29 junio, 2018

Crêpes de avena y centeno con compota de fresas y chía - Ay, el verano...

No voy a decir que el tiempo pasa en un suspiro, porque todas estas semanas en las que he dejado mi pobre blog en barbecho han dado para mucho. Tampoco es que haya emprendido grandes proyectos y aventuras, pero tampoco tengo la sensación de que hayan volado. Vino mi madre en su visita de final de primavera habitual y luego disfrutamos de días de lluvia y fresco casi hasta rozar el verano, y yo quise disfrutarlos. Pero el estío llegó y ya entro en modo zombie; me cuesta horrores hacer cualquier cosa y me pongo de mal humor a la mínima. Por suerte preparar unos crêpes de avena y centeno como estos no requiere grandes esfuerzos, ni arriesgarse a morir de asfixia por encender el horno.


Me resulta extraño pensar que hace ya un año que estamos viviendo en nuestra casita, que en estas fechas vivía entre cajas haciéndome al nuevo barrio y recibiendo cada día a un obrero, carpintero, fontanero o electricista. Y con un gatito muy pillín que no paraba de hacer trastadas mientras crecía a la velocidad del rayo. Las trastadas las sigue haciendo, pero ahora es un tigre enorme y tampoco lleva muy bien el calor, así que se pasa el día tirado buscando los rincones más frescos de la casa.



Estos crêpes llevan ya su tiempo esperando a ver la luz y hoy no tenía ningunas, ningunas ganas de ponerme a escribir un rato más después de una sesión intensa de trabajos domésticos. Pero me daba pena tener mi querido blog como mi última prioridad en la vida, cuando hace años tenía que contenerme por publicar a diario. Al menos no quiero dejar pasar un mes entero sin publicar, y esta receta va para cumplir con el mes de junio. Que, a pesar de todo, no está siendo el infierno caluroso de los últimos veranos.


Porque recordemos que hace dos o tres años tuvimos la primera ola de calor bien pronto, pero olaza de esas de 40 grados a diario y sin bajar de 27 de madrugada. Lo peor fue que se encadenaba una con otra, y encima el elfo y yo tuvimos dos bodas que fueron, digamos, ardientes. Y el año pasado precisamente llegó el calorazo muy pronto, justo en plena mudanza. Porque empaquetar tu vida, transportar muebles y montar tu nuevo hogar no era ya un trabajo lo suficientemente agotador.


Definitivamente, todavía no ha pasado el tiempo suficiente de la mudanza como para recordarla con cierto cariño y nostalgia. Solo cruzo los dedos para no tener que repetir en muuuucho tiempo, y si llega el día ya procuraré que caiga en la fresca primavera o el suave otoño.

Ya he comentado alguna vez que me gustan muchísimo los crêpes y que no sé por qué no hago más a menudo. Tengo mi versión de la receta más clásica con chocolate y plátano, la ligera variante "a la suiza", aprendida de mi padre, y también hice hace un tiempo una opción rústica con centeno para rellenar setas. Esta vez improvisé un poco sobre la marcha una tarde que no había pan para cenar -¡drama!-. El elfo se los tomó con relleno salado pero yo me di el capricho de hacer una compota rápida de fresas maduras con chía, que estaba deliciosa con yogur griego natural.



Crêpes de avena y centeno con compota de fresas y chía
Inspiración: la falta de pan y las ganas de liarme a cocinar
Ingredientes para 2 personas

- 2 huevos L de gallinas felices (tamaño aproximado)
- 250 ml de bebida vegetal o leche sin lactosa (o la leche que tengáis)
- 50 g de harina de avena (copos triturados en casa)
- 10 g de harina de centeno integral (o espelta)
- 1 chorrico de agua (aproximadamente 20 g)
- 1 pizca de sal
- ralladura de limón
- gotas de esencia de vainilla
- mantequilla para engrasar

- fresas maduras u otra fruta aromática
- zumo de limón o naranja
- vainilla o canela (opcional)
- semillas de chía

Tan sencillo como batir los huevos un poco antes de añadir todos los demás ingredientes, dejando una textura semilíquida sin grumos secos. Se puede hacer a mano con varillas, con batidora de varillas, con robot de cocina, con batidora de vaso o con batidora de brazo de inmersión (minipimer).

