerle, al menos en la casa del campo. Pero tuvo la "suerte" de que algún malnacido le pegó un tiro con una escopeta de perdigones, porque al volver un fin de semana de otoño, lo encontramos cojeando.



"O se cura solo, o se muerte", dijo el veterinario aquella vez. Nos dio tanta penica que mis padres accedieron a llevarle al piso de Murcia; tras unos primeros días de susto y confusión, se hizo el señor de la casa. La primera noche salió de debajo del sofá para colarse en mi cuarto, cojeando, asustado; lo subí a mi cama y ya no me soltó más.

Es curioso cómo los animales se convierten en parte de la familia sin darte cuenta. A mi gato no le pusimos nunca nombre porque no queríamos encariñarnos, solo era "el gato". Al final, cuando quisimos bautizarlo, ya no le pegaba ningún otro nombre. Era Gato, con mayúsculas, a veces Gordo, Misi, Guapo, Tigre o Pequeño cabroncete, pero Gato. Nuestro gato. Mi gato.



Se me emborrona la vista con las lágrimas al recordar tantas cosas, pero por suerte tengo a mi Lito al lado que me consuela. Si no fuera por él lo estaría pasando mucho peor, y ahora, que solo lleva poco más de un año con nosotros, sé lo mucho que sufriré también cuando tengamos que despedirnos. ¿Que los gatos no son cariñosos, que no se les coge cariño, que no te quieren? Eso solo lo dice alguien que no ha convivido con uno. 



Tenía la esperanza de poder acariciarlo una última vez, pero cuando llegué a Murcia en agosto, mi padre me dijo que el día anterior lo habían tenido que sacrificar. Estaba sufriendo mucho, se le veía en los ojos, una mirada triste y cansada. Yo no sé si lamentar no haber podido despedirme o agradecer no haberlo visto así. Siempre lo recordaré tan lleno de vida, tan pillo, tan feliz corriendo por el campo persiguiendo a otros gatos, subiéndose por los tejados buscando presas y jugando con sus ratones de trapo. Siempre pidiendo su desayuno puntual sin conocer el concepto de "madrugar", exigiendo su sitio en el sofá, eligiendo la cama más cómoda y encontrando los rayos de sol en cada rincón de la casa en invierno.



No se puede describir el cariño que te da un animal abandonado cuando lo acoges en tu hogar. Y sí, te hacen sufrir un poco, pero por muy amargo que sea decir adiós, los recuerdos te hacen sonreír. Aunque sea con un maldito nudo en la garganta que parece que nunca se quiere ir. 

Hasta siempre Gato. Gracias por tanto.
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