Se acerca el verano (aunque por las temperaturas por aquí ya lleva un tiempo con nosotros, ni siquiera refresca hoy demasiado) y con él la fruta estival! Las fresas nos van diciendo adiós, pero hay que dar la bienvenida a cerezas, picotas, nectarinas, melocotones, ciruelas, higos, melones, sandías, paraguayos... y ahora, especialmente, a los deliciosos albaricoques!
Estos pequeños frutos llegan de pronto y duran muy poquito entre nosotros, así que hay que aprovechar. Nuestro albaricoquero murió hace ya tiempo (pobre) pero por suerte mi padre tiene amigos muy generosos con grandes cosechas de fruta : ) Sin embargo, el caos climático de este año ha adelantado la maduración y muchos albaricoques se han echado a perder. El lunes fue día de cosecha de urgencia, y mi padre apareció con dos cajas enormes hasta arriba (con un extra de nectarinas y paraguayos nada desdeñable). Muchos estaban ya maduritos, con una pinta algo fea, pero absolutamente deliciosos, tremendamente dulces, con un aroma profundísimo. Nos hemos acostumbrado mucho a la fruta "perfectamente bella", sin manchas, sin grietas, sin nada que altere su supuesta perfección, y luego no sabe a nada...
Seleccionamos los que estaban ya madurísimos de los más firmes, y empecé a planear qué hacer con ellos, porque debido a la enorme cantidad de fruta era imposible consumirlos tal cual todos, se echarían a perder y hubiéramos acabado con una indigestión.
Así que aviso de que en los próximos días mi blog se va a convertir en un monográfico de recetas con albaricoque; a ver si me da tiempo a hacer todo lo que tengo pensado, antes de que la fruta madure del todo.
Por cierto, tenemos dos variedades: la valenciana, más pequeñitos y de amarillo pálido, y la de Mauricio, naranjas, más firmes y de mayor tamaño. Tienen un sabor ligeramente diferente pero ambos están riquísimos.
Os recuerdo dos recetas de albaricoque de años anteriores: compota y Aprikosen-Tarte.