Tapar y dejar reposar mínimo 20 minutos. Si hace calorazo, casi mejor que en la nevera, sobre todo si va a pasar más de media hora.

Calentar una buena plancha o sartén antiadherente, engrasar con una nuez de mantequilla (o aceite de girasol) y cocinar los crêpes procurando que no salgan muy gruesos. Yo hago la masa en una jarra, así es más fácil de verter directamente. Ya tanteo a ojo la cantidad necesaria, al principio usaba un medidor para no pasarme.

Ya sabéis, hay que girar la sartén para que se extienda toda la masa bien y dejar cocinar un par de minutos hasta que se puedan levantar los bordes y el centro esté cuajado. Yo despego un poco con una espátula y les doy la vuelta con las manos.

Mantener en caliente apilándolos mientras terminamos con toda la masa. Se pueden calentar un poco en el microondas si hiciera falta, pero hay que guardarlos bien tapados para que no se resequen.

Para la compota de fresas solo hay que trocear setas maduras bien lavadas, cocerlas con un poco de limón o naranja y una vaina de vainilla, y chafarlas a lo bruto con un tenedor. Añadir una cucharada bien colmada de semillas de chía y dejar que espese en frío.




¿Cómo os gustan a vosotros los crêpes? ¿Sois más de salado o de dulce? ¿Enrollados o en triángulos? ¿Filloas, frixuelos, galettes...? ¡Hay tanta variedad y tantos rellenos posibles! En serio, ¿por qué no hago más a menudo?

¡Buen fin de semana!
11 mayo, 2018

Madeleines de lavanda y naranja para celebrar la primavera

Estoy alucinando con la explosión de primavera que hay en la zona por donde salgo a correr. Hay un caminito que cojo para dar la vuelta en mi circuito que está casi impracticable de las plantas llenas de flores que han surgido estos días; no me quejo, ¡faltaría más! Tanta lluvia ha dado sus frutos y tenemos que aprovechar que todavía la naturaleza nos regala cosas así. Por eso hoy vuelvo con dulce, unas madeleines de de lavanda y naranja inspiradas por esta época.


Mis primeras madeleines de verdad las probé en Francia, y cuando encontré en París un molde precioso de metal de calidad no pude evitar hacerle hueco en la maleta. Lo guardo como oro en paño y sigue perfecto, aunque tengo que admitir que de tan bien guardado que está se me olvida usarlo. Muy mal por mi parte, con lo fácil que es preparar la masa y lo riquísimas que salen.

También es cierto que aún sigo con cierto caos organizativo en casa. Va a hacer pronto un año que nos mudamos, y sigo sin tener del claro cómo organizar y guardar todas las cosas de cocina, entre ingredientes, utensilios, vajilla, accesorios y mil chorradas más. La semana pasada montamos un mueble nuevo (¡vitrina cerrada a prueba de gatos trepadores!) y tengo que volver a replantear cómo clasificar todo. En esas estoy... y de pronto encuentro cosas que había olvidado que tenía.


La mudanza me puso los pies en la tierra y ya no compro casi nada nuevo de cocina, ni se me van las manos como una loca cuando encuentro ingredientes raros. Bueno, ejem, esto último quizá no es cierto del todo, pero si me controlo un poco más. Y desde luego que me he propuesto usar más todo lo que tengo, productos incluidos; no quiero que me vuelvan a caducar especias por miedo a que se me gasten. Es absurdo.

Estas madeleines son muy sencillitas, esponjosas y muy aromáticas, sin empalagar, perfectas para sacar con el café. El toque floral de lavanda es de mis favoritos -casi el único que tolero, junto con el azahar- en repostería, y combina muy bien con la naranja. Son aromas que me inspiran días primaverales como estos, de tardes largas y soleadas pero con alguna que otra tormenta traicionera, que sigue alimentando los verdes campos. Ya llegará el verano, ya...


Si no tenemos bandeja de madeleines se pueden hacer perfectamente en otro tipo de moldes, mejor de tamaño pequeño. Yo aproveché que me sobró un poquito de masa para hornear mini muffins; ¡no iba a malgastarla! Supongo que todo de golpe en molde de bizcocho también saldría rico.

Receta de madeleines de lavanda y naranja
Inspiración: la primavera y recuerdos de París
Ingredientes para unas 10 unidades

- 85 g de mantequilla sin sal
- 2 huevos de gallinas felices
- 50 g de azúcar
- ralladura de naranja
- 1/2 cucharadita de flores de lavanda comestibles
- 1 cucharada de panela o azúcar moreno
- 1 cucharada de miel local floral
- 95 g de harina de repostería
- 1 cucharadita de bicarbonato sódico
- 1/2 cucharadita de sal

Derretir la mantequilla y dejar enfriar un poco. Estrujar el azúcar con la ralladura de naranja y la lavanda en un recipiente mediano para liberar los aromas. Añadir el azúcar moreno y la miel, los huevos y la mantequilla, y batir todo muy bien hasta que crezca el volumen.

Agregar la harina con el bicarbonato y la sal, mejor si lo tamizamos, y combinar con suavidad hasta tener una masa homogénea sin grumos. Tapar y dejar en la nevera 30 minutos.

Precalentar el horno a 200ºC. Engrasar un molde de madeleines -personalmente no me gustan mucho los de silicona- con mantequilla. Llenar una manga pastelera con la masa y rellenar las cavidades sin llegar a cubrirlas del todo. O echar directamente con una cucharilla.

Hornear durante unos 8-10 minutos, hasta que se hayan dorado. Esperar a que se enfríen sobre una rejilla antes de servir.



Lo dicho, muy sencillas pero exquisitas, y quedan estupendamente en una bandeja si tenemos visita e invitamos a tomar café o té. Aguantan bien un par de días en un recipiente hermético.

¡Buen fin de semana!
30 abril, 2018

Tarta de limón y queso para endulzar un cumpleaños algo desmotivado

¡Llego a publicar mi tarta de cumpleaños aún en abril! Si me hubiera colado ya en mayo habría sido extraño. Abril en mi cabeza es sinónimo de mi cumple, y con mayo visualizo a mi hermano. Por suerte hoy es medio puente/acueducto y tengo un ratico libre esta mañana de lunes extraño, ahora que mi gato Lito está relajado y el elfo aún sigue durmiendo. Porque esta tarta de limón y queso me endulzó un cumpleaños que esta vez llegó totalmente desganado; a partir de su cata la cosa mejoró bastante.



No es que estuviera especialmente triste o nostálgica, como siempre me ha pasado en mis cumpleaños. Un poco de morriña sí tuve, claro; es normal acordarse de los cumples pasados y cuesta tener a toda la familia lejos. Pero me pilló en medio de mucho lío y más que triste estaba agotada. Y me di cuenta de que si planear tu cumpleaños te da pereza o desdén, quizá es señal de que no deberías complicarte con nada solo por obligación.


Los días previos intenté pensar en planes para "celebrarlo", aprovechando que además caía en viernes... ¡pero nada me hacía ilusión! ¿Y eso era una tragedia? Pues al final me levanté el mismo día sin ningún compromiso, me sinceré conmigo misma y me di cuenta de que solo me apetecía darme un capricho dulce de los que más me gustan últimamente. Una tarta de base crujiente rústica con un relleno fresco, cremoso y algo ácido. Dicho y hecho, tarta de limón y queso sin lactosa sin más florituras. Nada de tartas complicadas o elaboraciones complejas.


Hacía tan buen día que solo me apetecía pasar media tarde viendo series con el elfo mientras merendábamos la tarta, y luego pasear por El Retiro sin rumbo y sin prisas. El parque estaba espectacular, verde y florido, con un cielo azul precioso y una ligera brisa de primavera. Después fuimos a cenar -¡sin reserva! ¡A lo loco!- a un restaurante que me gusta mucho y listo. Un cumpleaños tranquilo.


Tengo que confesar que estuve  punto de publicar esta receta el jueves pasado, pero ya sabemos lo que ocurrió. No quería traer la rabia, la impotencia y la tristeza que me invadió hasta aquí, pero tampoco puedo ignorarlo. Quiero acordarme de todo cuando relea esto dentro de unos años, no lo podemos olvidar.



Me niego, eso sí, a que me estropeen el dulce recuerdo de esta tarta. La hice a mi gusto improvisando un poco y me encantó; quizá no fue un cumpleaños especial pero lo pasé como a mí me apetecía y con quien más quería en ese momento. Y por eso quizá sí guarde un recuerdo especial en mi memoria cuando vuelva la vista atrás en el futuro. ¡Son ya muchos pasteles y tartas de cumple compartidos con vosotros!


Receta de tarta de limón y queso
Inspiración: mi cumpleaños
Ingredientes para un molde de unos 22 cm

- 100 g de harina de avena
- 100 g de harina de espelta
- 1 pizca de sal
- 1/4 cucharadita de cardamomo molido
- 1 cucharada de azúcar fino (tipo caster, no glasé)
- ralladura de limón
- 100 g de mantequilla sin sal muy fría
- 1 huevo

- 3 huevos camperos grandes
- 200 g de nata para montar sin lactosa
- 200 g de queso crema sin lactosa
- 75 g de azúcar (o equivalente en edulcorante al gusto, algo más si te gusta más dulce)
- 1 pizca de cúrcuma (opcional)
- 1 buena pizca de sal
- 125 ml de zumo de limón recién exprimido y colado
- ralladura de limón al gusto

Combinar en un procesador de alimentos o batidora de vaso las harinas con la sal, el cardamomo, el azúcar y la ralladura de limón. Añadir la mantequilla fría cortada en cubos y triturar hasta que quede una textura de migas. Incorporar el huevo y trabajar hasta tener una masa homogénea y lisa.

Aplanar con las manos para formar un disco y envolver en plástico film. Dejar reposar en la nevera como mínimo 30 minutos. Precalentar mientras tanto el horno a 180ºC y engrasar un molde de tarta rizado.

Estirar la masa con un rodillo y cubrir el molde. Pinchar la base ligeramente con un tenedor, poner una hoja de papel de hornear y algunos pesos -o arroz, o legumbres secas-. Hornear durante unos 15 minutos y dejar enfriar ligeramente. Separar 50 g del queso crema y cubrir con el resto el fondo de la tarta, aún tibia.

Batir con batidora de varillas a velocidad baja los huevos con la nata, los 50 g de queso crema, el azúcar o edulcorante, la cúrcuma (da color), la sal y el zumo de limón. Añadir si se desea algo de ralladura, aunque yo eché casi toda al final antes de servir.

Verter en el molde y hornear durante unos 25-30 minutos, hasta que haya cuajado. Cubrir con papel de aluminio si se empezase a quemar demasiado por arriba. Esperar a que enfríe por completo antes de servir.



Yo habría añadido una capa de salsa de fresas, pero como al elfo no le gusta mucho me conformé con acompañar mi ración con la fruta fresca. Está más rica una vez reposada en frío, aunque nosotros no esperamos mucho para hacer la primera cata.

¡Adiós abril! Nos dejas un mayo florido y hermoso; los refranes casi siempre aciertan.

19 abril, 2018

Naturaleza y pan con masa madre para devolverme la cordura

Me estoy casi obligando a mí misma escribir estas líneas, porque llevo posponiendo actualizar mi querido blog demasiado tiempo ya. Pero como me daba cosica ver todavía la tarta de Pascua en portada finalmente vengo con algo que realmente no es una receta; al menos no al uso. Están siendo unas semanas raras por diversos motivos y hay dos cosas que evitan que me suba por las paredes: un poco de contacto con la naturaleza y hacer pan. Y comérmelo, claro.



Vivimos en la zona norte de Madrid, en un barrio muy abierto con mucho verde, algo que agradezco muchísimo. Y lo mejor es que caminando un poco se llega al exterior de la ciudad propiamente dicha, se ven campos, espacios todavía sin tocar demasiado, con las montañas imponentes de la sierra al fondo. Me devuelve a la vida salir a correr por ahí, y más ahora que está todo inundado de una explosión de verde y colorines de flores. ¡Ojalá dure! Esta mañana incluso se me han cruzado dos conejos; no puedo evitar acordarme de mi Murcia y mi campo cuando veo a estos animalitos.



Salir a correr me ayuda a olvidarme un rato de las cosas del día a día, me despeja y me relaja. Además ya no tengo tantas migrañas desde que corro habitualmente. No lo hago por "compensar" los bizcochos y galletas, como alguna gente me dice, ni me pongo marcas ni entreno para carreras. Es, simplemente, el camino, mis zapatillas, mi música/podcasts y yo -y mi sujetador deportivo, alabado sea-. No soy runner de postureo, me temo. Ni ganas.


Otra cosa que me relaja mucho y me devuelve los pies a la tierra es hornear pan. No digo nada nuevo, me harto de divulgar las bondades del buen pan casero, con o sin masa madre. Es terapéutico en muchos sentidos, a pesar de que a veces pueda parecer frustrante. Pero en el fondo, ningún pan me ha dado disgustos, de todo se aprende y me resulta siempre un proceso fascinante.



El caso es que tengo a mi masa madre, ya casi con siete años -¿o ya los ha cumplido?- como recurso antiestrés. Es una maravilla, la dejo en la nevera durante semanas y siempre responde con alegría cuando vuelvo a despertarla. Últimamente no tengo tiempo de probar recetas nuevas o más complejas; simplemente la alimento e improviso un pan estándar con las harinas que tengo en la despensa. ¿Que no puedo organizar los tiempos? Pues a la nevera a levar con calma hasta el día siguiente.


Este pan es el último que salió de mi horno; lo preparé el domingo y ha durado hasta hoy. No es perfecto ni falta que le hace, pero a mí me vuelve loca. Con su corteza crujiente, su miga tierna con ese toque rústico, nada ácido, muy digestivo... Si no me controlo lo devoro tal cual, como si las rebanadas fueran galletas. Me chifla mojarlo en el café.

Las imágenes que lo acompañan son de una excursión que hice con mis padres el pasado día del Bando de la Huerta, festivo en Murcia. Nos escapamos a respirar aire puro y aprender un poco más de otros rincones que conocemos menos, como es la zona de Moratalla. Hicimos la ruta de la Senda de Bolvonegro, muy recomendable. Hizo un día precioso y me acordé de lo mucho que me gusta pasear por parajes naturales, sin más sonido que el de los pájaros, el viento o el agua que corre. Tengo que repetirlo más a menudo.




Mi no-receta de pan de masa madre
Inspiración: improvisación a partir de mi pan favorito de Dan Lepard
Ingredientes para 1 pan grande

- 250 g de masa madre a tope de marcha
- unos 300 ml de agua (más o menos, empecé con 280 y eché más a ojímetro total)
- 300 g de harina panadera
- 100 g de harina de centeno integral
- 100 g de harina de espelta integral
- 10 ml de miel de caña
- 2 cucharadas de mezcla de semillas y pipas de girasol
- 6 g de sal

Una vez la masa madre estaba bien activa, separé 250 g y guardé el resto en la nevera. Entonces procedí a preparar la masa un poco a lo rápido, pues tenía lío en casa.

Mezclé la masa madre con el agua y la melaza en un recipiente grande. Añadí todos los demás ingredientes a cholón y mezclé hasta tener una masa homogénea. Tapar y dejar reposar 30 minutos de autólisis.

Empecé a doblar la masa sobre sí misma haciendo pliegues hacia el centro, dentro del mismo recipiente, con la espátula de panadería. Dejé reposar entre tandas, tapado. Hice esto a lo largo de las 2-3 horas siguientes. Sin controlar nada más.

La masa ya tenía mejor consistencia y la guardé en la nevera por la noche. Por la mañana bien temprano la dejé atemperar; había crecido un montón. Pasadas 2 horas reamasé un poco y volví a dejarla en el cuenco, tapada.

Cuando ví que había crecido lo suficiente le dí forma redonda y la puse en el banetón. No tardó mucho en doblar su tamaño así que precalenté el horno a 250ºC, con una bandeja vieja en el fondo.

Volqué el pan con cuidado en una bandeja, practiqué un par de cortes profundos y horneé a tope durante 20 minutos, echando agua fría en la bandeja de abajo. Cuando ya estaba bien oscurito lo tapé con papel de aluminio, bajé la temperatura a 200ºC y continué horneando hasta casi 60 minutos.

Quedaba lo peor, esperar a que enfriara. Ya era por la tarde, así que tuve la paciencia de dejar la cata para el día siguiente. Estos panes mejoran con el paso de las horas tras el horneado, es preferible no ser muy impacientes.



Y os deseo una vida llena de buen pan, bueno de verdad, casero o comprado. Porque para mí es inconcebible sobrevivir sin ello.
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